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4 ago 2017

Placeres mundanos en un convento

La primera vez que Fray Bartolomé vio un hombre desnudo se llevó un susto de muerte, se tapó los ojos con la mano izquierda e imploró a voces la ayuda de Santo Tomás para que lo librara de caer en pecado. Y el mentado Santo Tomás de Aquino, que había recibido el don divino de ser inmune a las tentaciones de la carne, parece que se hizo el sordo, porque la escena no varió un ápice. Al abrir un ojo y mirar entre los dedos, Fray Bartolomé vio de nuevo al hombre desnudo y provocador que también se tapaba la cara para no ser reconocido. Vade retro Satanás, vociferó el fraile, santiguándose compulsivamente con la mano que usaba para salvar el pudor. Pero en aquel preciso instante captó un aire familiar en la escena que le desconcertó. El provocador de enfrente tenía colgado al cuello un escapulario de la Virgen del Carmen, ¡como él! Y un cilicio en el muslo, ¡como él! Y una barriga considerable, ¡como él! Y aquí surgieron las dudas. Abrió los ojos dispuesto a encontrar alguna diferencia y comprobó que aquel demonio desnudo era su alma gemela. Observó con tanta curiosidad que pronto se convenció de que aquella prolongada mirada era un pecado gravísimo en toda regla. Y se acongojó. Huyó del baño como pudo, colocándose el hábito de mala manera, y acudió a la capilla a confesarse. Le recibió Fray Giuliano de Savonna que escuchó pacientemente lo sucedido. Éste aprovechó la confesión para entrar en detalles. No era cuestión de desperdiciar aquella ocasión de salir del tedio de la vida conventual. Finalmente le reconvino. Fray Bartolomé, ¿es ésta la primera vez que viene a Roma? Si, hermano. ¿Sabe lo que es un espejo? El fraile encogió los hombros. Que sepa, hermano, que el espejo recoge y refleja su imagen, usted mismo es el que ha visto. ¡Oh, Virgen Santa! ¡Que sepa que lo que hacía el hombre desnudo ante sus ojos era lo que hacía usted, hermano! ¿Que yo hacía...? ¡Dios perdone mis pecados! Y que sepa que nos lo ha colocado el Abad para facilitar el aseo, no más. ¡Prometo no volver a... Me arrepiento! De penitencia, deberá acudir de ahora en adelante a los baños con el cilicio oprimiendo su muslo al máximo. Sí, Fray Giuliano, que Dios lo bendiga. Y fue así como nuestro fraile salió del apuro y purificó su alma. No así el confesor, que durante varios días tuvo remordimientos por refocilarse en el relato del inocente Fray Bartolomé.
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30 jun 2017

Motero de oídas

Cada vez que la familia se desplazaba en coche y se ponían a la par de una Harley Davidson en ruta o en un semáforo, el Sr. Rodero hacía cumplir el siguiente ritual. Se apagaba la música, se guardaba silencio y se bajaba la ventanilla, con todos los viajeros expectantes por oír el zumbido del motor, por sentir el primer y el segundo acelerón hasta que el sonido de la motocicleta se perdía en la lejanía. Muchas veces aplaudían. A tanto llegaba la veneración del Sr. Rodero, y por extensión de su familia, que hoy es el día que él mismo cuenta cuál fue el mejor regalo que ha recibido en su vida. Fue idea de su hija adolescente que no tuvo mejor ocurrencia que colocar como alarma-despertador del móvil de su progenitor, la melodía de sus sueños. Desde entonces, el motero enamorado se despierta con el zumbido de una Harley Davidson, con un primer y segundo acelerón potentes, varios más pausados, un ralenty que es pura música celestial, una aceleración larga y sostenida y un runrún regular que acaba perdiéndose a lo lejos. Él dice que inicia el día cargado de energía. A veces su mujer, también animada, completa el despertar del Sr. Rodero aplaudiendo. Un rito.
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16 jun 2017

Sumiller o sommelier

Por beber una copa de vino perdí mi empleo. No piensen que que fue por ingerir alcohol en horas de trabajo, acaso por quebrantar una norma, ni siquiera por dejar mermadas mis facultades mentales o físicas. No. Simplemente fue porque yo, un becario animoso e ingenuo, hice montar en cólera al jefe. Y me explico. Todo empezó con la cata de vinos que organizamos en el restaurante con los mejores expertos de la zona. Se estudiaron a fondo una docena de vinos y uno de ellos resultó ganador al lograr la mayor puntuación y la unanimidad en los elogios. Era, eso lo supe después, un Conde de Luna. Me pasaron una copa y yo me la trasegué de golpe, sin respirar. El jefe se enervó y me llamó animal. ¿Tú sumiller? ¡Y una mierda! Tú has nacido para beber agua. Y me echó. Luego me explicaron que aquel vino era digno de mejor final, que precisamente acababa de pasar una examen donde analizaron sus cualidades visuales (nitidez, intensidad, color, lágrimas y burbujas), su toque olfativo (según los aromas que despedía en reposo y después de agitarlo para precisar su “bouquet”), y sus cualidades gustativas (tras empapar la lengua para saber su equilibrio entre dulce, ácido y amargo, medir su astringencia o textura, medir, en última instancia, las sensaciones en la boca, si eran de corta o larga duración). En fin, que me di cuenta que había toda una cátedra detrás de una copa de vino. Y yo, tonto de mí, llegué a la cata pensando únicamente en si se escribía sumiller o sommelier.
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