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31 ene 2025

El secreto de la infelicidad

Cuando le preguntan cuál ha sido el día más feliz de su vida, se calla, no sabe qué responder. En su vida, eso considera, no ha sido nunca feliz. Pero cuando la pregunta es la contraria, sabe qué contestar, aunque siempre calla. Es algo que lleva dentro y que rumia hasta la desesperación. Ahí empezaron los problemas, reconoce. Pero, ¿qué pasó? Es la voz interior que le obliga a contar su pena. Y lo recuerda como si fuera una escena de película. Eran las fiestas del pueblo y todo el mundo estaba alrededor de la cucaña, un palo alto y cimbreante untado de sebo. Ya se habían hecho en vano una docena de intentos de treparlo y la multitud esperaba un valiente que alcanzara la copa y se llevara el premio. El vio una oportunidad de reivindicarse entre sus paisanos y conseguir notoriedad. Pensó cuánto cambiaria su imagen, qué famoso y admirado sería... No se preparó para el fracaso, fue muy inocente. Pidió turno, tensó sus músculos y cuando llegó el momento abrazó el tronco, apretó sus brazos, aplastó su abdomen y cruzó sus piernas presionando todo lo que pudo. Así alcanzó rápidamente los dos primeros metros. Descansó. Reanudó la subida y cubrió casi el doble. Respiró hondo y llegó a los cinco metros. Notó cómo cesaba el murmullo y la gente empezaba a prestar atención. Él se sintió a gusto, era el centro de las miradas y, aunque le empezaban a fallar las fuerzas, no podía dejarlo. En el siguiente esfuerzo pasó de los seis metros. Paró de nuevo, tomó aire y subió un poco más. Vio la copa y un objeto brillante a corta distancia. Levantó los brazos, apretó los dedos sobre el tronco, luego los codos, la tripa y empujó con las piernas trabadas entre sí. Calculó que tres esfuerzos como ése serían suficientes para alcanzar el objetivo. Lo veía, pero notó que las fuerzas flaqueaban. Casi le dieron ganas de morder la madera para sujetarse mejor. Apretó los muslos, ya solo faltaba un metro para tocar la copa. La gente le animaba, incluso alguno citaba su nombre. Se emocionó. Ya al borde del desfallecimiento, tensó los músculos y allí ocurrió la catástrofe. ¡A un metro del éxito! Se le rasgaron las costuras del pantalón y quedó en una pose ridícula que el público disfrutó con la carcajada más destructiva que se podía esperar. Se mantuvo con la popa al aire el tiempo que necesitó para darse cuenta de la humillación que le tocaba sufrir. Se dejó caer en el tronco resbaladizo, aterrizó en la paja que había en la base y nadie, nadie de verdad, se acercó a socorrerle. Todo el gentío reía y uno solo lloraba. Y sin levantar la cabeza del suelo se retiró. Aquella humillación despiadada aún le duele, aquella imagen le persigue, no levanta cabeza, su autoestima quedó tocada para siempre, se siente el hazmerreír del paisanaje, tanto, que él mismo dice que es un hombre que no conoce qué es la felicidad.
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10 dic 2021

Padre audaz donde los haya


Señor maestro de mi hijo Javier:

Meice el hijo que las mandao escribir bien, sin faltas dortografía. Te aviso que al chaval le cuesta la ostia y me llora tos los dias dimpotencia. Además meice que las dicho que si le firmo este papel lautorizas a escribir a su gusto, como él sabe y sin regañarle al pobre. Pues así va ser. Mesplico. En mi familia tos hemos sido unos paletos incultos, como me se ve a mi por lo escrito. Y nos va bien en la vida que yo empece dalicatador y mira ande he llegao. Así que pa quel crío no sufra, y como la ortografia no vale pa na hoy en día con los moviles masivos y la Internet, te pido que le dejes escribir como un paleto, que no pasa nada. A los demas alunosles lees esta carta pa que vean que lautoriza su padre y le dejen en paz. Espero que no te disgustes, que lo hago por el bien del hijo. en cuanto que te vea te lo esplicaré mejor y tinvito a un tinto, que me caes bien. Eso sí, de cuentas no le bajes lasijencia que eso si que vale pal futuro.

Ya hablaremos en cuento te vea por ahi.

Javier Mostenco

padre de Javier Mostenco


A Arnaldo López de Basagoiti, profesor con 10 años de experiencia enseñando lengua castellana, la carta le sorprendió por su forma y contenido. Iba al grano directamente y respondía al reto que dos días antes había lanzado a su alumno Javier, un adolescente que no paraba de protestar por las convenciones de la escritura. Aún recordaba su argumentación.

- Esto no sirve para nada, te puedes defender en la vida sin saber de ortografía, los correctores informáticos te hacen el trabajo en el ordenador y, además, yo ya me entiendo escribiendo como sé.

- Pero -le razonaba el docente con la mejor voluntad- no te van a entender los demás y harás el ridículo...

- Me da igual -replicaba-. Hoy todo se hace por teléfono.

- Pues, bueno -le propuso el joven profesor-. Trae una autorización paterna para poder escribir sin criterios ortográficos y te quedas exento de la obligación... La discusión quedó zanjada con el silencio del alumno y la plena convicción en el adulto de que el supuesto planteado nunca llegaría a materializarse. Y se equivocó. En sus manos tenía la argumentada autorización del progenitor. Aquello no tenía pies ni cabeza y debía reconducirlo de algún modo. Llamó al chaval y le presentó la carta. Javier Mostenco, hijo, se quedó mudo, impotente ante la inesperada y sorprendente reacción de su padre que, eso estaba seguro, no era tan paleto como parecía. Se puso nervioso ante la posibilidad de que los compañeros de clase pudieran leer la carta y abrió la boca únicamente para pedir a Arnaldo por favor, con la angustia de un desesperado, que guardara la carta y no dijera nada a nadie. Con miedo en los ojos se separó del profesor, convencido de que él no estaba destinado a ser un solemne paleto. Por la noche encontró en su padre una sonrisa sospechosa. 

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15 feb 2021

El hijo del ferroviario


Al hijo de ferroviario le explicó una vez su padre que las vías del tren de su ciudad tenían siempre la misma anchura, exactamente 1'668 m, algo más que los trenes del resto de Europa que usan el llamado ancho internacional de 1'4351 m. Tanta precisión dejó atónito al chaval, hasta el punto de pasar horas en la estación mirando con atención los raíles y midiéndolos a escondidas entre tren y tren. Una noche, cenando en familia, el hijo hizo alarde de sus conocimientos. El ancho de vía se mide desde la parte interior de los raíles. El padre le miró, se quedó sonriendo y añadió. Claro, las ruedas se acoplan con pestañas por dentro para no salirse de la rodadura y descarrilar. Eso ya lo sabía. ¿Y sabías tú por qué es distinto el ancho de vía español? El chaval respondió como un rayo. Para evitar invasiones de ejércitos extranjeros con sus trenes llenos de cañones y soldados. Y añadió un comentario. Para eso era mejor la vía estrecha, gastarían menos en túneles y no entrarían los trenes de nadie. El padre se relamió de gusto. Razón tienes, se lo contaré al jefe. Aquella noche el hijo del ferroviario durmió convencido de que el jefe le llamaría para hablar. Y así ocurrió. Le invitó a un helado en la cantina de la estación y hablaron sobre trenes. Así el hijo del ferroviario se enteró de que la medida del ancho de vía proviene de las unidades de medición de los ingleses, pioneros en el ferrocarril. En la península se optó por distanciar los raíles 6 pies, porque en un país montañoso, explicaban, es mejor disponer de locomotoras grandes con una caldera que produzca mucho vapor y puedan arrastrar los vagones. En el resto de Europa, que es más llano, se conformaron con el ancho estándar de 4'85 pies. Entonces ¿no se hizo, preguntó el chaval, para evitar invasiones? No, qué va. Un tren de vía estrecha siempre tendrá locomotoras con menos potencia sencillamente por el menor tamaño de la caldera. Ya sé, continuó el chico, que los trenes de vía estrecha tienen casi siempre un ancho de 1'000 m. ¡Uf! exclamó el jefe de estación, mal para un caballo. El hijo el ferroviario abrió mucho los ojos. Sí, las vías se hicieron para que los caballos pudieran arrastrar los vagones de la minas de carbón inglesas, por eso se decidió la anchura que conocemos. Pues menos mal, explicó el hijo del ferroviario que no probaron con una pareja de bueyes, porque el ancho de vía hubiera sido de más de 10 pies... El jefe de estación se quedó atónito. Allí había un ferroviario en ciernes. Desde entonces hizo todo lo posible por encaminar al chico en su oficio. Años más tarde, se hizo famoso un maquinista que conducía los trenes sin levantar la vista de las vías. Nunca se distrae, decían sus compañeros, ¿por qué? 

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4 sept 2020

Misterio de Casanostra



Fray Bernardo, maestro de novicios del San Damián de Casanostra, fue encontrado muerto en el oratorio. El hermano enfermero acertó a diagnosticar que tenía el corazón reventado. Velaron su cadáver y al atardecer del siguiente día lo enterraron cristianamente, a la par de dedicar las correspondientes cien misas que se oficiaban por todo aquel fraile que profesaba los votos de aquel convento. El joven novicio Dudon di Tutti sintió curiosidad por el motivo del fallecimiento y revisó las circunstancias de la muerte de su maestro. Así que acudió al oratorio y se arrodilló en el mismo lugar donde fray Bernardo di Guria fue encontrado. De todos era sabido que hacia mediados del mes de junio penetraba un rayo al amanecer por el ventanuco de levante y brillaba con una intensidad especial sobre el pecho de San Genaro, patrón de Nápoles, cuya sangre conservada en un cáliz se licuaba todos los años al ser expuesta en un 9 de septiembre. Pues bien, decíamos que era junio y que el rayo descargaba toda su luz sobre el pecho del santo. Este era un momento de devoción que los frailes apreciaban mucho, aunque era más concurrido el rezo al atardecer, cuando el rayo iluminaba con fuerza la cara del santo desde la ventana de poniente. Decíamos pues, que Dudon di Tutti, el novicio curioso, se arrodilló en el oratorio y oró devotamente frente a San Genaro. Vio como una luz inundaba poco a poco el vano del ventanuco y iba lentamente acercándose al corazón del santo. Intensamente, cada vez más brillante, más misteriosa, más rotunda, más mortífera. Sí, mortal porque el novicio Dudon di Tutti también fue diagnosticado por el hermano enfermero como muerto por un colapso del corazón. El padre prior, después de velar y enterrar al novicio, prometiendo apenas 50 misas en su memoria por ser no más que meritorio, prohibió la devoción a San Genaro por tiempo indefinido. Sin más explicaciones, ni investigación alguna. Si era voluntad divina, comentó, no había nada que decir. Sin embargo el hermano enfermero, fray Jodías di Notte, se apresuró a limpiar los ventanucos de oriente y poniente en cuanto encontró oportunidad. El era el que había colocado una silueta del diablo, o diabolo, sobre los  vanos que se reflejaba como una amenaza letal sobre la imagen de San Genaro. Yo solo quería asustar a fray Bernardo di Guria, que Dios me perdone con el novicio, se decía así mismo.
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8 jul 2020

Hace 2260 años, por lo menos


Mi profesor de matemáticas está como una cabra. Nos hace las clases muy amenas y nos tiene cautivados, pero, vale, la mitad de lo que dice no se lo podemos creer. El otro día nos contó que en Siracusa, que está en Sicilia, hace más de 200 años a.C., un tal Arquímedes dio con el nº π. El solito lo descubrió colocando segmentos cada vez más pequeños en el perímetro de una circunferencia que tenía dibujada en la arena de una playa y llegó a la conclusión de que para medir la longitud siempre acertabas si multiplicabas el diámetro del circulo por el número π. Ante nuestra cara de aburridos, el profesor elevó la voz para que no nos durmiéramos, y aseguró que el número π es muy importante para hacer muchos cálculos. Y nos empezó a poner ejemplos. Bueno, más o menos le creímos casi todo, pero hubo una historia que no coló, porque parece que π sirve para todo. Se lo he contado a mi padre y ha puesto cara de tonto, como que se ha pasado un par de días callado y pensativo. Que ¿qué le he contado? Pues que decía el profesor chiflado ese que en 1996, en la universidad británica de Cambridge, un investigador que se llamaba Hans-Henrik Stølum, lo he mirado en los apuntes on line que nos pasa el profesor, calculó que la longitud doble de un río (sumadas ambas márgenes) equivalía con bastante exactitud a la distancia en línea recta entre su nacimiento y su desembocadura multiplicado por π. El más incrédulo de la clase fui yo y puse pegas, pero mis colegas tampoco se quedaron callados. El profesor se reía y se escabullía diciendo que “pasado un tiempo, ya me contaréis...”. Pues yo seré uno de los que tendré algo que contarle. Porque mi padre hoy ha abierto la boca y me ha dicho que ese profesor es un genio. Mira, hijo, me ha dicho, sabes que soy topógrafo y sabes que me he pasado la vida midiendo terrenos, carreteras, trazados de tendidos eléctricos y oleoductos, rutas fluviales... Pues te digo que de haber sabido manejar el número π me habría ahorrado muchos tiempos muertos en mis reflexiones y en mi trabajo. Y me lo ha dicho poniéndome la mano en el hombro, como si yo fuera amigo de Arquímedes.
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12 jun 2020

Influencers de antaño

En la escuela aquella de los años 60 en la que yo estudié, Pablito era el compañero que tenía las mejores chapas. Era el amigo de juegos más deseado, porque nos dejaba tocar sus piezas de hierro fundido cuando jugábamos en el patio sacando billetes de tren a golpetazos de un circulo pintado en el suelo. Recuerdo que mi chapa era birriosa y las de él brillantes y poderosas. Todos sabíamos que su padre era el guarda en la fundición y que ahí radicaba su poder. Después de él, y sólo después de él, el prestigio era más escalonado y jerárquico. Por ejemplo, Felisín era hijo del carnicero y llevaba los mejores bocadillos de chorizo Pamplona. Como estaba cansado de comer todos los días lo mismo, siempre regalaba algo. González era hijo de un municipal que iba siempre con pistola, y nunca nos metíamos con él. Que se lo digo a mi padre, amenazaba. Eduardo era hijo del acomodador del cine y era muy apreciado por todos, porque nos colaba en el cine en las matinales de los domingos. Sin abusar, se quejaba cuando empezábamos a ser multitud a su derredor. También teníamos en mucha consideración a Sebas, pero solo por un motivo, tenía seis hermanas todas muy atractivas y no sabíamos cómo acercarnos a ellas de torpes que éramos. Cuando estábamos con él y las hermanas se ponían a tiro, nos poníamos todos un poco huecos para mejorar inútilmente nuestros encantos. También teníamos manías, por ejemplo con Arrieta, que tenía un hermano portero en el equipo del pueblo y siempre le poníamos de portero en nuestros partidos. Mira que era malo, nadie quería elegirlo para el equipo. Pero, eso sí, siempre estaba en la portería. Y a Zamacona, el hijo del dentista, lo teníamos olvidado, que nadie esperaba favores de su progenitor. También Berto era respetado, porque su padre trabajaba en un taller de coches y era el que nos hinchaba gratis los balones. Hasta que un día le llevamos un pelotón viejo y nos lo explotó de la presión que puso. A tomar por culo, dijo. Ni se disculpó. Estuvimos un mes sin balón y a Berto le hicimos el vacío. Luego le perdonamos, porque metía todos los penaltis. Y qué decir del hijo del maestro. Al principio se chivaba de todo y no lo podíamos ni ver. Pero un día, su padre, don Gerardo, dijo que sólo hay que chivarse en los casos graves que atenten contra el estado. Nadie sabía qué era eso del estado, pero Gerardito ya no se chivó más. Claro, tenía ya 10 años y le llegó la hora de tener amigos, digo yo. Y lo mejor, que empezó a pasarnos los deberes. Y ¿yo? Bueno, yo no tenía a favor más que a mi tío, que era ciclista y corría con Loroño. Mi tío era un matado que hacía de gregario ayudando al jefe y llevándole bidones de agua y vituallas, como decía él. Pero mi tío era una mina de información y cada vez que coincidíamos me enteraba de todos los chismes de las carreras. Así que me especialicé en contar batallas del pelotón, la mitad verdad y la otra mitad adobadas por mi imaginación. Así mejoré mi vis narrativa y conseguí dos cosas: amigos y aprender a contar cuentos. Se nota, ¿verdad? ¡Infancia feliz! La añoro.
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20 mar 2020

Cuentos fantásticos con significado



 Cuentan unos textos muy antiguos que en época pretérita existía un dios autoritario y mandón que todos los días daba lecciones a sus fieles. Es el caso de un tal Jonás, de profesión profeta, que desobedeció la orden de ir a predicar a Nínive, una ciudad depravada y pecadora, alejada del orden y de los mandamientos divinos. Al tal Jonás le entró canguelo por el encargo y huyó a Tarsis, una ciudad mediterránea de la antigua Iberia, donde seguramente quería pasar desapercibido debajo de una palmera. Pero en el camino se desató una tormenta tremenda y los marinos consideraron que aquello tenía que ser un castigo divino por algún pecado gordo de alguien de la marinería o del pasaje. Las pesquisas dieron su fruto y el tal Jonás confesó su desobediencia. Así que sin grito de ¡hombre al agua! lo tiraron por la borda y asunto arreglado. Cesó milagrosamente la tormenta y el profeta quedó en serios apuros, braceando para no morir ahogado. Y tuvo suerte, porque una ballena bondadosa se lo tragó, lo tuvo tres días y tres noches en su interior y lo vomitó sano y salvo en las costas de Nínive, justo donde su dios le había pedido cumplir su misión. Que se sepa Nínive se ubicaba en la actual Mosul iraquí y dista, por los menos, 400 km del mar. Así que el tal Jonás se tuvo que hacer una buena caminata para llegar al lugar de su predicación, quizás fortalecido por la papilla de placton que pudo ingerir en el interior del cetáceo. En llegando comenzó su prédica dejando caer que, si no se arrepentían de sus pecados, la ciudad quedaría destruida a los 40 días. Sabemos algo más de sus argumentos, pero lo importante es que todos los ninivitas, sin faltar ninguno, se arrepintieron y la ciudad siguió en pie y sus habitantes con vida. Pero resulta que el tal Jonás era un poco resentido y se sintió fustrado al no ver la ciudad destruida, ya que él era de otra tendencia política y no le gustaban los enemigos de Israel. Pues se tuvo que fastidiar. Para consolarse se retiró al desierto y no lo debió pasar bien, porque de nuevo tuvieron que socorrerle por vivir a la intemperie sin protección alguna. Dios hizo crecer "una calabaza vinatera" prodigiosa, probablemente una vid, que por lo menos le proporcionó sombra. Pero el protestón de Jonás seguía enojado y su dios quiso darle una lección. Mandó unos gusanos que se comieron la planta y el profeta rezongón se quedó con la calva al aire, expuesto a un sol abrasador. Cuando estaba más que desesperado, a punto de adjurar de su dios, éste se le acercó con el censo en la mano y le hizo esta reflexión: Tú, egoísta, ¿te preocupas por la desapación de una planta, a la que no has sembrado ni cuidado, y no entiendes que yo me preocupe de que no desaparezcan los 120.000 habitantes de Nínive? ¿No tienes compasión por personas y animales y sí por una planta, dicho sea de paso, con tanto futuro? Parece ser que el tal Jonás se arrepintió de su obcecación y escribió un libro. En él se hace, según los estudiosos, una encendida defensa de la importancia de obedecer siempre a dios y cumplir sus mandatos. Y dio mucho que hablar. O leer, vamos. Hasta hoy.


FUENTE: El libro de Jonás. Profetas menores. Antiguo Testamento de Iglesias cristianas. En el Corán se recoge como uno de los profetas (Corán 37 (As-Saaffat), 139–148). Y en el Tanaj judío es el quinto de los profetas menores del Nevi'im, hijo de Amitai.
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26 feb 2020

Argumentos peregrinos

En Caravacas de Arriba los vecinos explotan las riquezas del monte por igual. Todos los años se reparte un cupo de leña para cada vivienda con chimenea y todos los inviernos combaten el frío con los fogones de sus casas o hacen carbón para vender o aprovechan las cortezas de las encinas corcheras. En Caravacas de Abajo miden el uso del agua de riego con equidad, distribuyendo un cupo similar para cada uno de los hortelanos de la vega. En ningún caso dejan que nadie se propase, ni acumule más de lo que corresponde. Si uno vive mejor que los demás es porque no está bien repartido, suelen decir los de arriba y los de abajo. Es una convicción arraigada.
Pero los de Caravacas de Enmedio no son del mismo pensar. Ellos no tienen derecho a explotar el monte y su arbolado, ni tienen regadíos que aprovechar, que viven a lo largo de la carretera. Así que se han dedicado a montar negocios. Regentan tabernas, llevan comercios y, dada su ubicación estratégica, concentran los servicios sanitarios, educativos, administrativos, culturales y ocio, bancarios, etc. de todos los caravaqueños. Naturalmente es el núcleo más próspero de la zona y el peor visto. No faltan las quejas. Son todos unos señoritingos que no saben trabajar en el campo, dice fulano. Y unos aprovechados que nos quitan el dinero de las manos, añade mengano. Saben vivir sin trabajar y encima tienen tela, remata zutano. Nos roban, concluye perengano.
Ante tanta unanimidad se ha montado una corriente de opinión muy adversa que, sin embargo, no puede acabar con el actual estado de cosas, pues tanto los caravaqueños de Arriba como de Abajo no pueden prescindir de los de Enmedio. Y para colmo, los jóvenes están abandonando los bosques y los regadíos y se empiezan a asentar en Caravacas de Enmedio, actual capital de los caravaqueños. La sociedad civil está confusa, temen por el futuro que ven inseguro con tanto joven desertor. Saben de sobra cuál es la causa, el porqué del cambio. Pero, es curioso cómo lo explican. Es el diablo, el comunismo y la ideología de género que pudre nuestras almas, se quejan unos, es el calentamiento global, argumentan otros, es el Internet que nos trastorna, rezongan los demás... Mejor con Franco, remata el más tonto del pueblo. Para qué seguir.

21 nov 2018

Inocente y culpable


Iba de paseo por la ciudad y pasó al lado de una escuela. Se detuvo un rato observando cómo los niños y niñas se movían incansables en el patio. Un individuo desconocido le tomó del brazo y le pidió que le siguiera. Opuso resistencia, pero las manos firmes de un segundo hombre le hicieron desistir. Le introdujeron en un coche y acabó en una comisaría. Le interrogaron a conciencia y de manera desagradable. Da usted el perfil del pederasta que estamos buscando. Aquello eran palabras mayores. Dio toda la información que pedían y a media tarde le soltaron sin apenas disculpas. Comprenda, estamos buscando un delincuente. Llegó tarde a casa. Podías avisar que no venías a comer, se quejó su mujer. Lo siento, me he encontrado con un amigo, se disculpó. Y no comió. Pasó la tarde borrando archivos de su ordenador.
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3 ene 2018

Cuando todos éramos unos inconscientes

Los niños nos apelotonábamos en el perímetro del campo de entrenamiento, una ladera que dejaba ver perfectamente cómo entrenaba la 24 Compañía del Regimiento de Artillería número uno. Era una vieja cantera muy apropiada para ello. Un teniente muy chillón estaba al frente, dos sargentos y 4 cabos le acompañaban en las prácticas de lanzamiento de granada y los soldados sentados en la ladera esperaban su turno. Era fuego real. Una viejas cajas de madera dejaban ver las granadas perfectamente ordenadas, con sus anillas y lazo azul. Yo era todo ojos. Veía cómo cada soldado ocupaba el puesto de lanzador cuando un sargento lo llamaba, seguía las instrucciones de un cabo vigilante, introducía el dedo corazón en la anilla, extendía los brazos, los balanceaba de abajo arriba y, a la de tres, siempre a la de tres, lanzaba el proyectil por encima de su cabeza, quedándose con la anilla y el lazo entre sus dedos, seguía la trayectoria y, una vez seguro de que iba lejos, se tapaba los oídos con ambas manos y se lanzaba cuerpo a tierra. Lo normal era que se oyera de inmediato una explosión, viéramos una pequeña humareda y que la chavalería aplaudiera con entusiasmo. Pero lo que más nos gustaba a la gente menuda era cuando las cosas sucedían de otro modo. A veces el proyectil, bien lanzado, no acababa de estallar, o el soldado inexperto arrojaba lejos granada, anilla y lazo azul. Entonces un cabo se acercaba con precaución, casi a rastras, como los indios de los western, y localizaba el proyectil inerte, señalando su posición. Había un sargento regordete que apuntaba con un fusil, luego me enteré que era el famoso CETME, que la destripaba de un tiro certero. Entonces ya nos poníamos hasta de pie para aplaudir. Lo más emocionante era cuando el soldado inexperto lo hacía tan rematadamente mal que se azoraba y dejaba la granada a pocos metros de sus pies. Entonces era el caos. Todos se tiraban cuerpo a tierra o huían despavoridos. Menos los niños que éramos todos valientes y no cerrábamos los ojos. Tampoco nos reíamos, que el teniente estaba muy serio. ¡Cuidado con la fragmentación!, gritaba. Allí explotaba la granada y levantaba una polvareda de no más de un metro. Nadie resultaba herido y respirábamos tranquilos. Había un sargento que tenía una libreta en la mano y escribía lo que le dictaba el oficial que, a mí personalmente me daba mucho miedo, siempre estaba gritando o castigando. A éste no ocho días como a los torpes, sino 15 días de arresto, bramaba. Total, que después de casi un centenar de prácticas aquello se acababa muy a nuestro pesar. La tropa se retiraba, los cabos y varios soldados revisaban la vieja cantera donde se entrenaban y nos dejaban campo libre a los niños que entrábamos a saco en busca de anillas y cintas azules para nuestra colección. Pero recuerdo una vez que tuvieron que volver sobre sus pasos, porque el Josinas, un niño dos años mayor que yo, encontró un lazo azul muy limpio, con anilla y granada intacta. Mira, dijo con toda la ilusión del mundo. Entonces oímos un bramido peor que un trueno. ¡Quietos todos, chaval, no te muevas! Era el teniente. Nos mandó retirar a todos los críos, envió al cabo más espabilado que se acercara y éste le quitó suavemente el explosivo a Josinas que para ese momento lloraba a moco tendido. La depositó suavemente en el suelo y con un ¡lárgate chaval! muy poco considerado mandó a Josinas a nuestro lado. El sargento regordete reventó la granada de un disparo y estalló la tormenta. ¡Sargento Cienfuegos, arresto de un mes para los cabos! ¡Y una semana de rebaje para todas la compañía! El teniente estaba lanzado y lo peor es que sabíamos que llegaba nuestro turno. Nos miró con ganas de arrestarnos a todos. ¡Última vez que presencian el entrenamiento! Los niños no dijimos ni mu, no fuera que acabáramos en el calabozo. Ya no volvimos ningún miércoles por la tarde, fiesta en la escuela, a la vieja cantera. Para entonces ya sabíamos que estas cosas pasaban y que la culpa no era nuestra. Claro, los mayores meten la pata y se enfadan sin saber con quién. Fue injusto, la culpa era de ellos. Nos retiramos tristes, porque aquellas clases de formación para la guerra se nos acababan. A nuestra edad, a todos nos gustaba la guerra. Éramos unos inconscientes.
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3 nov 2017

Greconostalgias

Un mosquito se posó en la calva del tío Machuca y éste inmediatamente se defendió con un manotazo y un ¡cagüen Diógenes! que hizo huir despavorido al insecto.
-Pues a mí, le comentó el abuelo Simón, de haber vivido en la Antigua Grecia, lo que menos me hubiera gustado era cruzarme con Diógenes, el filósofo de las malas pulgas. Estoy seguro que hubiera salido escaldado con alguna de sus puyas.
-¡Uf! Ese sí que hablaba con toda la libertad del mundo.
-Si no que se lo pregunten al mismísimo Alejandro Magno que se llevó un rapapolvo por dar sombra a aquel hombre que vivía en un tonel cuando fue a ofrecerle sus favores.
-O al rico comerciante que le reprochó que escupiera en el suelo y se encontró con un, perdón, escupitajo en la cara bajo el argumento de que razón tenía, que su cara era el sitio más sucio que se podía encontrar.
-Por cierto, Alejandro le preguntó a ver si no le temía y el filósofo le hizo una pregunta más. ¿Te consideras un buen o mal hombre? Como el rey optó por la primera propuesta, escuchó un “por eso no tengo temor alguno”.
-Leí también que iba a los baños públicos y saludaba a un citarista del que los atenienses se burlaban por tocar y cantar fatal. Diógenes le llamaba cariñosamente el gallo y lo trataba con afecto. Cuándo el artista le preguntó el porqué del apodo, no pudo dejar de ser sincero. Le explicó que “eres como un gallo, cuando cantas levantas a todos" .
-No se callaba con nadie, era burlón y sarcástico, un auténtico filósofo cínico.
-¡Qué lejos estamos de él! Sus únicas pertenencias eran un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco, bueno, hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él.
-Despreció siempre las comodidades...
Se hizo el silencio entre los dos amigos, sin duda recordando otros muchos detalles de la biografía del sabio griego que habían leído en una tertulia literaria en la que solían participar. Finalmente rompió el silencio el abuelo Simón.
-Cada vez que oigo mencionar eso del síndrome de Diógenes se me revuelven las tripas. ¡Mira que asignar el nombre de este gran filósofo a un trastorno de conducta...!
-El síndrome tendría que ver con el cinismo, no con un acumulador de basuras.
-Eso.
-Pues claro.
-¿Crees que si continuara en este en este mundo con un farol en la mano buscando a un hombre, como él decía, lo encontraría?
-¡Qué va!
-Ni aunque llegara al árbol este de las confidencias...
-Ni aquí.
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4 ago 2017

Placeres mundanos en un convento

La primera vez que Fray Bartolomé vio un hombre desnudo se llevó un susto de muerte, se tapó los ojos con la mano izquierda e imploró a voces la ayuda de Santo Tomás para que lo librara de caer en pecado. Y el mentado Santo Tomás de Aquino, que había recibido el don divino de ser inmune a las tentaciones de la carne, parece que se hizo el sordo, porque la escena no varió un ápice. Al abrir un ojo y mirar entre los dedos, Fray Bartolomé vio de nuevo al hombre desnudo y provocador que también se tapaba la cara para no ser reconocido. Vade retro Satanás, vociferó el fraile, santiguándose compulsivamente con la mano que usaba para salvar el pudor. Pero en aquel preciso instante captó un aire familiar en la escena que le desconcertó. El provocador de enfrente tenía colgado al cuello un escapulario de la Virgen del Carmen, ¡como él! Y un cilicio en el muslo, ¡como él! Y una barriga considerable, ¡como él! Y aquí surgieron las dudas. Abrió los ojos dispuesto a encontrar alguna diferencia y comprobó que aquel demonio desnudo era su alma gemela. Observó con tanta curiosidad que pronto se convenció de que aquella prolongada mirada era un pecado gravísimo en toda regla. Y se acongojó. Huyó del baño como pudo, colocándose el hábito de mala manera, y acudió a la capilla a confesarse. Le recibió Fray Giuliano de Savonna que escuchó pacientemente lo sucedido. Éste aprovechó la confesión para entrar en detalles. No era cuestión de desperdiciar aquella ocasión de salir del tedio de la vida conventual. Finalmente le reconvino. Fray Bartolomé, ¿es ésta la primera vez que viene a Roma? Si, hermano. ¿Sabe lo que es un espejo? El fraile encogió los hombros. Que sepa, hermano, que el espejo recoge y refleja su imagen, usted mismo es el que ha visto. ¡Oh, Virgen Santa! ¡Que sepa que lo que hacía el hombre desnudo ante sus ojos era lo que hacía usted, hermano! ¿Que yo hacía...? ¡Dios perdone mis pecados! Y que sepa que nos lo ha colocado el Abad para facilitar el aseo, no más. ¡Prometo no volver a... Me arrepiento! De penitencia, deberá acudir de ahora en adelante a los baños con el cilicio oprimiendo su muslo al máximo. Sí, Fray Giuliano, que Dios lo bendiga. Y fue así como nuestro fraile salió del apuro y purificó su alma. No así el confesor, que durante varios días tuvo remordimientos por refocilarse en el relato del inocente Fray Bartolomé.
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9 ene 2017

Hazañas bélicas

Pablito se puso muy contento el día que su hermano mayor le dijo que había guerra. No seas tonto, le reprendió su mamá, que pueden mandar a tu padre a combatir, ¿no sabes que es mecánico de vuelo de un Super Cougar? Entonces se puso un poco triste y se quedó con el nombre del helicóptero para poder presumir delante de sus amigos. Pero las cosas se torcieron y efectivamente, su papá tuvo que acudir al combate, no más de 3 días, porque volvió a casa victorioso después de derrotar al enemigo en poco menos de media mañana. Durante el mes de permiso que le dieron por su valor, el mecánico de vuelo del Eurocopter EC 725 Super Cougar tuvo tiempo de contar a su hijo lo sucedido: que se acercaron a la isla de noche y que a eso de las 6:17 de la mañana, cuando un soldado está más somnoliento que nunca, y con las primeras luces del alba como aliadas, se descolgó una unidad compuesta por boinas verdes, soldados del Tercio de la Armada y de la Unidad de Operaciones Especiales, que sorprendieron a la tropa enemiga en calzoncillos. Llegado a este punto el niño no paraba de reír. Pero abría mucho los ojos con el hecho de que se les incautaron dos subfusiles Heckler & Koch MP5 y cuatro fusiles de asalto Kalashnikov. Pablito pensaba que era poco armamento, pero con aquellos nombres tenían que ser muy poderoso, así que se callaba. Y en menos de 10 minutos, presumía el padre, estaba tomada la posición. Los prisioneros se entregaron a la autoridad competente y la bandera de nuestro país volvió a ondear en el punto más alto de la isla, gracias a unos legionarios que desembarcaron de inmediato. Pablito memorizó el relato y lo contó muchas veces a sus amigos, dando por hecho el tremendo valor de su papá. Pero el tiempo puso las cosas en su sitio. Hoy Pablito ya es Pablo y siente un poco de vergüenza al relatar que su padre participó en recuperar un islote perdido en la costa africana, que estaba ocupado realmente por unas cabras asustadas, que hicieron 6 prisioneros, que tuvieron la osadía de colocar una bandera en el lugar y momento menos oportuno, y que fueron deportados a su país por la frontera de Ceuta como emigrantes ilegales. Y siente rubor al decir que el islote era un peñasco adentrado 200 metros en el mar y que se llamaba Perejil. 
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18 nov 2016

Psicología de hipermercado

Andrés Ruiz de la Pera llegó a la gran superficie con prisa e hizo un rápido acopio de productos para salir del paso aquel mediodía en su cocina. Tenía el tiempo justo para comer y volver al trabajo, así que se puso rápidamente a cola para pagar. Eligió la caja que veía menos poblada, pero pronto se dio cuenta que allí, delante de sus narices, había un pedido gigantesco que le haría demorarse en exceso. Así que cambió a otra fila en la que los clientes llevaban unos carros menos poblados. Le entraron dudas al poco, viendo cómo la fila de al lado caminaba más deprisa. Y le entraron sudores fríos cuando el cliente que le antecedía quiso cambiar unos vales de compra y se entretuvo un par de minutos más. Ya al borde del colapso vio como el turno le llegaba y se quejó a la cajera. Ésta, ducha en el oficio y sonriente, le calmó dándole conversación y consejos. Esto es matemática pura, le dijo, necesito 48 segundos para saludar, dar conversación, llenar las bolsas y cobrar, más 3 segundos escasos en escanear cada producto. Andrés Ruiz de la Pera se quedó perplejo. ¿Es así? Sí, es mejor ir hacia las cajas de la izquierda, colocarse donde hay más hombres que mujeres... ¿Eso? Compran menos productos o muchos de lo mismo, por ejemplo, 60 cervezas que se marcan en un solo escaneado. ¡Ah! Y no lo dudes, es mejor ir a las cajas atendidas por mujeres, somos más ágiles... ¡Vaya! Aquella cajera, tan observadora y comunicativa, cambió de registro y tocó el punto definitivo. Pero el problema no es la velocidad de las filas, sino la ansiedad con la que vivimos. Andrés Ruiz de la Pera se quedó mirándola a los ojos. Sí, le explicó, salimos de casa con metas muy medidas, que si a tal hora esto, que si a tal hora lo otro, que si nos pasa esto o lo de más allá... No sabemos vivir despacio que es, aquí deletreó cada sílaba, ¡como mejor se vive! Andrés Ruiz de la Pera sonrió a la cajera, pagó, se fijó en el nombre que llevaba escrito en un rótulo prendido en el uniforme, Ane rezaba, y salió del establecimiento con un sosiego que hacía tiempo no recordaba. Eres un mostrenco, oyó que decía su voz interior, esa que solía hablar en situaciones señaladas y clarividentes. Sí, respondió automáticamente su cabeza que estaba en pleno proceso de reset.
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8 ago 2016

Picias de internado

Ramiro Coscojales se quedó pensativo cuando leyó la esquela con el nombre de un viejo profesor, el padre Jerónimo Ortega. Le vinieron a la cabeza las peripecias que vivió en el internado, y la dura disciplina que el difunto puso en práctica especialmente con él. Para ser adolescente, yo no era tan complicado, pensó. Sin embargo, Ramiro Coscojales tuvo una más que merecida fama precisamente por sus “picias”, que era como antes se denominaban las travesuras de los estudiantes. Y en este prestigio influyó lo suyo el padre Jerónimo que siempre fue muy severo y poco amigo de perdonar las cosas, y que tuvo una obsesión con domar a aquel adolescente inquieto. Ramiro Coscojales todavía recordaba el día que, leyendo las notas trimestrales de los alumnos en el salón de actos delante de los 500 estudiantes, silabeó ce-ro en Geografía cuando llegó su turno y lo adornó con un discurso inesperado. Sí usted, Coscojales, tiene un di-ez en Picaresca, porque sólo a usted se le ocurre pegar una chuleta en la espalda de la sotana del profesor que paseaba entre los pupitres. Y esta noche viene a mi despacho.
Aquel era un terrible castigo que extendió el temor entre los compañeros y les aumentó las ganas de portarse bien. El agachó la cabeza, dando los hechos como reconocidos y el castigo aceptado. A la noche, cuando sus compañeros se acostaban, él tocó con los nudillos la puerta de la habitación de don Jerónimo y muerto de miedo pasó cuando le dieron permiso. Se va a pasar toda la noche fuera, de pie en la puerta, le dijo, y no se siente o mueva, porque le veo los pies por debajo. Y así empezó la tortura de aquel adolescente tramposo. Se apostó en la puerta, de pie, y aguantó una, dos, tres, cuatro horas. La luz de la habitación permanecía encendida, el padre Jerónimo en vela y Ramiro Coscojales agotado y firme en su posición, tanto que sus pies no se movían de puro orgullo. Bueno, eso era lo que pensaba don Jerónimo que, dadas las dos de la mañana, salió al exterior a dar por terminado el castigo y vio que allí solo estaban los zapatos. El adolescente inquieto hacía tiempo que había abandonado su posición descalzo y estaba dormido en el pasillo recuperando fuerzas para el día siguiente. Lo alucinante fue, recordaba Ramiro Coscojales, que a la mañana no me reprendió, solo me lanzaba un “¿has aprendido, gaznápiro?” Don Jerónimo Ortega estaba satisfecho de su castigo, pues durante dos horas vio cambiar los zapatos de posición y después ya notó demasiada quietud. Y eso le parecía suficiente. Lo que no supo nunca, recordaba el reo, es que estuvo desde el primer minuto descalzo sentado en el suelo y que se pasó dos horas moviendo los zapatos... 
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29 jun 2016

Dioses y narcisos

El individuo aquel era un artista de la palabra, un cautivador capaz de embaucar al más atrevido o al más imbécil. Con tal poder de persuasión convenció a mucha gente de que para llegar al tope de la felicidad debían concentrar su mirada en el azul del cielo y en lo profundo de su alma hasta quedar ab
ducidos por la Gran Verdad. Y aquel movimiento místico captó tantos seguidores que se dejaban vaciar los bolsillos mientras contemplaban sus entrañas y las confundían con la magnitud del universo.

A tal nivel llegó el santón de luenga barba que alcanzó una copiosa fortuna que administró para la mayor gloria de su nombre y de su prole, tocados todos ellos por un halo de trascendencia que no se veía desde los tiempos que relata el mismísimo Pentateuco. A su muerte, llorada por sus seguidores, siguió una cruenta batalla por su sucesión y más tarde un desasosegante proceso judicial que destapó los muchos trapos sucios que escondió en vida.
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8 jun 2016

Explotación laboral

La gallina Turuleca trabajaba con un ritmo de producción muy exigente y sabía que, de no acercarse al nivel de resultados previsto, se podía temer lo peor: un paseillo hacia la puerta oscura de la nave de la que no volvía nunca quien la traspasaba. El objetivo que le había marcado la empresa era de seis huevos semanales, porque el patrón decía que el cuerpo de estas aves era como un reloj, cada 24-26 horas un huevo, repartidas en unas 6 horas para ovular (hacer la yema) y unas 18 horas para formar la cáscara.
En este clima laboral el alma de la Turuleca fue haciéndose cada día más proletaria y rebelde, pero no acababa de estallar. Hasta que un día hizo tanto esfuerzo en cumplir el objetivo que acabó lesionando el orificio ponedor y tuvo que detener su tarea. El primer día el patrón la perdonó, pero el segundo día se paró ante ella, le auscultó palpándole el recto sin pudor y la dejó en la jaula donde permanecía estabulada con un mohín de desprecio. Mañana a ver si sueltas lo que tienes, amenazó. Viendo la Turuleca que se podía estar acercando su fin, entendió que su supervivencia dependía de su ano, con perdón, e hizo esfuerzos supremos para alcanzar su meta semanal. Hasta que se acabó rompiendo el periné gallináceo. A mí me aprecian por mi culo, pensó, esto es pura explotación.
Y desde el interior de la jaula montó una tribuna improvisada y empezó a cacarear un discurso subversivo que pronto encrespó a todas las aves del gallinero que acabaron haciendo huelga de culos caídos, es decir, aquel día no pusieron ni un sólo huevo. El patrón, herido en su orgullo y en su bolsillo, quizás más sensible, amenazó con dar el paseíllo a todas las ponedoras rebeldes, pero se tuvo que contener, porque le resultaba del todo punto imposible reponer a todo el equipo. Así que se tragó su orgullo, afiló su instinto explotador e hizo lo que tenía que hacer. Está bien, les dijo, capto vuestra indirecta, tendréis una vida más digna y hasta podréis tener un proyecto de vida. ¿Cómo?, cacarearon todas a la vez. Introduciré algunos cambios en vuestras jaulas, a saber, un nidal con cortinilla para que hagáis vuestras puestas en la intimidad. ¡Bien! Exclamaron todas. Y también pondré un dispositivo para cortarse las uñas a discreción. En este punto el cacareo era ya ensordecedor, por lo que casi no se le oyó anunciar que aumentaría también el volumen de sus habitáculos hasta 750 cm2 por ave, colocaría aseladeros o perchas para dormir... En fin, que aquello parecía una campaña electoral, con un explotador entrado en razón. Tanto éxito tuvo que todas las ponedoras reanudaron su trabajo e hicieron una puesta espectacular, hasta la misma Turuleca, que ya había restaurado felizmente la zona del periné, depósito un huevo espléndido en el nidal.
 El patrón no dejaba de frotarse la manos. Sabía que él iba a ser el primer avicultor de la zona, y hasta del país, en cumplir la norma europea. Además llegaba a tiempo de superar la inspección que el Ministerio de Agricultura pasaba por primavera. Justo en aquel momento le sonó el teléfono, era un funcionario, que le anunció su próxima visita. Quiero comprobar si cumple la Directiva 1999/74/CE, le dijo. El patrón se quedó tranquilo y se rio para sus adentros. Fue a la jaula de Turuleca y la obsequió con un ungüento fantástico para que se reconfortara tras la cortinilla del nidal, junto al aseladero y el artilugio del cortauñas, tal como dictaba la norma comunitaria.
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30 may 2016

Meapilas de verdad

En Cazoletas de la Sierra se inauguraba la primera pastelería del pueblo y se organizaron actos de postín, con las autoridades civiles y religiosas dando peso a la ocasión.
El primero en arrancarse a discursear fue el alcalde que antes tuvo que hacer una señal a la banda municipal de dulzaineros para que dejaran de soplar.
-Larga vida a esta dulcería que hoy se inaugura con el apoyo de este ayuntamiento que ha gestionado las ayudas europeas al emprendimiento del Fondo...-. Una salva de aplausos de los asistentes le cortó el discurso y le obligó a guardar los dos folios que llevaba escritos. No le supo mal, que más bien se sintió reconfortado por la aceptación del público.
A continuación el cura se adelantó, bendijo la gran mesa de pasteles que estaban al sol en mitad de la plaza, les hizo rezar a todos los presentes un padrenuestro y acabó bendiciendo todo con unas enormes gotas de agua bendita que lanzaba con su hisopo.
-Amén -gritó el público impaciente- amén.
Nazario y Dulcinea, los emprendedores que iban a regentar el negocio, no pudieron hablar, presa de la emoción, y simplemente hicieron un gesto a los asistentes para que se sirvieran a gusto. Digamos que la ingesta fue ordenada desde el punto de vista del orden público, pero sí muy desordenada desde la perspectiva nutricional, ya que muchos se hicieron un homenaje desmedido. Menos mal, que la fuente de la plaza hizo más fluido el tránsito de los pasteles por la garganta de los cazoleteños.
Y así debía acabar esta historia, si no fuera porque tuvo su prolongación por la noche en forma de un ataque masivo de gastroenteritis que obligó a movilizar los servicios comarcales de salud para atender a un gran número de cazoleteños que más que tendidos en la cama pasaron la noche sentados. Tras los analíticas pertinentes, largas y sesudas, quedaron exculpados los dueños del negocio y fue declarado el cura como causante del desaguisado. Su vetusto hisopo fue confiscado y el agua bendita que había en la parroquia fue declarada totalmente insalubre.
-Producirá algún bienestar espiritual, vamos, porque físico ninguno -decía una autoridad sanitaria.
-Yo he seguido la receta de la diócesis -se disculpaba el párroco-, me parece que la dictó San Ildefonso de Toledo.
-Es la primera vez que ocurre en la historia de la iglesia -comentó el obispo.
-Seguro que la trajo directamente del Mar Muerto  -se mofaba un pasota.
-Por dios -suplicaba doña Mercedes-, lo que hay que oír.
El monaguillo callaba, no fuera que descubrieran que él utilizaba la pila del agua bendita como mingitorio ocasional.
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11 may 2016

Como si Kafka usara móvil

El señor Arturo Nomás, tras escuchar los consejos de sus amigos, adquirió por fin un móvil.
-Si no tienes whatsApp, te quedas marginado -le amenazaron-. Y les obedeció, que no quería pasar por anticuado.
-Tiene dos años de garantía -le dijeron en la tienda.
Sin embargo a los 15 días, durante una llamada prolongada, se le calentó la oreja hasta quedar irritada. Y fue a reclamar. Allí cumplieron el protocolo: rellenar una hoja de reclamaciones con sus datos e informe de perjuicios ocasionados.
-El personal técnico de la empresa examinará todo -le comentaron-. Ya sabe, nosotros somos comerciales, puros intermediarios. En unos 10 días, recibirá su nuevo terminal.
-¡No estoy conforme! -protestó-. Quiero que me arreglen también la oreja.
Llamaron al director comercial de la empresa y le plantearon la reivindicación. Estaba confuso y no sabía cómo proceder. No obstante, se atrevió a decir algo.
-Necesitamos un parte médico de la lesión, o una imagen de la oreja dañada.
Arturo Nomás no se cortó un pelo.
-Como si me la escanean.
El director comercial, definitivamente confuso y desnortado, colocó de medio lado la cabeza del cliente en el escáner y apretó el botón. Por uno de esos milagros de la técnica difíciles de explicar, apareció un archivo en blanco y negro en pantalla que decía ser el apéndice auditivo del reclamante. Y se incorporó como documentación en la denuncia.
Al cabo de 10 días, Arturo Nomás recibió un terminal telefónico nuevo y una nota sorprendente de la empresa. Decía lo que sigue:
Hasta ahora la oreja más famosa era la de Vicent van Gogh. Desde hoy tendrá que competir con la de Arturo Nomás, puesto que la oreja de nuestro cliente desde hoy se convierte en la imagen de marca de nuestro nuevo modelo de smartphone. Será un placer para nosotros que acepte nuestra propuesta. Anualmente tendrá a su disposición un terminal último modelo Anomás. Llámenos.
Cuando leyó esta nota el protagonista de esta historia llevó su mano a la oreja para comprobar que estaba sana. Y se la acarició con gusto, pensando en lo bien que le iban a sonar las frases de admiración de sus amigos por ser ya un pionero en esto de las comunicaciones.
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1 abr 2016

Juego de roles


A media mañana la gentes del lugar se juntan en el manantial de la aldea para llenar sus cantinas y bidones. Todos son vecinos y todos carecen de agua potable en casa, por lo que acuden diariamente al abastecimiento. Hay curiosos personajes.
Esteban Lua es el encargado de mantener el orden y buen uso del manantial, por eso lleva una gorra con el anagrama de la aldea y sopla un silbato para marcar los tiempos de aprovisionamiento. Está orgulloso de ser la autoridad y hace uso de ella para atizar bastonazos a discreción en los altercados que suele haber.
Eulalia Sinde exhibe un embarazo evidente. Está orgullosa de su nuevo estatus de casada y de madre en breve, y parece convencida de que alrededor de su cabeza luce un aura que le abre todas las puertas, incluso le facilita el llenado de un cántaro que todos le ayudan a colocar en la cabeza.
Rael es un niño mendigo que malvive de dar pena. Sabe que es lo más inteligente que puede hacer, suscitar la piedad entre sus convecinos, así que hace cola en actitud humilde, espera su turno y carga un pesado bidón con el que podrá conseguir un plato de comida cuando realice el trueque con una anciana del lugar.
El señor Hermes se sienta plácido a la sombra del árbol que él mismo plantó en su juventud. El ayudó a abrir el pozo, preparó el brocal y él mismo en persona colocó la polea que aún siguen usando. Cada vez que alguien hace asomar el balde lleno de agua, el abuelo Hermes se siente orgulloso. Él trajo el progreso a la comunidad.
Sony Butama es el enfermero del lugar. Él es el responsable de garantizar la potabilidad del agua y él es el que ha conseguido colocar un dosificador de cloro en la pared interior del pozo. Le costó mucho convencer al intendente y, precisamente por eso, está eufórico por su aportación a la comunidad.
La señora Paula Par es una gran conversadora y siempre resulta entretenido estar en la cola cerca de ella, por sus comentarios amenos y su buen humor. Ella también está muy satisfecha de su personalidad y disfruta mucho en el ir y venir a por agua.
Hasta el perro de Esteban Lua está contento, pues cumple muy bien el mandato de ahuyentar a todo animal de cuatro patas que confunde el pozo con el abrevadero que han ubicado a unos metros. Los visitantes del pozo se lo agradecen y le dispensan buen trato.
Como se ve es un pozo especial, tan singular que hasta él mismo es consciente de su peso en la comunidad. Por eso hace esfuerzos por atraer todo el líquido que circula por la capa freática circundante y dejar satisfechos a todos sus clientes. Si pudiera hablar pediría al intendente que colocara un rótulo que ensalzara su papel en la comunidad, por ejemplo, que dijera algo así como “Pozo de la Satisfacción”.
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