
Siempre
que llega Navidad yo voy a casa de mis padres y celebro con ellos tan
entrañable día. Abrir el frigorífico de la cocina ya es para mí
una experiencia inolvidable, siempre está lleno. Y poner en el viejo
tocadiscos las canciones de mi infancia, vamos, es el no va más.
Pero lo que me gusta de verdad es volver a dormir en mi habitación,
una cama estrecha y cortita en la que duermo encogido. Y el beso de
mi madre en la frente es definitivo para que duerma como un angelito.
Al despertar, desayuno un ColaCao con churros que ha salido a comprar
mi padre y me paso toda la mañana leyendo la colección de cómics
que aún se guarda en mi habitación. Hazañas Bélicas, el Capitán
Trueno, Mortadelo y Filemón y Vidas Ejemplares, sobre todo. Y llega pronto la hora de
comer, donde mi padre y yo aplaudimos a rabiar a mi madre cada vez
que saca un plato. Es una gran cocinera. Al igual que en la cena
anterior, cantamos villancicos y vemos la televisión, Telecinco
exactamente. Nos lo pasamos muy bien. Pero como todo lo bueno se
acaba, llega la hora de marcharse. El abrazo que me da mi madre es el
más largo, y sus consejos son siempre los mismos. Que me alimente
bien, que vaya limpio y bien vestido, que piense bien todo lo que
hago y que haga siempre el bien. Dios me acompaña siempre, les digo.
Claro, exclama mi padre, para eso eres el obispo de la diócesis.
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