Senghor era un compañero de trabajo que al principio fue recibido con curiosidad y que pronto fue tratado con aprecio y respeto. Llegó un verano a cubrir vacaciones y bajas y se quedó en la empresa. Era trabajador, solidario y buen conversador, algo que le sirvió para progresar rápidamente en el dominio del idioma. Sabíamos que era de Senegal, que había estado malviviendo durante 3 años hasta hacerse los papeles, que había hecho cursos de capacitación y que desde que estaba en la empresa mandaba dinero a su familia. Supimos que vivía en una casa compartida con otros emigrantes, que tenía una habitación con derecho a baño y cocina por 300€ al mes. Estaba contento y para nosotros era una tranquilidad saberlo. Pero hubo una circunstancia que hizo que esto cambiara drásticamente. En un periódico local apareció un reportaje en el que contaba la historia de un tal Ismail, su largo trayecto hacia el norte de África, sus retenciones en las fronteras, las penurias, abusos, palizas, robos y humillaciones que sufrió, su trato con las mafias, el viaje que hizo como polizón en un barco hasta un puerto del sur de Europa, el duro recibimiento que le hicieron en el continente, las zozobras para poder comer, cobijarse, vivir, ser una persona... El reportaje era amplio y acababa celebrando que Ismail, en el día de fecha, era ya un “triunfador” que había superado mil obstáculos y que estaba integrado socialmente. Esto era algo que tranquilizaba mucho a los lectores. Pero no a todos. En el párrafo en el que se relataban con pelos y señales los malos tratos y humillaciones recibidas se deslizaba una frase que remarcaba que eso lo había padecido junto a su hermano Senghor. Esto debió ser demasiado para nuestro amigo. Revivir algo que se había esforzado en olvidar fue muy destructivo para él. Y quedarse desnudo ante sus compañeros de empresa, someterse a nuestra curiosidad, le debió parecer insoportable. Senghor desapareció. Hicimos una denuncia en la policía y durante un tiempo se organizaron patrullas ciudadanas para buscarlo por tierra mar y aire, la policía peinó información en transportes, ciudades y países. Hablamos hasta con un Ismail que estaba muy afectado. Nunca supimos nada. Ni aún hoy.
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