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6 nov 2020

Sentido del juicio

Señora, ¿cuando el acusado le dijo que la quería, usted entendió que la amaba? Sí, señoría. Y cuando quería macarrones, ¿usted entendía que amaba los macarrones? No, señoría. Pues sepa que a usted la quería como a los macarrones, no más.

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6 sept 2019

Justicia de otros tiempos

Un hombre fue ahorcado por sus paisanos un primero de agosto de 1921. Ya era la tercera vez en los últimos 10 años que en el pueblo se quemaban todas las cosechas de cereal, justo antes de su recolección. Todas no, salvo las del difunto. En consecuencia, él era el único que disponía de grano en el pueblo y obtenía gran provecho de ello. Los vecinos murmuraban de él y no pudieron aguantar su fustración la noche del último incendio. Fueron directamente a su casa, lo sacaron a rastras y lo colgaron en los soportales de la plaza del pueblo. Cuentan que ya no hubo más incendios, quién sabe si por haber acertado con el culpable o por el miedo que le entró al verdadero autor de aquellas desgracias. Eso nadie lo sabe aún.
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26 oct 2018

Justicia celebrada

Subido en la bicicleta cruzaba el paseo de la playa sorteando viandantes, perros, manteros, mobiliario urbano... La verdad es que era un poco temerario y algunas personas le recriminaban su imprudencia. Todo acabó en una isleta que no llegó a divisar a tiempo. Lo sacaron con sumo cuidado de encima de un cactus que había cedido por la fuerza la mitad de las espinas. Un jubilado cascarrabias no dejó de celebrar el incidente. Te lo mereces, por gilipollas, le decía. Su esposa iba más lejos. ¿Ves? Dios te castiga, a ver si aprendes. Un mendigo le quería pegar. Y la policía lo defendió hasta que un sanitario acabó de extraer espinas de la piel y la ropa. El ciclista, con los ojos cerrados y entre quejidos, aceptaba resignado todo lo que le decían. A fin de cuentas, era culpable, convicto y confeso, con un veredicto unánime e inapenable, dictado por un jurado popular. Pocos casos de justicia pueden concitar tanta unanimidad en este país. Como para protestar estaba él.
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19 sept 2018

Conciencia

El señor Bergés se llevó una sorpresa el día que se le acercó un cliente conocido a la ventanilla del banco. Quiero retirar todo mi dinero, le dijo. El empleado comprobó en el ordenador que se trataba de una cantidad considerable, muy importante, e inició una estrategia de persuasión para que el cliente no lo hiciera. Que si dónde lo lleva, que si ellos le podrían ofrecer mejor rentabilidad, que si podrían igualar e, incluso, mejorar las ventajas ofrecidas, que si... El cliente conocido le cortó por lo sano. Mire, le dijo sin reservas, llevo mis ahorros a la banca ética, que quiero que mi dinero sirva para causas más justas que las de este banco. El bueno del señor Bergés le miró a los ojos y no tuvo más remedio que admitirlo. Eso, confesó, es algo que nosotros no podemos igualar. Y así se zanjó el asunto.
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22 may 2017

En un juicio

Había mucha expectación en el juicio que enfrentaba al secretario del ayuntamiento y al borracho más famoso del pueblo. La sala estaba a rebosar. Y el juez fue puntual. A ver, que se adelante el testigo, pidió. Un hombre cincuentón se incorporó y avanzó hacia el estrado deteniéndose ante el gesto de un ordenanza. Y se inició un breve interrogatorio. Diga su nombre. Moisés del Cesto. ¿Dónde estaba el día de los hechos? En el campo, escardando patatas. Presenció usted cómo el burro de Manolo Faroles, alias Fistulines, se comió toda la plantación de alubias de la huerta del secretario de este ayuntamiento? Todas, todas, no sé, pero... Risas contenidas en la sala. ¿Lo presenció, sí o no? Sí, sí, asintió meneando la cabeza de arriba hacia abajo. Brotaron más murmullos entre los asistentes que incomodaron a la autoridad, a la vista del martillazo que soltó en la mesa. ¿Y por qué no lo espantó usted mismo? Lo vi cuando ya era tarde, y porque rebuznó, que si no... Las risas del público dejaron a las claras que pocos simpatizaban con el secretario. Silencio o desalojo la sala, amenazó el juez para acallar el jolgorio. El togado paseó la mirada por la sala y, mirando a los presentes, preguntó solemne. ¿La defensa tiene algo que objetar sobre este testigo? Y una voz poco disciplinada se dejó oír en la sala, era Manolo Faroles, alias Fistulines, que quería dar un empujón al caso a su manera. ¡Moisés del Cesto es un modelo! Cállese, que no es su turno, gritó el juez que a duras penas consiguió atajar las risas y los aplausos. El secretario ya se dio por vencido, en mala hora se le había ocurrido plantearlo, pensó. El juez cerró la sesión y emplazó a las partes a escuchar la sentencia en el plazo de una hora. Al final, la compensación económica que dictó no satisfizo ni a unos ni a otros. Fistulines aumentó su popularidad, la del secretario disminuyó y el que quedó marcado para toda la vida fue Moisés del Cesto que, desde aquel día recibió el apodo que aún sus descendientes llevamos: "El modelo".
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27 mar 2015

De armas tomar

Hubo disturbios en la ciudad. Una multitud de jóvenes airados se enfrentó a la policía que no dudó en atizar de lo lindo a todo el que no se alejara del lugar. A consecuencia de ello murió una joven. La consternación fue general y el duelo inmenso. Al año, sin cerrar aún las heridas, se abrió el juicio para delimitar responsabilidades y buscar culpables. Comparecieron varios policías como inculpados. Una testigo que presenció los hechos desde su ventana, una anciana de manos rugosas y carácter recio, relató lo sucedido ante sus ojos y mostró los métodos poco ortodoxos de los agentes de seguridad.
-Pero usted es vecina del agente nº 91 que resultó herido en el enfrentamiento -señaló el fiscal del juicio.
-Sí, ¿le ha contado por qué resultó herido en la cabeza? -preguntó la anciana.
-Las preguntas las hago yo -le advirtió el funcionario judicial que añadió-. Fue herido por un manifestante.
La anciana sonrió conprensivamente al agente que se encontraba entre los acusados con serias posibilidades de quedar imputado.
-Algo haría -dejó caer la anciana que, con toda la parsimonia del mundo y con ayuda de un funcionario, abandonó el estrado y se retiró sin más. Mientras, el policía aludido, temeroso de recibir una fuerte pena por la brutalidad empleada el día de los hechos, no podía olvidar el momento en el que se cruzó con la anciana en la escalera aquella noche y el tremendo bastonazo que inesperadamente recibió en la cabeza.
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6 feb 2015

Historia de un perdedor con sentido común

En un lugar austral ocurrió un hecho memorable que mostró las duras condiciones de vida de los pioneros. Sucedió que un colono que se dirigía hacia el sur fue asaltado por unos malhechores a poca distancia de un pueblo, dejándole la carreta vacía y sin pertenencias. Desconsolado acudió a la población a pedir ayuda o buscar consuelo, con tan buena suerte que topó con los ladrones a la entrada del lugar y pudo recuperar, gracias a su arrojo y decisión, todos sus bienes. Penetró feliz en el pueblo y su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró esperándole al intendente y a los tres maleantes que le acusaban de robo. Por más que explicó lo sucedido no obtuvo ninguna credibilidad.
-Debe devolver a estos individuos el botín -le conminaba la autoridad-. De no ser así, no habrá paz por mucho tiempo.
El recién llegado maldijo su suerte, maldijo a las gentes del lugar, se ciscó en la catadura del intendente, se ciscó en los cínicos maleantes y dio gracias al cielo por conservar la vida.
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29 ago 2013

Impunidad perdida

Un hombre de sienes plateadas y andares cansinos se acercó a su superior y esperó sumiso sus palabras. Se hallaba en la sala capitular a solas con su obispo.
-Padre Rebollo, usted ha cometido pecados horribles que mancillan su ministerio y ofenden a nuestro Señor -argumentó el obispo.
-Dios es misericordioso -se atrevió a argumentar el acusado.
-No lo dude, Dios puede perdonar todas las debilidades humanas si hay verdadero arrepentimiento, pero usted debe rendir cuentas ante los hombres.
-Yo siempre he amado a todas las criaturas del Señor.
-Su amor ha sido más carnal que espiritual, padre Rebollo. Rinda cuentas por sus pecados. ¡Que Dios tenga misericordia de usted!
-¿Lo que el Señor juzga y perdona deben juzgarlo los hombres?
En el exterior sonó un claxon atronador y una voz rasgó los aires.
-¡Abran la puerta, policía judicial!
-Sí -respondió el obispo -. Desde hoy, sí.
El furgón policial que le esperaba en la calle tenía ya la puerta abierta.

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15 jun 2013

La justicia en tres cuentos

Erase una vez un señor náufrago, de nombre Robinson Crusoe, que salió de su escondite en la playa disparando salvas de pólvora para ahuyentar a los caníbales que querían convertir en mojama al bueno de Viernes. Evitó una injusticia. 
Erase la misma vez y al mismo tiempo, que unos fieros miembros del clan caníbal traían un preso en la canoa, un reo probablemente, que pensaban ajusticiar y zamparse cumpliendo sus leyes conforme a lo previsto en su tribu. No pudieron llevar a cabo la sentencia.
Y érase otra vez en que este texto llegó a las manos de un lector inteligente que se quedó estupefacto ante dos formas tan opuestas de entender la justicia. Y que, sin duda, se pregunta si hay un proceder justo en este mundo terrenal.
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