Ayer me
vino a la tienda una mujer azul. La miré atentamente y tuve que
aceptar la evidencia, pues de ese tono era su piel. Ella se percató
de mi curiosidad. ¿Tú eres blanco? Que sí, dije. Mírate bien, no
tienes el color de la sal ni de la nieve. Eres sonrosadito, tirando a
color ajo en el culo. ¿Cómo? Es que ahí no te da el sol, dijo
riéndose. Eso de que hay blancos, negros, cobrizos y amarillos no
sirve, eso son estereotipos sin fondo científico. Y yo no soy una
excepción, concluyó. Me puse en guardia y acerté a decir que,
bueno, que así lo estudié yo en la escuela. Yo no entiendo mucho,
me disculpé, la verdad es que yo soy fabricante de sàbanas de
algodón. Me taladró con la mirada y me temí lo peor. Teñís las
sábanas de colores, ¿verdad? Claro. Entonces ya sabes por qué soy
azul.
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