
Siendo
niño juré que alguna vez en mi vida ascendería los 5891,8
metros
del Kilimanjaro, una montaña de ensueño con tres cumbres
volcánicas, el
Shira, el Mawenzi y el Kibo,
cubiertas de nieves perpetuas en mitad de la sabana africana. Para mí
era un gigante imponente con gorilas en derredor y bosques
escondidos en las brumas del amanecer que sólo los masai
controlaban. Fue una promesa inconsciente e infantil que mi viejo
amigo Joaquín aún recuerda. Y se mofa de mí. ¿Qué, cuándo
tomamos el bus para Tanzania? Un día de estos, le respondo, espera a
que me jubile... Este diálogo se repite literalmente desde hace
muchos años. No sé si realizaré el viaje algún día, tengo el
presentimiento de que sí. ¿Por qué? Os confieso una cosa que aún
no he dicho a nadie: En la aplicación en la que leo las predicciones
meteorológicas diarias tengo señaladas las ubicaciones habituales
en las que me muevo y, ¡oh sorpresa!, también Moshi/Tanzania, una
localidad muy cercana al Mount Kilimanjaro National Park. Por cierto,
hoy dicen que hay un 40% de probabilidades de que haya precipitaciones en la zona. Y los masais sin paraguas, es un decir, vamos, digo yo.
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