Cuando
se enteró el Dios de la Ira de que sus dolores de gota se debían a
un problema hereditario, blasfemó con ganas ciscándose en todos sus
ancestros. Su primo hermano, el Dios de la Mansedumbre le reprendió.
Deja en paz a los mayores, no les soliviantes que pueden enojarse.
Fue inútil, porque allí mismo estalló un rayo repentino que casi
acierta en la cresta del protestón. Este inclinó la cabeza dando
por aceptada la autoridad de su tío paterno, el Dios del Ego, que se
calmó y dejó pasar el asunto gracias a la mediación del Dios del
Arrepentimiento. El artrítico buscó apoyo en el Dios de los
Consuelos y sobrellevó las penas como pudo, sin que el Dios de la
Salud, su abuelo materno, pudiera sanarle con alguna de sus pócimas,
ya que estaba muy ocupado en atender a la humanidad. No obstante,
trató de pedir explicaciones al Dios de la Creación, su
tatarabuelo, pero acabó desesperado, porque entró en lista de
espera y, por más que el Dios de la Paciencia trató de calmarlo, no
encontró reposo. Al final, confuso y fustrado, se refugió en el
regazo del Dios de la Indiferencia, su hermano pasota, que le
recomendó abstraerse de la inflamación en las articulaciones de su
pie izquierdo y hacer lo que han hecho siempre las autoridades
divinas, olvidarse de los mortales y, ¿por que no?, también de los
inmortales. Ya ves, le argumentó, si no lo aceptas, sufrirás más,
que vivir en el Olimpo es mazo estresante.
_____ o _____