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19 jun 2020

De cuando entramos en la adolescencia

Al abuelo Simón le rondaban en la cabeza algunos recuerdos de antaño. ¡Ay! Mis ojos catorceañeros se quedaron prendidos de aquella imagen de una chica que trataba de sujetar su vestido levantado indiscretamente por una ráfaga de aire de un respiradero del metro de Nueva York. El tío Machuca se temió lo peor. ¿Qué me vas a contar? Me gustó su rostro, prosiguió, su tramposo recato y las ganas de vivir que se descubrían en su cara. Luego me enteré de que se llamaba Marilyn Monroe. No te jode, a todos nos gustó la foto aquella, aunque los medios no se prodigaron mucho, replicaba su amigo. Sí, pero allí mismo, debo reconocerlo, me inicié en la ciencia de la filosofía. Cuenta, cuenta. Sí, hasta entonces yo pensaba que la vida era un tránsito por este mundo en el que había que ganarse el cielo, que debería luchar siempre contra el pecado y las tentaciones de la carne, que debía vivir mi vida como un cartujo para ganarme el cielo, que... Para, para, confiesas que ibas para asceta. Ella me abrió los ojos y supe que la vida era para gozar. Osea, que tu conversión al paganismo se debe a Marilyn Monroe. Sí, más o menos.
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6 may 2020

Respuesta a pregunta trascendente



Tenía una pena que le doblaba el alma. Apenas se levantaba al amanecer, se le nublaba el horizonte y se le confundían los ánimos. No eran penas de amor, ni siquiera penurias de la vida. Eran cosas de filosofía, pensamientos profundos sobre el porqué de su vida, de su existencia, de su finitud. Quiso ser dios y se quedó en eso, en una hoja caída que movía el viento de acá para allá sin rumbo fijo. Soy una mota de polvo en la inmensidad del universo, se decía, a nadie intereso, nadie me pedirá explicaciones. ¿Por qué he de hacerlo yo? Y se calmó.
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