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15 jul 2019

Un voyeur en el El Olimpo de los Dioses

Cuando se enteró el Dios de la Ira de que sus dolores de gota se debían a un problema hereditario, blasfemó con ganas ciscándose en todos sus ancestros. Su primo hermano, el Dios de la Mansedumbre le reprendió. Deja en paz a los mayores, no les soliviantes que pueden enojarse. Fue inútil, porque allí mismo estalló un rayo repentino que casi acierta en la cresta del protestón. Este inclinó la cabeza dando por aceptada la autoridad de su tío paterno, el Dios del Ego, que se calmó y dejó pasar el asunto gracias a la mediación del Dios del Arrepentimiento. El artrítico buscó apoyo en el Dios de los Consuelos y sobrellevó las penas como pudo, sin que el Dios de la Salud, su abuelo materno, pudiera sanarle con alguna de sus pócimas, ya que estaba muy ocupado en atender a la humanidad. No obstante, trató de pedir explicaciones al Dios de la Creación, su tatarabuelo, pero acabó desesperado, porque entró en lista de espera y, por más que el Dios de la Paciencia trató de calmarlo, no encontró reposo. Al final, confuso y fustrado, se refugió en el regazo del Dios de la Indiferencia, su hermano pasota, que le recomendó abstraerse de la inflamación en las articulaciones de su pie izquierdo y hacer lo que han hecho siempre las autoridades divinas, olvidarse de los mortales y, ¿por que no?, también de los inmortales. Ya ves, le argumentó, si no lo aceptas, sufrirás más, que vivir en el Olimpo es mazo estresante. 
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