11 mar 2026

Tremebundo final

El autor llevaba atascado un tiempo en la última escena. Había escrito un drama de época en el que había trabajado a fondo personajes y argumento. Hablaba de ambición, poder, lujuria, lealtad y demás pasiones del homo sapiens. Sus mentores le felicitaban por el trabajo y daban por seguro el éxito. Hacía tiempo que no veíamos un texto de tal nivel, comentaban. Tanto elogio y tanta expectativa acabaron en ansiedad y el autor anduvo todo el invierno como alma en pena de taberna en taberna dándole vueltas al desenlace. Esta última escena me va a matar, se quejaba. Y exactamente ahí encontró la solución. Porque en el momento cumbre del final de la función, los personajes, hartos de pasear sus penas por el escenario y al grito de dónde está el bellaco que nos atormenta y vitupera, dónde está el malandrín que nos perturba, do mora el villano escribidor, hacían subir al autor al escenario y lo ajusticiaban frente al público rebanándole el cuello con una cimitarra entre los gritos de espanto del público que, una vez percatado del engaño y viendo que el supuesto difunto se incorporaba, comenzaban a aplaudir como locos a todo el elenco de actores que saludaban sin parar al público entre gritos de bravo, bravo, bravo. Y qué decir de la notoriedad del autor. Ha sido fantástico, fascinante, irrepetible, me he consagrado, exclamaba. Sin embargo, acabó tomándose el éxito como una lección de humildad y no volvió a escribir más por no sufrir de nuevo el desprecio de unas musas tan esquivas.

NOTA: Texto presentado en el concurso de de creatividad literaria en el modalidad de cuento breve en enero de 2026. Condiciones y tema: Entre 1000/1500 caracteres, incluidos espacios, y "el color del invierno" como tema..GANADOR entre 29 finalistas.

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9 mar 2026

Incertidumbre

El abuelo se ponía muy triste con los noticiarios de la televisión y sólo se relajaba cuanto llegaba el parte meteorológico y podía encontrar un poco de lógica a este mundo. Te compadezco, menudo mundo te espera, prefiero no mirar al futuro, le comentaba a su nieto. Tranquilo, abuelo, le respondía el chaval. Ahora la historia corre mucho y mañana mismo puedes encontrarte lo que no quieres ver hoy. El anciano cerraba los ojos y dejaba escapar un suspiro.


NOTA: Texto presentado en el concurso de Creatividad literaria en enero de 2026 en modalidad de micronarrativa. Condiciones y tema: No más de 500 caracteres, incluido espacios, y "mirando hacia delante" como tema. Finalista.

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6 mar 2026

Cansada de la vida

Lo mío es pura rutina, decía. Sé qué voy a hacer cada día de la semana, cada mes, cada año. Soy como una funcionaria atada a un protocolo inalterable. El abuelo miraba por encima de las gafas y se arrancó con una idea. Hazte hortelana, nunca te aburrirás. ¿Y eso? Conocerás las plantas, sabrás de sus costumbres, manías y debilidades, aprenderás a defenderlas, les darás cariño y sufrirás con sus penas... ¿De verdad? Ya lo dijo un sabio chino, quien tiene una huerta conoce la senda de la felicidad.

NOTA: Texto presentado en el concurso El muro de escritor en enero de 2026. Condiciones y tema: No más de 500 caracteres, incluidos espacios, y "año nuevo, vida nueva" como tema. Finalista.

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El muro del escritor Año nuevo vida nueva (500)

4 mar 2026

Reproches de hermanos

Al entierro se acercó la familia y fue el momento de arreglar cuentas pendientes. Te olvidaste de tu padre y me dejaste a mí toda la responsabilidad de atenderle. Es que vivo lejos. No es excusa, te olvidaste de él. Tengo tres hijos. No vale, los cuida tu ex, ¿no? Mira, hermana, no valgo para cuidar viejos. ¿Y yo sí? Se hizo el silencio y sus miradas se posaron en el perro que hacía guardia junto al féretro. Este tiene más humanidad que tú. Y aquí se acabó la relación para siempre.

NOTA: Texto presentado en el concurso de Letras como espada en enero de 2026. Condiciones y tema: No más de 500 caracteres, espacios incluidos, y "valores humanos"como tema, FINALISTA.
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2 mar 2026

Pasaporte sellado

Crucé la frontera de aquel país irredento y encontré tres fieros soldados que me apuntaban con sus armas. Hablaban un idioma desconocido y llegué a entender que pedían dinero, les di 5 $ y casi se pegan en el reparto. Se acercó un sargento que con una miraba elocuente pidió más. La sonrisa de la niña que le acompañaba me hizo ver que con otros 5 $ bastaba. Y así cambié de país con unas palmadas amistosas en la espalda.

NOTA: Texto presentado en el concurso de Mundo Escritura en enero de 2026. Condiciones y tema: No más de 80 palabras y "por una sonrisa un cielo" como tema. Finalista
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27 feb 2026

Macabro final y vida próspera

El sargento Deria fue granadero de la Guardia del ejército imperial de Napoleón. Cuando vio en Waterloo que la derrota era inminente emprendió la huida hacia el río Loira por su cuenta y, no sin penurias, alcanzó a cruzar la frontera. Exhausto se refugió en su país, donde sufrió el desprecio de sus coetáneos por desertor y llevó una vida cercana a la indigencia convertido en vagabundo durante una buena temporada. Por azares de la vida y su vivir errante, regresó al campo de batalla en busca de fortuna y la halló, vaya que sí la halló. Estuvo unos años haciendo dinero en el saqueo de tumbas, donde coleccionaba ¡dientes! que se pagaban muy bien en la incipiente industria de la ortodoncia. Cuánta gente adinerada lució dentaduras gracias al sargento granadero de Napoleón. Cuando este negocio languideció le volvió a sonreír la suerte, la miserable suerte, pues el negocio era igual de lúgubre. Entre 1830 y 1840 se dedicó a recolectar huesos en la llanura de Waterloo, daba igual que fueran de caballos que de soldados. Todas las semanas entregaba un carro con su siniestra mercancía y así cobraba mucho más de lo que pagaba la república a las tropas desmovilizadas de aquel ejército que dominó Europa. Pagaba, por cierto, media paga. El vagabundo y adinerado Deria contribuyó así a dos negocios boyantes: Los huesos era molidos y se vendían como fertilizante para la campiña tanto inglesa como francesa y molidos también servían, se cuenta, para blanquear el azúcar de remolacha o de polvo que ayudaba a filtrar el jarabe del azúcar, nada menos, en la floreciente industria azucarera. Y pensar que yo, comentaba con una carcajada el sargento granadero Deria a sus secuaces, podía haber estado en este carro. Un soldado siempre sirve a la república, vivo o muerto, añadía orgulloso levantando el brazo y soltando una nueva carcajada más perturbadora que la anterior. Volvió a París al cabo de unos años como nuevo rico, llegó a ser nonagenario y hasta apareció de fondo en uno de los cuadros que Tolouse Lautréc hizo en el Moulin Rouge.
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