Llegó el mes de julio y no paró de llover. El pueblo llano se cobijó bajo una encina centenaria y todos aprovecharon para discutir asuntos graves. Se lamentaban de que la pandemia no cesaba. Aquellas buenas gentes andaban confusas y veían cómo el número de tontos crecía. Esto es una plaga bíblica, se quejaban los hombres temerosos. Un castigo divino, insistía la gente piadosa. Esto es más una hecatombe traída por el cambio climático, defendían los cuidadores del planeta. Estamos modificando peligrosamente el equilibrio natural. Esto es culpa de los chinos y de un gobierno errático. Los jóvenes tienen la culpa, acusaba un viejito, no saben o no quieren autoprotegerse. Parece mentira que estemos tan desinformados con tanta información, protestaba un veterano docente. Es que yo quiero ser libre, gritaba un "porretas". Al final cerró la discusión un anciano arrugado, biólogo en sus años jóvenes, y hoy cargado de saber, con un exabrupto: Pedazo burros, les recriminó, estamos aquí todos juntos y nadie lleva la mascarilla en el pico. Iros al carajo.
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