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25 nov 2022

Mis cuentos infantiles eran así de convincentes

En un ataque de nostalgia me puse a revisar cuentos infantiles de aquellos que mi madre solía contarme. Elegí uno que tenía totalmente olvidado, Garbancito. Resulta que era un niño tan pequeñito que para evitar riesgos de ser pisado iba cantando a pleno pulmón aquello de Tachín, tachín, tachín, a Garbancito no piséis... Esto le dio resultado por un tiempo, hasta que un día, caído en un repollo de berza, se lo comió un buey sin que el atolondrado de su padre se percatara. A punto de desaparecer para siempre fue rescatado por su madre que, después de una larga búsqueda, descubrió el enredo, hizo estornudar al vacuno glotón y recuperó al niño para siempre. Yo, que ya soy viejo, respiré con este buen final y juro que de niño me creí esta increíble historia a pies juntillas. Además, aprendí que hay que comer mucho para hacerse grande, que hay que confiar en las madres más que en los padres y que se puede superar cualquier situación por difícil que se ponga. Ahí debieron empezar a crecer mis convicciones, ¿no? De paso, recuerdo la de veces que le hice repetir a mi madre esta historia. Lo dicho, da gusto llegar a viejo para rescatar estos gratos recuerdos.

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20 may 2022

Pesadillas

De los niños se dice que a veces son temerarios. Lo puedo confirmar, porque en mi infancia eran muchas las veces que cruzábamos el túnel del tren para cambiar de barrio. Era sencillo, entrábamos en la boca oscura, clavábamos los ojos en la luz del fondo y con el rabillo de ojo vislumbrábamos el camino entre los raíles. Si no aparecía un tren, jugábamos con el eco, reíamos y observábamos el túnel, sus rocas y goteras, las sombras que hacía la poca luz que entraba, y salíamos felices de haber completado una aventura parecida a la protagonizada por Livingstone mismo, supongo. La verdad es que también pasábamos miedo. Y aún seguimos con pesadillas desde que Inés murió atropellada por un mercancías. Nunca nadie y hasta ahora ha dejado de preguntarse quién la empujó aquel día fatal. 

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11 may 2022

Sorpresa en la función


En el proscenio del María Guerrero actor y actriz se abrazaron. Desde el patio de butacas un niño de 5 años protestó: ¡Oye, que es mi madre!


NOTA: Texto FINALISTA y MENCIÓN DE HONOR en el concurso Cuenta 140 de El Cultural, en la primera semana de enero de 2021 La condición que debían cumplir los textos era que no superaran los 140 caracteres también contando los espacios. El tema obligado eran los abrazos.

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28 feb 2022

Abandono

Oyó un balbuceo y un conato de lloros cuyo origen identificó en el contenedor de basura que tenía más cerca. Se cercioró de que eran reales y se acercó a ver quién los producía. Levantó la tapa y distinguió un bulto que se movía. No tuvo dudas, eran humanos. Tomó en sus manos aquello y se encontró con un bebé que era la misma imagen de la indefensión y el desamparo. Abrazó a la criatura con tanto ardor que le traspasó todo el calor que pudo. Tanto, tanto que revivió. El resto ya lo hicieron los servicios asistenciales a los que llamó.

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9 jul 2021

Vida eterna

Aquel abuelo quedó descolocado el día que le tocó filosofar con su nieto. Paseaban junto al cementerio y echaron una ojeada al interior. Mira, aquí está enterrado tu bisabuelo y bisabuela. Eran mis padres ¿Ves los apellidos? Al niño le costó procesar un poco la línea de parentescos que le iba exponiendo el abuelo y se distrajo con un gato que merodeaba por allí. ¿Los gatos se mueren también? Claro, todos los seres vivos somos caducos. Al abuelo no le costó mucho explicar qué era eso de caduco. Pues eso, como las hojas de este roble, cada año se mueren y se caen. El niño, que ya había vivido varias primaveras y sus correspondientes otoños, lo entendió. Salieron del cementerio y regresaron a casa. Iban a comer con la abuelita, como decía el niño. Justo antes de entrar, el niño planteó la pregunta que le rondaba la cabeza. Abuelo, ¿hay vida eterna? Sí, después de la muerte. Entonces, ¿para qué nos morimos? El abuelo no supo qué contestar, habló de algo así como que se iba a enfriar la comida. Pero eso sí, le empezó a rondar en la cabeza alguna vieja duda que tenía aún sin resolver sobre el después.

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9 jun 2021

Perspectiva infantil del arte

El abuelo iba con su nieto de visita por el museo manteniendo un diálogo que no pasaba desapercibido para los demás visitantes. Incluso podía pensarse que era molesto para los demás. Pero, de esto fui testigo, hubo un intercambio de frases memorable. Estaban frente a una estatua de escayola que representaba a una mujer sin brazos. Es una reproducción de la Venus de Milo, un escultor de la Antigua Grecia, explicaba el abuelo. El niño daba vueltas alrededor de la obra. ¿Cómo comía? Las estatuas no comen, tonto. Y la ropa se le ha caído, porque no tiene manos, ¿verdad? Claro, claro. Y, ¿por qué no tiene brazos? El abuelo fue rotundo. Porque se los rompió el alcalde. ¿Sí? Sí, el día de la inauguración. La estatua estaba cubierta con una sábana y le tocó al alcalde destaparla. Pero lo hizo con tanta fuerza que le rompió los dos brazos. El niño no calló. El alcalde de Bilbao es muy bruto. Todos los presentes no pudimos reprimir las risas.

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19 abr 2021

Así fuimos creciendo

Ahora que soy viejo y ya me empieza a flaquear la memoria, voy a rescatar antes de que se me olvide una historia que viví de niño. Resulta que fui testigo de un caso insólito. Me encontré con una madre muy nerviosa que azuzaba a un obrero que trabajaba preparando masa para hacer paredes de ladrillo. Dice que aquí lo ha perdido, ¿usted me lo puede buscar? El currela preparó el bastidor que servía para tamizar la arena y empezó a lanzar paladas. Cada poco revisaba los desechos acumulados en la base de la criba y hacía un gesto negativo con la cabeza. La mujer, sin soltar la oreja de su hijo, se desesperaba. ¡Me ha costado 300 pesetas! El operario pidió ayuda a un compañero y no dejaron de revisar ni un puñado de arena. Aquí no aparece nada, se quejaba en cada revisión del material. Para entonces la mujer no paraba de llorar. Entre los curiosos se corría un rumor. Manu tenía un ojo de cristal, ¿sabías? Se le ha caído en la arena, decía uno. Y no lo encuentran, exclamaba otro. Yo me quedé de piedra. Manu no era de mi clase y yo no sabía que fuera tuerto. Le llamábamos "el birojo" porque bizqueaba, pero ni idea de lo otro. La mujer se convirtió en un lamento y no dejaba de recriminar a su hijo que estaba manso y humilde como nunca lo habíamos visto. Como éramos oportunistas y crueles, ¡ay la infancia!, no parábamos de mirarle, que otra ocasión mejor no íbamos a encontrar para ver a aquel abusón con las orejas gachas y una mano tapando el ojo. Bueno, uno de los apéndices también estaba colorado y tumefacto. La cosa acabó mal, allí no apareció nada, Manu estaba tuerto de verdad, la madre hundida, los obreros estupefactos y los espectadores atónitos. Al día siguiente, Manu vino a la escuela con un parche en el ojo y se dedicó a ajustar cuentas con todos los curiosos del día anterior. Todos recibimos lo nuestro, pero no le llevamos la contraria, que bastante tenía con lo del ojo. Bueno sí. Con la crueldad que a un niño se le supone le cambiamos el mote. Durante bastantes días fue "el pirata", hasta que sus padres ahorraron 300 pesetas para otra prótesis ocular.

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8 mar 2021

De tal palo

Al niño le preguntaban qué iba a ser de mayor. ¿Político como papá? No, yo fantasma. ¿Tertuliano como mamá? No, yo fantasma. Pero eso ¿para qué? Para asustar a la gente. Todos reían. Menos el tío Juan. Sale a sus padres, murmuraba.

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15 feb 2021

El hijo del ferroviario


Al hijo de ferroviario le explicó una vez su padre que las vías del tren de su ciudad tenían siempre la misma anchura, exactamente 1'668 m, algo más que los trenes del resto de Europa que usan el llamado ancho internacional de 1'4351 m. Tanta precisión dejó atónito al chaval, hasta el punto de pasar horas en la estación mirando con atención los raíles y midiéndolos a escondidas entre tren y tren. Una noche, cenando en familia, el hijo hizo alarde de sus conocimientos. El ancho de vía se mide desde la parte interior de los raíles. El padre le miró, se quedó sonriendo y añadió. Claro, las ruedas se acoplan con pestañas por dentro para no salirse de la rodadura y descarrilar. Eso ya lo sabía. ¿Y sabías tú por qué es distinto el ancho de vía español? El chaval respondió como un rayo. Para evitar invasiones de ejércitos extranjeros con sus trenes llenos de cañones y soldados. Y añadió un comentario. Para eso era mejor la vía estrecha, gastarían menos en túneles y no entrarían los trenes de nadie. El padre se relamió de gusto. Razón tienes, se lo contaré al jefe. Aquella noche el hijo del ferroviario durmió convencido de que el jefe le llamaría para hablar. Y así ocurrió. Le invitó a un helado en la cantina de la estación y hablaron sobre trenes. Así el hijo del ferroviario se enteró de que la medida del ancho de vía proviene de las unidades de medición de los ingleses, pioneros en el ferrocarril. En la península se optó por distanciar los raíles 6 pies, porque en un país montañoso, explicaban, es mejor disponer de locomotoras grandes con una caldera que produzca mucho vapor y puedan arrastrar los vagones. En el resto de Europa, que es más llano, se conformaron con el ancho estándar de 4'85 pies. Entonces ¿no se hizo, preguntó el chaval, para evitar invasiones? No, qué va. Un tren de vía estrecha siempre tendrá locomotoras con menos potencia sencillamente por el menor tamaño de la caldera. Ya sé, continuó el chico, que los trenes de vía estrecha tienen casi siempre un ancho de 1'000 m. ¡Uf! exclamó el jefe de estación, mal para un caballo. El hijo el ferroviario abrió mucho los ojos. Sí, las vías se hicieron para que los caballos pudieran arrastrar los vagones de la minas de carbón inglesas, por eso se decidió la anchura que conocemos. Pues menos mal, explicó el hijo del ferroviario que no probaron con una pareja de bueyes, porque el ancho de vía hubiera sido de más de 10 pies... El jefe de estación se quedó atónito. Allí había un ferroviario en ciernes. Desde entonces hizo todo lo posible por encaminar al chico en su oficio. Años más tarde, se hizo famoso un maquinista que conducía los trenes sin levantar la vista de las vías. Nunca se distrae, decían sus compañeros, ¿por qué? 

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18 ene 2021

En la niñez se filosofa

Hay pocas cosas que recuerdo de mi infancia en la escuela. Pero hay una historia que nunca olvido y es lo que quiero contar. En una ocasión la maestra nos hizo una pregunta retórica. ¿Qué animal creéis que será el más feliz del mundo? Hubo respuestas para todos los gustos, pero al final, desde las limitaciones de nuestras mentes infantiles, acabamos discutiendo de si los animales sufrían o no. Sabíamos seguro que eran sensibles al dolor y que agradecían el cariño y el buen trato, que disfrutaban del bienestar, pero sufrir psicológicamente, como sufrimos nosotros, no lo veíamos. Nos lo aclaró Rosana cuando dijo si habíamos visto llorar a algún animal cuando le dejaba el novio o la novia o cuando se le morían los padres, o... Pedrito, que era una autoridad en estos temas porque su madre era psicóloga, nos aseguró que si apenas entendemos nuestra mente qué narices hacíamos pensando en las entretelas del cerebro de los animales. Eduardo, que ya entonces escribía poesías en las puertas del baño, nos dijo que seguro que la perdiz y la lombriz sabían qué es ser feliz. Le abucheamos un poco. Pero todos nos quedamos callados cuando pidió la palabra María. Era huérfana y vivía con un abuelo al que ella tenía que cuidar con apenas 10 años. Lo que yo sé es que ser feliz, nos dijo, les cuesta mucho a los humanos, y a algunos, nos cuesta más que a otros. La maestra, puso fin a aquella sesión de filosofía, bien pensado de eso iba la clase, recordándonos que hay ratos malos y ratos felices para todo el mundo, que nadie se libra y que los buenos hay que disfrutarlos. Yo, por lo menos, nos confesó, he sido feliz escuchándoos. Nos hizo aplaudir a todos, se levantó de la mesa y le dio un beso a María. Yo vi que las dos tenían una lagrimilla resbalando por sus mejillas.

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28 dic 2020

Lecciones inolvidables

Recuerdo el día que visité la casa del abuelo siendo un niño y me perdí por el desván. Me encontré con muchos trastos bastante bien ordenados y llenos de telarañas que me quitaron las ganas de curiosear. Pero me dejó de piedra ver colgada de una viga una soga con un nudo corredizo en el que no vivía telaraña alguna. Abuelo, ¿para qué es eso?, le pregunté en cuanto tuve oportunidad. Se llevó el dedo índice a los labios y me dijo en voz bajita como para que lo hablado quedara entre él y yo. Que sepas que un antepasado nuestro murió en la horca por ser un pirata malvado. Yo conservo la soga y cada vez que la veo me entran ganas de ser buena persona. ¿A ti no te pasa lo mismo? Sí, voy a ser muy bueno, le prometí. Y me dio un beso en la frente. 

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16 sept 2020

Guerras fraternales


Cuando nació mi hermana Lola, mi madre no paró de gritar. Unos años más tarde me enteré que aquello fue un parto y que siempre ocurre con dolor. Pero como yo entonces era un niño no entendía las cosas de ese modo y pensé que todo era culpa de mi hermana. Así que la odié con toda mi alma desde el primer día de su existencia. Mira, pensaba, que hacer sufrir a mamá. Para vengarme ensayaba con la pobre Lolita toda clase de torturas. Hasta que me pillaron. ¿Quién pone sal en el chupete? La pregunta era retórica, porque sólo podía ser yo. Me confesé con mi madre. Me apretó contra su pecho, se rio mucho y me dio un beso muy largo y ruidoso. Lolita se puso a llorar, estoy seguro que de celos. Desde entonces, me dediqué a fastidiarla provocando los besos más sonoros que mi madre nunca más habrá dado en su vida.
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12 jun 2020

Influencers de antaño

En la escuela aquella de los años 60 en la que yo estudié, Pablito era el compañero que tenía las mejores chapas. Era el amigo de juegos más deseado, porque nos dejaba tocar sus piezas de hierro fundido cuando jugábamos en el patio sacando billetes de tren a golpetazos de un circulo pintado en el suelo. Recuerdo que mi chapa era birriosa y las de él brillantes y poderosas. Todos sabíamos que su padre era el guarda en la fundición y que ahí radicaba su poder. Después de él, y sólo después de él, el prestigio era más escalonado y jerárquico. Por ejemplo, Felisín era hijo del carnicero y llevaba los mejores bocadillos de chorizo Pamplona. Como estaba cansado de comer todos los días lo mismo, siempre regalaba algo. González era hijo de un municipal que iba siempre con pistola, y nunca nos metíamos con él. Que se lo digo a mi padre, amenazaba. Eduardo era hijo del acomodador del cine y era muy apreciado por todos, porque nos colaba en el cine en las matinales de los domingos. Sin abusar, se quejaba cuando empezábamos a ser multitud a su derredor. También teníamos en mucha consideración a Sebas, pero solo por un motivo, tenía seis hermanas todas muy atractivas y no sabíamos cómo acercarnos a ellas de torpes que éramos. Cuando estábamos con él y las hermanas se ponían a tiro, nos poníamos todos un poco huecos para mejorar inútilmente nuestros encantos. También teníamos manías, por ejemplo con Arrieta, que tenía un hermano portero en el equipo del pueblo y siempre le poníamos de portero en nuestros partidos. Mira que era malo, nadie quería elegirlo para el equipo. Pero, eso sí, siempre estaba en la portería. Y a Zamacona, el hijo del dentista, lo teníamos olvidado, que nadie esperaba favores de su progenitor. También Berto era respetado, porque su padre trabajaba en un taller de coches y era el que nos hinchaba gratis los balones. Hasta que un día le llevamos un pelotón viejo y nos lo explotó de la presión que puso. A tomar por culo, dijo. Ni se disculpó. Estuvimos un mes sin balón y a Berto le hicimos el vacío. Luego le perdonamos, porque metía todos los penaltis. Y qué decir del hijo del maestro. Al principio se chivaba de todo y no lo podíamos ni ver. Pero un día, su padre, don Gerardo, dijo que sólo hay que chivarse en los casos graves que atenten contra el estado. Nadie sabía qué era eso del estado, pero Gerardito ya no se chivó más. Claro, tenía ya 10 años y le llegó la hora de tener amigos, digo yo. Y lo mejor, que empezó a pasarnos los deberes. Y ¿yo? Bueno, yo no tenía a favor más que a mi tío, que era ciclista y corría con Loroño. Mi tío era un matado que hacía de gregario ayudando al jefe y llevándole bidones de agua y vituallas, como decía él. Pero mi tío era una mina de información y cada vez que coincidíamos me enteraba de todos los chismes de las carreras. Así que me especialicé en contar batallas del pelotón, la mitad verdad y la otra mitad adobadas por mi imaginación. Así mejoré mi vis narrativa y conseguí dos cosas: amigos y aprender a contar cuentos. Se nota, ¿verdad? ¡Infancia feliz! La añoro.
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10 jun 2020

Astucia infantil

Nos han mandado en la escuela que apuntemos cuánto plástico se desecha en casa durante una semana. No es por curiosidad ni morbo, que el profesor ha explicado que así nos va a hacer conscientes del daño que hacemos al planeta. Yo se lo he contado a mis padres y he visto que se guiñaban un ojo. ¿Vas a hurgar la basura? Sí y voy a pesarla. Bueno, han dicho. La verdad es que así les he avisado y tendrán cuidado de no tirar envases de cremas eróticas y otras cosas de mayores. Tengo 10 años y no quiero pasar vergüenza en clase. 

NOTA: Texto presentado el 4-06-20, en la  XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior
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5 jun 2020

Mi educación en valores



John Wayne dio un brinco y cayó sentado en un caballo que inició raudo el galope. Le seguían doscientos no sé cuántos indios que le pisaban los talones y a los que el pistolero burló ocultándose en la copa de un árbol en el que nadie lo pudo ver. Cuando los apaches se alejaron, el vaquero encendió un cigarrillo, silbó a su caballo, por cierto, a todas luces muy inteligente, y se largó al fuerte donde los casacas azules le esperaban para felicitarle. En aquel momento, todos los espectadores arrancamos a aplaudir a nuestro héroe, no era para menos. El solito había matado a tropecientos indios, había roto con sus puños las narices de más de uno, había enamorado a una india bella y había hecho justicia a diestro y siniestro. Lo dicho, en aquella sala no había nadie con más inteligencia que el caballo.
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23 mar 2020

El aprendizaje que no cesa

Cuando era niño mi padre tenía una frase que utilizaba para cortar en seco mis gimoteos. ¿Somos hombres o muñecos? Yo me sentía intimidado y resolvía por la vía rápida mis cuitas. Pero mi padre nunca motivó así a mis hermanas. Yo sí. Una vez me atreví a burlarme de la hermana más llorona llamándole muñeca y ¿sabéis qué me contestó la mocosa de 8 años? ¡Machista! Me pareció un insulto humillante y protesté. Hijo, me consoló mamá, ya aprenderás...
NOTA: Relato enviado al V Concurso Literario de Minicuentos "Recuerda". Diciembre. Mundo Escritura.
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20 dic 2019

Con 10 años

Le confesé a mi padre lo que había hecho, después de que me pillara fumando en medio de la noche. La situación era sencilla, los amigos volvíamos a casa fumando cigarrillos Jean que habíamos comprado por tres pesetas, por cierto, monedas perdidas que encontrábamos en los cajones de casa, y nos topamos con mi padre que iba por el mismo camino a trabajar. El bochorno que pasé no me dejó dormir en toda la noche pensando en el castigo que me caería al día siguiente. No fue así. Mi padre lo resolvió con una carcajada. ¿Sabes? Ayer les pillé fumando. Entonces supe que fumar era pecado venial.

NOTA: Texto presentado , el 12-12-19, en la  XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior.
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11 dic 2019

Torturas de infancia

Se me acumulan los garbanzos en la boca, ya no puedo tragar más. Los odio, y como mi madre me obliga a comerlos, las paso canutas. Trago una cucharada y escondo dos entre los carrillos a la espera de que mi madre vea el plato limpio. Es horrible. Mi padre se ríe y trata de que el trance sea menos duro. No olvides que el gran Cicerón debía su nombre a que su familia tenía un grano como un garbanzo (cicer) en la nariz. Ni por ésas. Cuando una lágrima se desliza en mi mejilla, mi madre cede. Mañana lentejas, anuncia. ¡Horror!

NOTA: Texto presentado, el  4-12-19, en la  XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior.
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13 nov 2019

Niños


No es cierto que tengan siete vidas. Eso es un dicho que no va ninguna parte. Que tengan habilidad para caer desde bastante altura y escabullirse de los desaforados ataques de los perros callejeros, no quiere decir que sean semiinmortales. ¿No? Te lo demuestro con el gato de la abuela, si quieres. Venga. Le voy a poner matarratas en la leche. Los dos primos prometieron guardar el secreto, pero fue imposible. A los dos días internaron a la abuela con intoxicación aguda y en la semana siguiente tuvieron que cantar todo en comisaría. El gato siguió campando a sus anchas.

NOTA: Texto presentado , el 02.-11-19, en la  XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior.

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1 nov 2019

Aires de tragedia

El día se presentó soleado y calmo, invitando a los bañistas a adentrarse en el mar. Las niñas nos subimos al bote de plástico que poco antes había hinchado nuestra madre y remamos cerca de la orilla durante un buen rato ante la atenta mirada de nuestra progenitora. Pero ocurrió algo inesperado, se desató una galerna repentina. Fue un violento golpe de viento que azotó las aguas hasta convertirlas en una trampa mortal. Mi hermana y yo remamos con ganas para llegar a la playa, la embarcación se adentró más aún en la bahía, perdimos los remos, quedamos a merced de los elementos, mi madre gritaba despavorida... Entré, mejor dicho, entramos en pánico, nuestros lloros ya ni se oían. Me vi muerta, perdida, ahogada. La barca volcó y creo que se la tragó el mar. Mi hermana y yo, a punto de perecer ahogadas, braceamos desesperadas y, oh sorpresa, el agua solo nos llegaba hasta las rodillas. Unas manos nos asieron y nos pusieron a salvo. Era mi madre que había entrado en el mar para rescatarnos. Del bote ni rastro y algo parecido ocurrió con la sombrilla, las toallas y el libro que leía mi madre. Qué más contar, soy, mejor dicho, somos unas supervivientes en toda regla.
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