Una vez surgió una conversación entre amigos sobre el origen de los ancestros de cada cual. Desde el primer momento capté la idea de todos estábamos orgullosos de nuestros árboles genealógicos que, sin ser de alta cuna, ni de noble sangre, pertenecíamos a una raza de gentes esforzadas, trabajadoras y honradas, nobles de corazón y enraizados en una tierra de la que parecían haber mamado todos esos valores. Uno de los amigos permanecía callado y tranquilo. Cuando todos le interrogamos con los ojos, sonrió. Pues yo tengo antepasados de mala reputación, dijo. Un abuelo en prisión por perder una guerra, un bisabuelo en el ejército colonial en Cuba donde no sé qué tropelías no cometería, un tatarabuelo vivió de gorra trabajando para un negrero, tío suyo y de mismo apellido que yo. Y eso, por línea paterna, que si voy por la otra rama salen más penas que glorias. Con decir que en casa decimos que descendemos de un judío converso... Nos quedamos callados todos menos él, que siguió abundando en su historia familiar sin dejar de reírse a carcajadas. ¿Qué os pensáis, que los desmanes los han hecho otros? Somos todos unos pardillos. Empezáis a hablar así y caemos en un supremacismo barato. Y, al fin y al cabo, ¿qué somos? Unos pardillos, le dije yo. ¡Equilicuá! Eso somos, ratificó. Venga, pago yo esta ronda, nos propuso. Fue la mejor forma de acabar aquel debate.
NOTA: Equilicuá es una interjección en desuso, proveniente del italiano écoli qua, que se utiliza como expresión exclamativa, señalando hacia un lugar o haciendo referencia a la solución que se ha encontrado a un asunto, para indicar que ahí está lo que se buscaba y que por fin se ha dado con ello.
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