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24 jun 2022

Prejuicios exactamente

En el 8º piso de mi portal hay una vivienda amueblada que está siempre de alquiler. Ahora mismo buscan inquilino. Los vecinos estamos en ascuas por saber quién será el próximo vecino. Una vez llegó una futbolista simpático que conversaba con todo el mundo, otra vez un abogado que aparecía de vez en cuando en los medios, en la última nos apareció un comercial de muy buena pinta que era modelo de discreción, hasta que sufrió un infarto y vinieron los bomberos a descerrajar la puerta; así nos enteramos de que vivía solo y desamparado. Nos dio mucha pena. Todos recordamos aquella larga temporada en la que estuvieron dos hermanas muy guapas que duraron entre nosotros lo que duran los noviazgos cuando hay ganas de casarse. En fin, que estamos en ascuas. Bueno estaba en ascuas, porque me acaba de contar el vecino del 4º F que le parece que va a venir un venezolano, casado y con dos hijos, uno de ellos con problemas de movilidad. Le acompañará la hija de su primera mujer con su pareja y un niño. También espera a su padre que está en tratamiento oncológico. Que le ha gustado la accesibilidad de la vivienda, la enorme terraza que tiene para barbacoas y que el precio no es problema, porque aún puede subarrendar una habitación. ¿Cómo sabes todo eso? Mira, regenta un bar cerca del estadio y me lo ha contado todo un cliente habitual y de confianza. Pero, ¿ya pueden pagar 1200 € al mes? Sí, trabajan duro y todos atienden el bar. Oído esto, se me ha mudado la cara. Esperaba otra cosa.

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27 sept 2021

Genocidas anónimos, igualmente reprobables


El abuelo Simón cuenta muy enfadado algo que ha leído poco ha. Relata que los barcos que atravesaban el Estrecho de Magallanes, allá por los mares australes, se entretenían observando a los patagones que vivían en sus orillas. Era fácil verlos en sus asentamientos alrededor de una hoguera, ligeros de ropa y felices con su existencia. Así parecía, vamos. Pero cuenta también que allá por el S. XVIII se inició una fea costumbre que fue un divertimento que las autoridades consintieron. Desde el barco, cuenta indignado, disparaban a los indígenas y seguían entre risas y aplausos las reacciones de los yagán, kaweskar, onas... En el barco, ante el espanto de pocos se imponía la opinión de los más, que defendían que aquellas gentes eran como animales, sin dignidad ni valor, ni derechos, ni consideración. ¿Tienen alma o qué?, argumentaban desafiantes.

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12 ago 2020

Xenofobias varias



Me miran mal y me insultan, porque soy distinta. Ellos son de aquí, blancos, ricos, bien vestidos y alimentados, saben lucir sus coches y sus mujeres. ¡Supremacistas! Se dice supermachistas. Calla, puta de carretera.
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27 may 2019

Tampoco era marrano

Ya tengo los pies fríos, me voy a acabar congelando en este lodazal. ¡Por todos los demonios, sáquenme de aquí, que soy cristiano viejo por los cuatro costados, sin mácula ni contaminación de moro, judio o gentil! Soy de esclarecido nacimiento por parte de padre y madre, abuelos y ancestros. ¡Voto a bríos, pagaréis cara vuestra ofensa!
Estas fueron las últimas palabras del conde don Mendo de Targa antes de sumergirse por accidente entre las inmundicias de la letrina de las caballerizas del castillo. Su pelea contra la muerte no tuvo más argumentos y se despidió de este mundo como correspondía a su pensamiento, indignamente.

NOTA: Texto presentado el 24-5-19, en la XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior.

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7 feb 2018

En Melilla exactamente

El veterano golfista intentó concentrarse al máximo para recorrer los 9 hoyos del campo. En el primero ya se torció su suerte cuando el driver se le fue desviado, muy lejos del green. Y en el resto de hoyos pecó de impotencia peleándose por sacar las bolas del bunker, del agua, del bosque. No dio una a derechas en todo el recorrido, haciendo más dobles o triples bogey de los que quisiera.
Aquel no era su día, ni el putt, ni el swing funcionaban. No me he podido concentrar, se quejaba mirando al horizonte, un horizonte donde destacaban las dramáticas siluetas de unos aspirantes a refugiados que colgados en una valla de 8 metros de altura esperaban el momento de saltar a la vieja Europa para que les recibiera, ingenuos, en sus brazos. 
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19 abr 2017

La mujer del burka

Todos los días acompañaba a su marido al supermercado. Dócil, caminaba siempre dos pasos por detrás de aquel hombre menudo y, a la vista estaba, dominante. La compra siempre era la misma, 3 barras de pan y unos yogures. Parece ser que el resto de viandas les llegaban desde la Cruz Roja. El caso es que aquel día la operación fue diferente, porque a la hora de recoger los cambios que le ofrecía la cajera el hombre propinó un manotazo a la dependienta. Eres una racista, le dijo. Digamos que, contra lo que para él era costumbre, la mujer agredida le hizo frente, primero preguntando en qué le había ofendido y segundo pidiendo respeto. Dos hombres, testigos del incidente, hicieron causa común con la empleada y afearon la conducta al agresor que se vio obligado a desaparecer seguido de su sombra, quiero decir, de su mujer. Lo que pasaba por la cabeza de la agredida lo podemos suponer, ella no acertaba a recordar de qué forma podía haber ofendido a aquel hombre. Lo que pasaba por la cabeza de la mujer que sólo enseñaba los ojos no lo sabremos nunca. Ella presenció el incidente, ella no objetó nada a su marido, ella abandonó el lugar junto con él, eso sí, dos pasos por detrás para dejar clara la diferencia de estatus. Siento vergüenza, dijo unos de los clientes habituales, musulmán por mas señas, cuando se lo contaron. E indignación, añadió su esposa que, por cierto, caminaba al lado de su marido y sí podía hablar.
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26 sept 2016

Por solo 5 €

Eran las fiestas de mi ciudad y un gentío bullicioso se desparramó por el espacio festivo. Cientos de vendedores aprovechaban la feria para colocar sus mercancías, entre otras cosas, el pañuelo distintivo de la fiesta que muchos llevaban anudado en el cuello. Mis amigos se acercaron a un mantero que tenía extendido el género en el suelo, algunos sueltos y otros perfectamente colocados en una funda transparente.
A mí dame ése que tienes envuelto, dijo Josu Perior, poniendo énfasis en la frase y remarcando que no quería contagiarse de nada. ¡Eh!, para mí el que tienes en las manos, pidió Marga Rita, seguro que me dará más ganas de vivir, afirmó. El vendedor, seguramente llegado del lejano Senegal, le hizo un descuento. 
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