Los Schmitt llegaron a aquel país a finales del S. XIX en un vapor que los tuvo encerrados en un camarote de tercera clase casi tres semanas. Al llegar al continente alquilaron una habitación y encontraron trabajo, ella limpiando escaleras y él repartiendo sacos de carbón en la ciudad. Su vida fue precaria durante demasiado tiempo y decidieron viajar al medio oeste con los pocos ahorros que habían conseguido. Se detuvieron en un pueblo recién fundado en Kansas y buscaron la forma de montar una granja familiar en tierras “gratuitas” que el gobierno ofrecía. Fueron años de esfuerzo en los que tuvieron de todo, penurias y desprecio por ser pobres y alguna buena racha que al final dieron algún fruto: Una exigua manada de vacas, una yeguada testimonial, unos cerdos sueltos, gallinas, tres perros que defendían la hacienda, una carreta que servía para todo, una casa de madera que aumentaba de volumen según nacían los hijos, un pozo, una huerta, un bosque donde recoger leña y un camino que los unía con la iglesia y el pueblo cercano. Cuando fallecieron, sus cuerpos descansaron de verdad en una colina cercana, con una cruz y sus nombres escritos a fuego en un trozo de madera. Allí han vivido sus descendientes hasta hoy, por lo menos seis generaciones más, que no recuerdan quién llevó a aquellas tierras el apellido Smith, ahora así se llaman, ni qué triste historia vivieron. Se consideran ciudadanos nativos, creme de la creme, y desprecian, y hasta despotrican de los emigrantes que llegan al país a iniciar una nueva vida. Por supuesto, en las elecciones votan a quien prometa expulsar a todos ellos, porque con su presencia el país empeora, los sueldos bajan, el trabajo escasea y la inseguridad aumenta, eso dicen. En fin, si aquellos pioneros que están enterrados en la colina cercana levantaran la cabeza, seguro que pensarían que este S.XXI mal arreglo tiene. Y hasta los tres perros de la casa primigenia, enterrados también en la colina, ladrarían harto para mostrar su disconformidad.
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