25 feb 2026

El valor de un soldado de Napoleón

El abuelo Simón y el tío Machuca hablaban de Waterloo, la batalla que en 1815 hundió definitivamente al ejército imperial de Napoleón. Me ha llamado la atención un aspecto anecdótico y macabro de aquella batalla. ¿Has oído hablar alguna vez de Waterloo teeth? Los “dientes de Waterloo”, consultaba en su teléfono Machuca, dice el tío Google que son los dientes humanos que sirven para hacer dentaduras postizas, ¡uf, qué asco! El abuelo Simón se reía. En aquella batalla hubo unas 50.000 bajas de ambos ejércitos y los cadáveres se amontonaban en el barro de aquella llanura situada a unos 20 km. de Bruselas. Los tuvieron que enterrar en muy poco tiempo, fíjate qué trabajo. Y ¿qué pasó de verdad? Pues que aparecieron pronto los saqueadores que se llevaban todo lo que tuviera valor y para estupor tuyo, los dientes humanos eran muy apreciados. ¡Uf! ¿Qué me dices? Mira, por lo que he leído en aquella época ya se consumía azúcar de caña de las colonias americanas y las caries estaban acabando con las dentaduras de la gente adinerada, así que todos buscaban prótesis dentarias y, según se decía, las mejores eran las de dientes humanos. No me digas que les extraían los dientes a los caídos en la batalla. Eso digo exactamente. ¡Madre mía! Ya ves que los soldados servían a la patria hasta el final. Siempre han sido carne de cañón. Qué poca consideración han tenido. Siempre se les ha visto como material fungible. Y tanto. Hay una frase del propio Napoleón que lo deja claro. Mira, antes de la invasión de la península dicen que dijo que si esta guerra fuera a costarme 80.000 soldados, no la haría, pero no llegarán a 12.000. Se equivocó, murieron 250.000. ¿Se le movió algún músculo por tanta muerte? Creo que ninguno. ¡Qué horror de emperador, qué horror de guerra y de guerras! 6.000.000 de personas menos en Europa por culpa de Napoleón. ¿Y todavía hay gente que lo admira? Los dos amigos se miraron y quedaron callados.
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23 feb 2026

Profecía certera

Era un partido de juveniles en el que se luchaba con orgullo por la victoria. El delantero centro del equipo rival quedó caído en el suelo con claras muestras de dolor. Salieron las asistencias y pidieron la camilla. Se ha roto por lo menos el peroné, decían. El público local guardó un silencio respetuoso y no prestó atención al jugador que entró a sustituir al lesionado. Manex, un debutante en la categoría, dio la vuelta al campo ante la indiferencia de todos y entró cuando el árbitro lo autorizó. El recién incorporado dio dos carreras sin resultado y en la tercera hizo el gol del empate. El público empezó a preocuparse. Más cuando en la cuarta carrera acompañando a un defensa trotón y sin desparpajo, lo dejó sentado e hizo el gol de la victoria. Y ahí empezaron los problemas. Cuando el árbitro pitó el final tuvo que salir a la carrera para refugiarse en el vestuario. No sabía que se insultaba con tanta saña en este campo, se quejó. ¡Uy, chaval! Me parece que eres tan bueno que te esperan muchas jornadas peores, le consoló el entrenador. Manex se encogió de hombros.
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20 feb 2026

Los tiempos cambian, afortunadamente

Los dos veteranos amigos caminaban hacia el árbol de las confidencias en animada conversación. El Abuelo Simón estaba especialmente activo. ¿Tú que hacías el 19 de abril de 1967? ¡Jo, qué sé! Pues creo que estaba haciendo el bachillerato. ¿Te imaginas que te hubiera contado tu profesor de historia que ese día una mujer estaba corriendo el maratón de Boston? Oye, así de repente, no sé, pero entonces las mujeres apenas salían del espacio doméstico y menos a practicar deportes. Pero ¿te hubiera parecido bien o mal? Seguro que mal. Teníamos asumido que eso y muchas más cosas no eran propias de la mujer. ¿Sabes qué te digo, Machuca? Que éramos hijos de nuestro tiempo, sí, pero unos machistas redomados. Nos parecía imposible que las mujeres trabajaran fuera de casa, que llevaran pantalones, que estudiaran carreras, que condujeran autobuses, que firmaran contratos sin la anuencia del marido, que fumaran, que... Simón, menos mal que hemos evolucionado a mejor. Me da miedo mirar al pasado. Es que somos muy mayores y hemos conocido la época del horror. Así vivimos mejor, es más equitativo, los roles se discuten y cambian. Eso está mejor, por justicia. ¿Y todo esto a qué viene? Es que ayer leí el caso de la mujer que desafió a los organizadores del maratón de Boston. Se coló con nombre masculino y lo corrió entero, demostrando que la mujer sí podía hacerlo. El tío Machuca ya miraba en su celular. Kathrine Switzer se llamaba. Dicen que, en mitad de la prueba, fue detectada por el director del evento (Jock Semple), que intentó arrancarle el dorsal. Pero que su entrenador y el novio que la acompañaban le hicieron un placaje y lo evitaron. Y señala que tuvo una repercusión mediática tremenda. Mira la foto. Viva Kathrine, gritó el uno. Switzer, añadió el otro.
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18 feb 2026

La importancia de un fracaso

Los amigos hablábamos en la taberna de los problemas mentales de los deportistas de élite. No hace falta ir tan lejos para comprenderlo, intervino Manu. Os cuento lo que me pasó a mí con 15 años y lo entenderéis enseguida. Habla, habla, le pedimos. Estábamos jugando el campeonato escolar de pala corta en el frontón de los jesuitas, ¿os acordáis? Sí, le dijimos. Era la semifinal del campeonato provincial y yo prometía. Nunca había jugado con tanto público. Recuerdo que en los primeros tantos lo hice bien y tenía controlado a mi contrincante que, en un resto en semifallo, me dejó la pelota cerca del frontis y yo solo tenía que dar un pelotazo largo al que él no podía llegar. Preparé el brazo, cerré los ojos dispuesto a arrear un palazo memorable y oí a un espectador que estaba a pocos metros decir un “a que no le da”. Joder, acertó de pleno, porque golpeé al aire y perdí un tanto hecho. Aquello me desmoralizó y ya no di una a derechas. ¿Veis? Aquella frase cruel hundió a un adolescente inseguro que perdió toda la confianza en sí mismo, tanto que salió convencido de que nunca llegaría lejos en nada. Bueno, bueno, me consolaban los amigos, que no te ha ido tan mal en la vida. Pues no sabéis la de veces que me acuerdo de aquello en los momentos de crisis, aquello me dejó tocado. Bueno, bueno, no nos des pena, me seguían consolando. Tú lo que quieres que te invitemos al trago. Sonreí. Y para mis adentros me dije bien claro que, si no fuera por los amigos, nunca me habría repuesto, en serio.
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16 feb 2026

Cuando empieza la vulnerabilidad

Me cuenta doña Mercedes que su amiga se ha quedado sola, que enviudó en otoño. Que le está costando hacerse a la nueva vida, que se desorienta, que, vamos, que necesita compañía. Pero, le digo yo, ¿no es una mujer con autonomía suficiente para desenvolverse en casa y en la calle? Sí, eso pensábamos, pero mira lo que pasó ayer. Era la mañana de Navidad y yo salí pronto a pasear al perro. Me la encontré en la calle. Que voy a la carnicería, me dijo. Pero, por todos los santos, le repliqué, si todo está cerrado, que hoy es Navidad. Ah, ¿sí? ¿No me digas, le pregunté, que esta noche la has pasado como si fuera un día normal? Pues claro, en casa tranquila, viendo la televisión... No insistí, pero me percaté de la cruda realidad: Soledad y desorientación son sus acompañantes. Y qué es lo que puedes hacer, le pregunté yo. Pues tomar un café todas las tardes con ella y las demás amigas. Espero que no nos contagie, añadió. Sonreí, acaricié al perro y le di dos besos a mi amiga de siempre.
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13 feb 2026

El cuento de Valentín de Roma

Cuentan que en el año 269 d.C. el emperador Claudio II ordenó decapitar a un médico romano que se había hecho sacerdote cristiano y que casaba a los soldados de la legión romana. Esto, que le parecía al emperador una incompatibilidad inaceptable, fue suficiente para que lo convirtieran en mártir y, por ende, santo. Se llamaba Valentín. Y cuentan también que el papa Gelasio I en el año 494 instauró en el calendario litúrgico cristiano la festividad de San Valentín, como se ve, dos siglos más tarde de su muerte, por lo que se supone que hay más de leyenda que de historia contrastada. Tal es así que en 1969 el Concilio Vaticano II lo retiró del santoral, aunque a San Valentín no hay forma de que la gente lo olvide. Este es el cuento, que no un cuento en sentido canónico, y que contrasta con otra leyenda que, dicen, puede estar en el origen de esta fiesta que acabó sacralizándose: Parece que el 14 de febrero es el momento en el que los pájaros inician sus trinos y ritos de emparejamiento. Quizás esto explique mejor la fecha y las ganas de jolgorio entre los enamorados. Es más bonito, ¿no?
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