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22 dic 2023

Dolores que no desaparecen

Senghor era un compañero de trabajo que al principio fue recibido con curiosidad y que pronto fue tratado con aprecio y respeto. Llegó un verano a cubrir vacaciones y bajas y se quedó en la empresa. Era trabajador, solidario y buen conversador, algo que le sirvió para progresar rápidamente en el dominio del idioma. Sabíamos que era de Senegal, que había estado malviviendo durante 3 años hasta hacerse los papeles, que había hecho cursos de capacitación y que desde que estaba en la empresa mandaba dinero a su familia. Supimos que vivía en una casa compartida con otros emigrantes, que tenía una habitación con derecho a baño y cocina por 300€ al mes. Estaba contento y para nosotros era una tranquilidad saberlo. Pero hubo una circunstancia que hizo que esto cambiara drásticamente. En un periódico local apareció un reportaje en el que contaba la historia de un tal Ismail, su largo trayecto hacia el norte de África, sus retenciones en las fronteras, las penurias, abusos, palizas, robos y humillaciones que sufrió, su trato con las mafias, el viaje que hizo como polizón en un barco hasta un puerto del sur de Europa, el duro recibimiento que le hicieron en el continente, las zozobras para poder comer, cobijarse, vivir, ser una persona... El reportaje era amplio y acababa celebrando que Ismail, en el día de fecha, era ya un “triunfador” que había superado mil obstáculos y que estaba integrado socialmente. Esto era algo que tranquilizaba mucho a los lectores. Pero no a todos. En el párrafo en el que se relataban con pelos y señales los malos tratos y humillaciones recibidas se deslizaba una frase que remarcaba que eso lo había padecido junto a su hermano Senghor. Esto debió ser demasiado para nuestro amigo. Revivir algo que se había esforzado en olvidar fue muy destructivo para él. Y quedarse desnudo ante sus compañeros de empresa, someterse a nuestra curiosidad, le debió parecer insoportable. Senghor desapareció. Hicimos una denuncia en la policía y durante un tiempo se organizaron patrullas ciudadanas para buscarlo por tierra mar y aire, la policía peinó información en transportes, ciudades y países. Hablamos hasta con un Ismail que estaba muy afectado. Nunca supimos nada. Ni aún hoy. 

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1 abr 2019

¿Progreso?

Cuando nació Santiago Darwin Valdés, conoció un mundo perfecto. Sus papás cuidaban de él y de los hermanos, los abuelos estaban con ellos y se sentía seguro. Pronto aprendió las rutinas de todos los días y encontraba tiempo para ayudar en casa, jugar y hasta para pelearse con sus hermanos y amigos. Santiago Darwin Valdés entendió pronto que el mundo era así y que su historia estaba ya marcada. Crecería, encontraría trabajo en un campo fértil en fruta y vides, haría el servicio militar, buscaría una esposa, una casa, tendría hijos y llegaría a viejito. Y luego se moriría y lo dejarían enterrado en el camposanto chiquito de su aldea junto a sus antepasados. Así era el mundo y así debía ser. No sospechaba que un aciago día, aconsejado por pájaros de mal aguero, compró un pasaje en un ómnibus y emprendió el penoso camino de la emigración hacia la capital. Llegó a un lugar desconcertante que abusó de él y no le proporcionó mejor vida de la que tenía. Hoy, Santiago Darwin Valdés, hijo de la comuna de Chépica, provincia de Colchagua, Sexta Región de Chile, trabaja en la orilla del río Mapocho, empujando una carretilla con dos sacos de cemento la Unión, que llevan impresa la imagen de una insípida mujer que sonríe ajena a sus penas. Mientras, recuerda con lágrimas en los ojos el sabor del pastel de choclo de su tierra, las empanadas, los porotos, los zapallitos y las papas que cultivaba en su potrero. Y también las risas de la gente de Chépica. No, la vida ya no va a ser igual, se lamenta. Y todo por 400 dólares al mes que casi se van en el arriendo de una habitación compartida. Y no puede reprimir lo que le sale de muy adentro. Agarra un mazo y golpea con ganas a la mujer que sonríe desde el saco de cemento como si la vida fuera siempre amable con todos. Mierda, weon, ¿qué hago aquí? Y acto seguido, al tiro, inicia el camino de vuelta a su Chépica natal. Un mapuche es un mapuche, se consuela.
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5 feb 2018

Carta escrita entre lágrimas

Querida Fátima, te escribo cuatro líneas desde Lesbos para decirte que estoy bien, que tengo trabajo, gano dinero y vivo en una buena casa. Os echo a todos de menos y espero veros pronto, lo más tarde en verano. Muchos besos, sobre todo a Ghada, nuestra hija. Os quiero. Samir.
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6 mar 2017

Invasión silenciosa

Cuando el Tío Machuca se acercó al árbol de las confidencias donde se reunía muchas tardes con su amigo, notó rápidamente que el abuelo Simón tenía el ceño fruncido. Enseguida se enteró por qué.
-Occidente está en peligro, hordas de invasores se despliegan por el país que, para más inri, disfrutan del estado de bienestar... Bastarán dos generaciones para vernos sometidos sin recurrir a la guerra. 
-¿De qué hablas?
-De los emigrantes, sobre todo de los musulmanes. Su religión defiende la muerte al pagano, o sea, tú y yo. Van a acabar con...
-¿Te has vuelto loco? Confundes a los fanáticos, una minoría, con el todo.
-Hay que ir a la guerra, prefiero que mueran ellos antes que yo. Es la última cruzada del Occidente cristiano.
-¡Simón! Despierta, que estás abducido por un espíritu maligno.
-Abducido por mi cuñado, joder. Son las secuelas de las comidas familiares en Navidad.
-Pues te ha dejado trastocado.
-Ni lo duces, pero que sepas que es así como empieza a pensar más de uno.
-Es verdad. Y ¿qué podemos hacer?
-Yo les digo que ser emigrante es muy jodido. Que se vayan ellos a otro país y ya verán que hasta los occidentales se convierten en ciudadanos de segunda.
-A mí ya me pasó en …
-Y a mí...
-Quitar el hambre es una obligación,
-Es un derecho.
-Por mucho que lo disfracen con xenofobias.
-Y complejos...
-Es como si vivieran aún Caín...
-Y Abel
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27 feb 2017

El retornado emigrante

Se pudo subir en la camioneta en marcha dando un salto y asiéndose a la cartola. Por suerte el chófer no le vio y se hizo la ilusión de que podría pasar la frontera de polizón. Levantó una lona y se metió debajo, junto con la carga. Le costó orientarse en la oscuridad, pero se percató pronto de que allí había carne.
No olía mal, aunque sí estaba fría, y se quedó quieto. Notó el lento paso por el puesto fronterizo, la conversación, bastante amistosa por cierto, del conductor con los policías y se felicitó cuando el vehículo reanudó la marcha. Por fin al otro lado, se dijo. Destapó la lona y un tibio sol le acarició el rostro. Miró la carga y vio un cadáver. Quiso huir y sin pensarlo mucho se tiró en marcha, cayendo por un terraplén lleno de zarzas que amortiguaron el golpe y le dejaron marcado durante mucho tiempo. Y volvió clandestinamente de nuevo a su país. ¿Cómo podía permitir que le imputaran en un crimen a él? Con la de restos de ADN que habré dejado bajo la manta, se decía. Y como si nada hubiera pasado, la camioneta siguió su camino, se detuvo en el zoo local, presentó unos papeles para firmar y soltó su carga en el frigorífico destinado a la alimentación de los leones. El ilegal, mientras tanto, ocultando un crimen nunca jamás cometido, vivió atormentado el resto de sus días en la tierra que le vio nacer.
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2 sept 2016

Cosas del vulgo

Un hombre vulgar se dejó arrastrar por ideas vagas y simples que difundían que los emigrantes quitaban el trabajo, acaparaban las ayudas sociales, saturaban los servicios sanitarios... Él se convenció de que era necesario y oportuno emprender una cruzada por la justicia en el disfrute de bienes a favor de los autóctonos. El hombre vulgar no dudó en empezar a mirar a los emigrantes como gente indeseable y, por supuesto, inferior a él en todos los sentidos. Era una convicción muy arraigada en él. Pero un día, tal certeza empezó a estar acompañada de un interrogante. Fue el día que acudió a aclarar su cuentas a la Agencia Tributaria. Tuvo que estar esperando su turno un buen rato, un tiempo que le permitió constatar que había muchos foráneos de esos que él odiaba a rabiar. Una vez frente al funcionario de turno, tuvo que escuchar que sus cuentas con la Hacienda estaban desfasadas, que arrastraba impagos de escándalo, que con la multa de rigor le iban a dejar temblando. 
El hombre vulgar intentó defenderse torpemente y, en su confusión argumental, le dio pie al funcionario a darle una razón contundente. Mire usted, estos emigrantes de los que usted tan mal habla, absorben el 5,4% del gasto público y contribuyen en un 6,6% a los ingresos totales del Estado, más que usted. No me diga que este país no prospera con esta gente. Y el hombre vulgar no tuvo más remedio que empezar a dudar.
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26 sept 2014

Un cuento de hadas

Marilena era una emigrante recién llegada a un país extraño que, según le dijeron, era próspero. A pesar de poseer títulos académicos, tuvo que aceptar precipitadamente el primer trabajo que le ofrecieron, limpieza de locales de hostelería. Y allí conoció qué es ser emigrante de segunda categoría.
-No puede usted hablar con los clientes -le dijo un camarero
también emigrado como ella-. Usted limítese a barrer, fregar y dejar todo reluciente. 

Ante su cara de extrañeza, otro mesero, también emigrante, le explicó la norma.
-No se puede molestar a la clientela.
Y Marilena, un pozo de curiosidad y simpatía, se tuvo que resignar a seguir las conversaciones en silencio, recibiendo más de una vez regañinas por excederse, con su castellano vacilante, en el saludo a alguno de los habituales de la cafetería. Tampoco faltaron ocasiones en las que le recordaron que ocupaba el escalafón más bajo en el micromundo laboral de aquel local hostelero.
Pero un día llegó el desquite. Unos turistas alemanes solicitaron un servicio en inglés. Los camareros se las veían y deseaban para satisfacerles, no acertando a interpretar correctamente sus deseos. Ante un diálogo tan caótico, Marilena se ofreció de intermediaria y no sólo en la lengua de Shakespeare, sino en la lengua de la mismísima Angela Merkel dejó satisfechos a los visitantes. Estos entablaron una fluida conversación con ella y dejaron una sustanciosa propina para los ofuscados camareros.
Al día siguiente, Marilena pidió el finiquito en la empresa.
-Trabajo como intérprete para una empresa alemana -les dijo.

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