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3 mar 2023

Hay que dar imagen

Era un hombre metódico y orgulloso, que disimulaba su inseguridad tratando de rozar la perfección en todos sus comportamientos. Pero lo tenía difícil, porque era meteorólogo en la televisión local y todos los días era examinado con lupa en los diagnósticos del tiempo. El asunto es que más de un día se comía sus palabras porque no siempre acertaba. Pero eso sí, jamás le pillaba un día de lluvia sin un paraguas en la mano. ¿Qué hacía? Sencillo. Siempre bajo su chaqueta o abrigo llevaba un paraguas plegable colgado de la manga a la altura del sobajo. ¿Qué llovía? Lo exhibía ufano. ¿Qué no? Lo aguantaba en la sobaquera como un espartano a las órdenes del rey Menelao en la conquista de Troya.
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17 feb 2023

Odio al arte

Aquel visitante de museos era un disconforme y un contestatario. No estaba de acuerdo con el culto que se rinde al arte, ni con la admiración devota que se tiene a las obras en sí. Y pensaba que merecían un poco de falta de respeto. Dicho y hecho. Burlaba la vigilancia de los cuidadores de sala, de las cámaras de seguridad y siempre colocaba algo irreverente en las obras. Que si un papelito entre los dedos de una estatua, que si un estornudo enfrente a un cuadro, que si mover una pieza de una instalación de arte efímero, que si tocar con sus dedos un lienzo... Alguna vez le llamaron la atención por acercarse demasiado, pero siempre se disculpaba educada e hipócritamente. Finalmente, en un museo saltó la alarma y pusieron en marcha su equipo de seguridad. Y acabó saliendo en todos los periódicos la noticia de que había sido identificado y denunciado un vándalo que profanaba obras de arte, dejando algo impropio en ellas. Como muestra, presentaban la prueba del delito: Todo fue que encontraron muestras biológicas esparcidas en las salas, en concreto, un moco, con perdón, que encontraron pegado en el culo del discóbolo de Mirón y cuyo ADN permitió identificar al desconsiderado individuo. 

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9 ene 2023

Trabajo con sorpresas

La vendedora de tápers hizo fortuna en nuestro barrio, donde no había casa que no tuviera alguno de sus productos, particularmente de fiambreras para llevar al trabajo. De tal manera que, por ejemplo, todos los que íbamos a trabajar a la cementera nos comíamos por confusión los unos lo de los otros. Al final acabamos apreciando los valores culinarios de las casas propias y ajenas. Hasta hicimos un ranking, algo que motivó a muchos a esforzarse por las “elaboraciones”, que es como acabamos llamando a lo que comíamos. Fue una época estimulante.
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