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21 nov 2018

Inocente y culpable


Iba de paseo por la ciudad y pasó al lado de una escuela. Se detuvo un rato observando cómo los niños y niñas se movían incansables en el patio. Un individuo desconocido le tomó del brazo y le pidió que le siguiera. Opuso resistencia, pero las manos firmes de un segundo hombre le hicieron desistir. Le introdujeron en un coche y acabó en una comisaría. Le interrogaron a conciencia y de manera desagradable. Da usted el perfil del pederasta que estamos buscando. Aquello eran palabras mayores. Dio toda la información que pedían y a media tarde le soltaron sin apenas disculpas. Comprenda, estamos buscando un delincuente. Llegó tarde a casa. Podías avisar que no venías a comer, se quejó su mujer. Lo siento, me he encontrado con un amigo, se disculpó. Y no comió. Pasó la tarde borrando archivos de su ordenador.
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18 feb 2015

Cómo convertirse en leyenda de cementerio

Aquel hombre nunca llevó bien que alguien le llevara la contraria y era famoso por la lenta digestión de sus frustraciones. Había simplificado tanto su pensamiento que convertía a cualquier persona discrepante en su enemigo y, si por él fuera, en más de una ocasión hubiera acabado retando a duelo a sus oponentes. Sus enemistades eran tan numerosas que no se hablaba con la mitad del mundo, a la otra mitad no la conocía, y era imposible averiguar la razón de tanta inquina.
-Conviertes a tus adversarios en enemigos -le había dicho uno de sus, por supuesto, odiados maestros-. Sufrirás mucho en esta vida.
Vivió siempre como un perro solitario, lejos de la manada. Bueno, más bien como un perro rabioso que daba dentelladas quien se le acercaba y que acabó encontrando la paz eterna solo en la tumba. Tumba en la que nadie se molestó en poner epitafio. El cuidador del cementerio sostiene aún que muchas noches se oyen unos extraños gemidos, ladridos o aullidos que parecen proceder de tal lugar.
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12 nov 2014

¿Dónde anida la maldad?

En una ocasión le preguntaron a un viejo maestro el porqué de la maldad humana. La cuestión era peliaguda. El anciano no se atrevió a responder. Frunció el ceño, cerró los ojos y escudriñó su interior. Al poco se colocó la mano en el pecho en un gesto mudo que no dejaba lugar a dudas sobre su opinión.
-Pero la gente vive más en la bondad que en la maldad -le replicó un discípulo-. Afortunadamente no todos somos iguales.
-No te coloques siempre en el lado bueno-. Y le aclaró-. Todos pasamos la frontera alguna vez.
-¿Por qué? -insistió el interlocutor.
-Si te cruzas con una hormiga en el camino, ¿por qué la aplastas de un pisotón? -le cuestionó directamente-. Porque no la consideras digna de compartir tu espacio vital.
-¿...?
-Pues por las mismas razones nos volvemos malvados con los demás.
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