El abuelo Simón y el tío Machuca hablaban de Waterloo, la batalla que en 1815 hundió definitivamente al ejército imperial de Napoleón. Me ha llamado la atención un aspecto anecdótico y macabro de aquella batalla. ¿Has oído hablar alguna vez de Waterloo teeth? Los “dientes de Waterloo”, consultaba en su teléfono Machuca, dice el tío Google que son los dientes humanos que sirven para hacer dentaduras postizas, ¡uf, qué asco! El abuelo Simón se reía. En aquella batalla hubo unas 50.000 bajas de ambos ejércitos y los cadáveres se amontonaban en el barro de aquella llanura situada a unos 20 km. de Bruselas. Los tuvieron que enterrar en muy poco tiempo, fíjate qué trabajo. Y ¿qué pasó de verdad? Pues que aparecieron pronto los saqueadores que se llevaban todo lo que tuviera valor y para estupor tuyo, los dientes humanos eran muy apreciados. ¡Uf! ¿Qué me dices? Mira, por lo que he leído en aquella época ya se consumía azúcar de caña de las colonias americanas y las caries estaban acabando con las dentaduras de la gente adinerada, así que todos buscaban prótesis dentarias y, según se decía, las mejores eran las de dientes humanos. No me digas que les extraían los dientes a los caídos en la batalla. Eso digo exactamente. ¡Madre mía! Ya ves que los soldados servían a la patria hasta el final. Siempre han sido carne de cañón. Qué poca consideración han tenido. Siempre se les ha visto como material fungible. Y tanto. Hay una frase del propio Napoleón que lo deja claro. Mira, antes de la invasión de la península dicen que dijo que si esta guerra fuera a costarme 80.000 soldados, no la haría, pero no llegarán a 12.000. Se equivocó, murieron 250.000. ¿Se le movió algún músculo por tanta muerte? Creo que ninguno. ¡Qué horror de emperador, qué horror de guerra y de guerras! 6.000.000 de personas menos en Europa por culpa de Napoleón. ¿Y todavía hay gente que lo admira? Los dos amigos se miraron y quedaron callados.
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