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Juan Badaya, domador de dinosaurios
Es cierto que detrás de cada ser humano se esconde una historia, pero no es menos cierto que a cada persona le acompañan otras muchas más historias, tantas cuantas dinosaurios encuentra en cada despertar...
2 sept 2026
Historia olvidada
Revisando el viejo desván de la casa familiar encontré una rueca apolillada. De primeras no supe qué era, me lo aclaró un vecino ya mayor. Antaño, dijo, en todas las casas se trabajaba la lana. Primero se esquilaban las ovejas, se lavaba y secaba el vellón. Luego, una vez seco, se cardaba y salían hebras que se convertían en hilo con ayuda del huso o la rueca. Así se fabricaban las madejas que servían para hacer ropa. Eran trabajos duros, sí. ¿Lo hacían las mujeres? ¿Quién va a ser si no? Nosotros somos unos inútiles.
31 ago 2026
Árbol familiar
Cuando era niño vi cómo se secaba un cerezo que los abuelos tenían en la entrada de la casa de pescadores donde vivían. Ocupaba un hueco pegado al tejado y servía de garaje para la camioneta. A todos nos dio mucha pena y nos despedimos de él como si fuera uno más de la familia. Cuando volvimos en navidades nos llevamos una sorpresa. Allí seguía el tronco seco y sus ramas limpias pintadas de esos colores que los pescadores dan a sus embarcaciones, un rojo escarlata que nos enamoró. La abuela colgaba la ropa a secar bajo su inexistente sombra y ya se convirtió de nuevo en uno más. Pasó el tiempo, murieron los abuelos, heredamos la casa y hoy es el día que el propietario soy yo, que sigo admirando al difunto cerezo como un miembro imprescindible en la familia y una referencia fotográfica para todos los paseantes del nuevo paseo marítimo del pueblo. Yo golpeo su tronco con los nudillos y compruebo que sigue vigoroso y con ganas de no morirse del todo. Para más sorpresas, la municipalidad me ha pedido permiso para colgar adornos navideños para fin de año, ya que es muy vistoso y gustará a los convecinos. Yo les he dicho que sí, siempre que sea compatible con el contrato de explotación que estoy a punto de firmar con un megaempresario que manda cohetes al espacio y que lo quiere utilizar como imagen de marca. Se han quedado boquiabiertos. Yo me he muerto de risa y les he avisado. Es broma, pero no lo descarto, eso puede ocurrir. Cómo se reirían mis abuelos si vieran lo querido que es nuestro cerezo, ja, ja, ja.
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28 ago 2026
Precursor olvidado
Cuentan que Noé atracó su arca flotante sin quererlo, dado que las aguas descendieron y no le quedó más remedio. Allí soltó a todos sus animales y se repartieron por el mundo dejando al bueno de Noé sin ocupación. Total, que no le quedó más remedio que cultivar la tierra que era la posibilidad laboral más a mano que tenía. Y metido en estas lides, aprendió a hacer zumo de uva, con el que se deleitaba él y, por supuesto, toda la familia. Pero ¿qué pasó un día? Pues que tuvo excedente de producción y dejó olvidada una tinaja con el jugoso líquido. Y pasó algo que no sabía. Ocurrió que tras dos semanas el zumo fermentó, se posaron en el fondo los pellejos y otras impurezas y quedó un líquido claro y de color rojo profundo que se dejaba beber más que bien, tanto que se emborrachó quedándose profundamente dormido y, lo que es peor, desnudo. Algo que avergonzó a todos los hijos, menos a uno que fue con el cuento y la mofa por ahí y resultó ser el malo de la historia. No sigo con el resto del relato bíblico, que me quiero centrar en el ninguneo de este buen hombre. Hay que reconocer que Noé descubrió el vino, algo que la humanidad ha sabido agradecer, aun no sabiendo quién fue el autor. Va por él.
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26 ago 2026
Estupefacto
Concertó una cita, bien cara, por cierto, con un adivino que le asó a preguntas. Que si usted cómo se llama, que dónde trabaja, qué ingresos tiene, cómo va de salud, si piensa hacer un viaje, cómo es su núcleo familiar, que... Aquel interrogatorio le llevó a dudar al cliente de las dotes de adivino de aquel señor tan preguntón. Y más cuando se percató de que no paraba de teclear en su portátil, tanto que no se cortó a la hora de preguntarle. ¿No estará usted consultando a la IA? ¿Usted también es adivino? Lo ha clavado.
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24 ago 2026
La Perejila
Así se llama la vendedora del puesto de legumbres de la plaza de San Fernando. Es el nombre que ha heredado de su madre, su abuela y de no se sabe cuántas antepasadas. Su puesto se compone de una silla donde asienta sus posaderas, unos sacos siempre abiertos donde muestra su mercancía y una lona que, atada por un lado a las cartolas de un carro y por el frente a una farola de la calle, protege a la mercancía y a ella del sol y de la lluvia ocasional. Tiene una lengua muy suelta y una cabeza ocurrente, por lo que no faltan curiosos y compradores en el puesto. Ayer, por ejemplo, me acerqué allí y vi cómo separaba los garbanzos negros de un saco y se los tiraba al burro que tenía detrás ramoneando en un arbusto. Un paisano no pudo resistir la curiosidad. Perejila, falta le hacen al pollino, que lo tienes muy flaco. Bien listo que se ha vuelto, respondió. Pocos garbanzos te dieron de pequeño, ahora te vendría bien a ti para mejorar tu inteligencia, que tu familia... Para, para, se defendió el aludido. Dame un kg. Las risas acompañaron la venta, pero todos acabamos comprando algo ante la amenaza de La Perejila. El que no me compre garbanzos se queda tonto para toda la vida, si no, fíjense en el burro. Todos miramos al asno y, oh sorpresa, vimos que llevaba puestas unas gafas que parecían, por lo menos, graduadas. De verdad, parecía un CEO.
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21 ago 2026
Rodeado de sospechosos
Viajaba en el tren en un trayecto largo de esos que dan para charlar con otros pasajeros, mirar el paisaje, tomarse un tentempié e incluso dormir. Dormir, eso es lo que me pasó. Cerré los ojos y no sé el tiempo que estuve totalmente perdido en los brazos de Morfeo. Al despertar vi que algunos me estaban imitando, otros seguían en vela impasibles. De pronto me entró una angustia al comprobar que no tenía el móvil. Registré mis bolsillos, miré en el suelo, en mi asiento y no lo hallé. Me lo han robado, pensé. Escruté la cara de todos y todos se convirtieron en sospechosos, en todos vi indicios de la autoría, a todos odié y temí, de todos hice hipótesis que les incriminaban. Al poco noté un sonido suave y familiar que siguió in crescendo. El corazón me dio un vuelco y la sensación de alivio ocupó mi mente. Palpé uno de los bolsillos de mi chaqueta que no había revisado antes y allí, efectivamente allí, estaba el causante de mi zozobra. Otra sensación empezó a dominarme. Me sentí un miserable.
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