Me
gusta hablar conmigo mismo, es una cosa que hago a menudo. El
procedimiento es sencillo, sale a colación un tema en mi propia
cabeza y establezco turnos de palabra silenciosos. Primero habla mi
yo espontáneo, que a veces es prudente, otras transgresor y muy a
menudo vacilante, dudoso y hasta mezquino. Luego aparecen muchos
otros interlocutores según estén por medio mis miedos o
seguridades, mi moral judeocristiana o lo que sea, mi lado
políticamente correcto, mis ganas de prevalecer, mi sentido de la
prudencia, lo oportuno y hasta la pereza de entrar en líos. A veces,
algún interlocutor se enfada y se ofende por los que dicen otros.
Entonces se me queda un interrogante en la cabeza, no duermo a gusto
y no me tranquilizo hasta despejar las dudas. En otras ocasiones me
ataca muy fuerte el sentido de la culpa por haber actuado
equivocadamente o causar un daño a terceros o a mí mismo. Son los
momentos más duros, donde muchas de las voces que resuenan en mi
cabeza dialogan a gritos y hasta con amenazas. Lo paso mal hasta que
el tiempo apacigua los ánimos. Esto es lo que me ocurre, mi cabeza
es un foro donde todo se discute en silencio. Una vez consulté con
un amigo psicólogo si eRA normal hablar con uno mismo. Me preguntó
si el diálogo interno era persistentemente negativo. No, le dije,
no. Eso es clave para tu salud, serás más congruente, está bien,
lo hacemos todos. No sé si me hizo un favor, porque desde entonces
en mi cabeza hay más gente discutiendo que en dos parlamentos
europeos o en diez tertulias políticas.
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