Durante
un tiempo odié a los pajaritos. Fue en la época en que aprendí a
decir mentiras. Yo era inexperto y mi madre me pillaba siempre. Lo
argumentaba diciendo que un pajarito se lo había dicho. Así que que
desconfié de todo bicho volador y traté de hacer todo a escondidas,
lejos de los chivatos con alas. Cuando me salió el bigote recuperé
la confianza en los pájaros, aunque seguí practicando el noble arte
de la mentira piadosa. Hoy es el día que no tengo interés en decir
mentiras, apenas saco beneficio de ello, y me quedo embelesado ante
el trino de un pájaro. Creo que estoy alcanzando la santidad, como
San Virila, el monje del Monasterio de Leyre que se quedó 300 años
embelesado ante el canto de un pajarito. ¡Cuántas mentiras debió
decir antes para llegar a tanta quietud! Digo yo.
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