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15 abr 2020

Sobre las cosas nimias


Quiero destacar el papel que juegan los fósforos en esta vida nuestra. O al menos de los que yo tengo en casa. Enciendo mi chimenea de pascuas a ramos y noto que cada cerilla se esfuerza por cumplir su misión peleando contra la humedad que acumulan por culpa del tiempo y el olvido. Cuando ambos logramos que prenda la llama, me surgen sentimientos contrapuestos. Yo feliz por poder calentar mis huesos y al mismo tiempo triste, porque en mi mano queda un palito chamuscado que ya no sirve para nada. Acabó, mejor diría, sacrificó su vida por mí. ¿Cómo agradecérselo? No hay forma, pero sí he adoptado una nueva postura existencial ante las cosas simples y aparentemente nimias de la vida, no sé si se expresa así, pero desde luego, las valoro, admiro y respeto.
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5 feb 2020

Camino del agnosticismo

Juan Badaya tenía apenas superados los 10 años cuando se enteró de que las ballenas no se podían tragar a nadie, que su comida consistía exclusivamente en toneladas de seres minúsculos que forman el placton marino. Entonces el que esto escribe le preguntó a aquel profesor de Ciencias Naturales que se llamaba don Jerónimo, ¿que pasó con Jonás? ¿No se lo comió una ballena y a los tres días lo depositó milagrosamente en tierra? El profesor iconoclasta se despachó sonriente con una frase críptica: Cuando seas mayor y estudies teología lo entenderás. Dios escribe recto con líneas torcidas, que lo sepas. Aquello sonó como un golpe de maza en un timbal, por lo menos un timbal de la época de Nabucodonosor II, rey babilonio que conquistó Jerusalen 2.500 años ha. Y el mazazo se grabó en la mente de un servidor como un interrogante que tendría que despejar a lo largo de su vida. No fue cierto, no tardó mucho en sacar conclusiones. A la vista quedan.
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14 ene 2019

Distintos caminos, mismos resultados

El hombre blanco llegó a una isla de aguas cálidas. Lanzó una rápida mirada y pronto inició un negocio que le llevó por delante sudores, salud y penas. Al cabo de unos años poseía ya una pequeña fortuna, una casa colonial con un porche ostentoso, varios criados y un coche de caballos de quitar el hipo a los lugareños. ¿Ves?, le decía a un amigo mulato que le había acompañado de cerca en aquella aventura. ¿Ves?, le repetía orgulloso, he llegado lejos con esfuerzo y ambición, no como vosotros, que sois unos flojos. El mulato que se balanceaba en una hamaca tendida entre árboles, sonrió de primeras y luego se dedicó a estirar las piernas. Al cabo de un rato abrió la boca. Yo vivo tan bien como tú sin haber sufrido tanto. Mentira, protestó el hombre blanco. Verdad, replicó el otro. Los dos estamos haciendo lo mismo ahora, ¿no? Pues resulta que tú te has pasado los últimos 30 años subiéndote a las palmeras para recoger cocos y yo, mientras tanto, he estado esperando a que caigan.
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