Todos los días el padre desayunaba con sus tres hijos y se acababa poniendo al día sobre sus vidas, sus problemas, anhelos, frustraciones y alegrías. El tema de los amigos era recurrente. El más pequeño hablaba con entusiasmo de John, un americano que era, así decía él, la monda. Me río más con él, comentaba feliz. Los mayorcitos ya hablaban de los profesores, de chicas y de los muchos likes que recibían por las redes. Un día el padre tuvo que llevarlos en coche al centro escolar y se fue todo ilusionado por ver a los amigos con los que sus hijos parecían tan entusiasmados. Efectivamente pudo comprobar con qué armonía se fundieron en el grupo que ascendió por las escaleras del centro. Pero hubo una cosa que le disgustó y que comentó inmediatamente por teléfono con su mujer en cuanto subió al coche. Cariño, el tal John es negro y con los mayores he visto un chino. ¿Dónde coño hemos metido a nuestros hijos? Pablo, a tus hijos eso no les importa, no son racistas. ¿Estás diciendo que yo sí soy racista? Es evidente que sí. Se hizo un silencio largo que quedó finalmente roto con la frase definitiva. Ya puedes ir cambiando, el mundo de tus hijos ya es así.
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