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15 mar 2019

Cándido turista austral

Un guaso de la Pampa chilena tiene siete ovejas menos y un perro cojo por mi culpa. Yo solo sacudí el mantel por la ventana de mi caravana y las ovejas, que son muy tontas como todas las fábulas clásicas reflejan, echaron a correr despavoridas y se precipitaron contra la alambrada del pasto. Yo ayudé a recuperar el rebaño lo mejor que pude y casi le hago el boca a boca a una cordera. El guaso que estaba al cuidado de aquel inmenso rebaño, no paró de soltar juramentos todo el rato. Me agradeció la ayuda, mientras no dejaba de cagarse en todos los turistas que viajábamos en caravana por la Pampa. Entendí la indirecta. Yo, por si acaso, no le dije que fui el que desencadenó la estampida con el mantel para librarme de unas migas de pan. Menos mal, si no soy hombre muerto, que estos guasos tienen muy mal genio.
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28 mar 2018

Se vende carro

El viajero se mueve por San Martín de los Andes con los ojos muy abiertos, que no es momento para desperdiciar el disfrute de un lugar tan singular. Así que los ojos alternan inquietos entre la visión de la cordillera andina y la inmensidad del lago Lácar, entre el deambular de los sanmartinenses o de los canes abandonados en la calle que son tratados con verdadero cariño y respeto por todo el mundo. ¿Te has dado cuenta que no ladran, ni molestan, que están sanos y gordos? me comenta el compañero. Cierto, añado, parecen hasta perros humildes. Pero hay algo que no acaba de captar el viajero. ¿Qué pinta una botella de agua en el techo de un automóvil? Será para ahuyentar moscas e insectos, sugiere mi amigo. Evitará que se caliente en el interior, adelanto yo, quizás para refrigerar... Enseguida salimos de dudas con un cantinero que nos ilustra, ¿El tacho arriba del techo del auto? ¡Cheee, costumbre cien por cien argentina! ¡Que está en venta, viejo! Es evidente que un servidor ha nacido para aprender algo nuevo cada día.
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28 jun 2017

El temerario

Nació con ansias de llegar lejos, de ser alguien y buscó en qué. Fue sincero consigo mismo, no tenía tantas luces, ni cualidades físicas o intelectuales para destacar, así que hinchó sus pulmones del mejor aire que encontró una mañana primaveral y se especializó en el vértigo. ¡Cuánta satisfacción encontró con cada una de las exclamaciones de admiración de los espectadores acongojados que asistían a sus exhibiciones en las Rocas de las Palomas! Él se lo sabía y controlaba los tiempos como nadie. Ascendía como un gato hasta más de 15 metros y esperaba. Sabía que cientos de ojos estaban clavados en él. Y se hacía esperar. Luego, alzaba una mano como señal, y se lanzaba al vacío, poniendo un nudo en la garganta a cuantos le observaban. En pocos, pero interminables segundos, emergía y con brazadas lentas se acercaba de nuevo a la roca, se ponía de pie y dejaba que le miraran, que le fotografiaran, que le admiraran. Y volvía a repetir pausadamente la operación. Era un ídolo local. Todos los días volvía a casa con un par de kilos más de ego. Merecía la pena. Era uno de los hombres más felices de Beirut. Bueno, los días de mal tiempo no tanto, que le tocaba deprimirse un poco.
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22 jun 2015

Progreso relativo

La embarcación ascendía por el río Magdalena con lentitud, dando tiempo a los pasajeros a divisar los afilados dientes de los caimanes. Patrocinio Villalta se echó al hombro su rifle y disparó al primero que se le puso a tiro. El animal se volteó y despareció en el fondo, acompañado de los aplausos de los pasajeros que celebraron la puntería del cazador. Así ocurrió durante un buen rato en el que, por pura diversión y sin ninguna protesta del pasaje, se fue sembrando el curso del río de cadáveres de reptiles.
El capitán de la nave permaneció ausente hasta que una pasajera se le acercó.
-¿No es una matanza injustificable? Esto es una barbarie de otras épocas.
-Mi abuelo contaba -le explicó- que en el Estrecho de Magallanes, la marinería disparaba por pura diversión a los fueguinos que estaban en la orilla -y le argumentó-. No me diga que no hemos progresado.
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29 ene 2014

La pistola de San Telmo

Entre las muchas ofertas de interés que encuentra el viajero hay una en la que decide aprovechar la oportunidad.
-Señor, esto es piel de capibara -explica el artesano-. Está perfectamente trabajada y usted se llevá un cinturón bárbaro.
-¿Me podría poner esta hebilla? -le propuse señalando con el dedo una de mi gusto.
-Al momento, señor.
Y ante mis ojos atónitos completó la operación casi al mismo tiempo que acababa de pronunciar la frase. Me lo probé seguido y verifiqué que tenía los agujeros adecuados para el perímetro de mi abdomen, no sin antes oir una ligera crítica de mi acompañante sobre mi tendencia a ampliar mi radio de acción en este mundo mortal.
Pero el artesano especializado en el curtido de piel de capibaras quiso ayudar un poco más al turista.
-Tenés que probar sin la pistola, señor.
Me quedé sorprendido.
-¿Cómo?
Antes de acabar la frase tuve que sonreír.
-Quédese tranquilo, es la funda de mi cámara de fotos que llevo prendida a mi viejo cinturón.
Ni se sonrió siquiera el porteño aquél. Yo creo que me estaba vacilando, por turista y por gallego. Pagué a gusto y me fui silvando por la calle Defensa escabulléndome con un dribling, estilo Messi, de una tanguista que me perseguía para robarme una foto. Quedé ligeramente resarcido en mi amor propio.

                NOTA: Este relato se incluye en Viaje austral de Juan Badaya de próxima publicación. 
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27 ene 2014

El escáner hiperactivo

Madrugada en el aeropuerto de Buenos Aires, terminal C. Toca pasar un control de seguridad para un vuelo doméstico.
Los pasajeros pasan de uno en uno depositando sus pertenencias en la cinta del escàner y luego con orden y resignación pasan por el arco de seguridad. Este no para de sonar con unos pitidos reiterados y molestos. Al otro lado dos guardias de seguridad, hombre y mujer, cachean indefectiblemente a todos los viajeros.
Lo hacen con desinterés, convencidos de que por allí no se mueve ningún malvado. Cuando llega mi turno insinúo que el arco detector debe estar estropeado o muy sensible.
-Susceptible -me corrige el empleado.
Mientras tanto la otra empleada se aproxima rauda a una señora que viaja en silla de ruedas y la cuela por un atajo sin ningún control de seguridad, salvo el preceptivo y protocolario paso del bolso de mano por la cinta de rigor.
-Nos libramos de un concierto, señor -me dice quien me cachea.
Y compartiendo bostezos nos despedimos los dos.
-Buen día.
-Buen día, señor.



NOTA: Este relato se incluye en Viaje austral de Juan Badaya de próxima publicación. 
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