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19 sept 2025

La cruz de Perea


Pasaron los años y todo el mundo se olvidó de Perea. Durante años hubo una cruz de cemento al borde de la carretera y quienes pasaban por allí musitaban a veces una jaculatoria y pedían por su alma. Otros preguntaban a los mayores y muchos ni siquiera pensaban por qué estaba la cruz allí. Con tres generaciones por detrás todavía quedaba alguno que recordaba vagamente que aquello había sido un crimen, que alguien robó el dinero de la venta de una vaca y que el asesino no fue nunca localizado. Hace unos 10 años ampliaron la carretera y retiraron la cruz, dejándola abandonada tras un antiguo pretil, junto al río. Nadie respetó la memoria de Perea, pues un peón de la empresa constructora así lo decidió. Pero yo sé algo más. Hace años me llegó una confidencia. Me contaba un amigo que él oyó a un vecino ya fallecido que aquello fue un crimen de juego, que en aquellos tiempos, en la caseta del paso a nivel ya desaparecido, la gente se jugaba a las cartas hasta la hacienda y eso fue el motivo del crimen. Uno de los jugadores, por lo que se sabe, hombre que contaban con cierta impunidad en aquellos tiempos de la posguerra, decidió cobrarse una importante deuda por la fuerza. Le esperó una noche en la carretera y acabó con su vida. Y a la misma velocidad que ocurrió el asesinato se corrió un tupido velo sobre aquel suceso. Las autoridades no mostraron interés en esclarecerlo y las sufridas gentes del lugar no querían saber nada. A lo sumo les llegaba algún murmullo que espantaban rápidamente. Aquel hombre rudo y orgulloso era temible, mejor callar. En fin, ésta es la historia de Perea según una versión verosímil. Lo malo es que yo me sé el nombre del autor del crimen y, dado que no hay nada que rascar, que sus descendientes no tienen ni culpa y son gente de bien, yo me sumo a la gente que hizo del silencio una estrategia de paz. Me consuela creer que soy el único que mira con el rabillo del ojo detrás del pretil donde está olvidada la cruz de Perea.
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3 mar 2023

Hay que dar imagen

Era un hombre metódico y orgulloso, que disimulaba su inseguridad tratando de rozar la perfección en todos sus comportamientos. Pero lo tenía difícil, porque era meteorólogo en la televisión local y todos los días era examinado con lupa en los diagnósticos del tiempo. El asunto es que más de un día se comía sus palabras porque no siempre acertaba. Pero eso sí, jamás le pillaba un día de lluvia sin un paraguas en la mano. ¿Qué hacía? Sencillo. Siempre bajo su chaqueta o abrigo llevaba un paraguas plegable colgado de la manga a la altura del sobajo. ¿Qué llovía? Lo exhibía ufano. ¿Qué no? Lo aguantaba en la sobaquera como un espartano a las órdenes del rey Menelao en la conquista de Troya.
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17 feb 2023

Odio al arte

Aquel visitante de museos era un disconforme y un contestatario. No estaba de acuerdo con el culto que se rinde al arte, ni con la admiración devota que se tiene a las obras en sí. Y pensaba que merecían un poco de falta de respeto. Dicho y hecho. Burlaba la vigilancia de los cuidadores de sala, de las cámaras de seguridad y siempre colocaba algo irreverente en las obras. Que si un papelito entre los dedos de una estatua, que si un estornudo enfrente a un cuadro, que si mover una pieza de una instalación de arte efímero, que si tocar con sus dedos un lienzo... Alguna vez le llamaron la atención por acercarse demasiado, pero siempre se disculpaba educada e hipócritamente. Finalmente, en un museo saltó la alarma y pusieron en marcha su equipo de seguridad. Y acabó saliendo en todos los periódicos la noticia de que había sido identificado y denunciado un vándalo que profanaba obras de arte, dejando algo impropio en ellas. Como muestra, presentaban la prueba del delito: Todo fue que encontraron muestras biológicas esparcidas en las salas, en concreto, un moco, con perdón, que encontraron pegado en el culo del discóbolo de Mirón y cuyo ADN permitió identificar al desconsiderado individuo. 

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9 ene 2023

Trabajo con sorpresas

La vendedora de tápers hizo fortuna en nuestro barrio, donde no había casa que no tuviera alguno de sus productos, particularmente de fiambreras para llevar al trabajo. De tal manera que, por ejemplo, todos los que íbamos a trabajar a la cementera nos comíamos por confusión los unos lo de los otros. Al final acabamos apreciando los valores culinarios de las casas propias y ajenas. Hasta hicimos un ranking, algo que motivó a muchos a esforzarse por las “elaboraciones”, que es como acabamos llamando a lo que comíamos. Fue una época estimulante.
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