Cuando
al infante Alvaro de Castroviejo le subió la testosterona, por cosas
de la edad, se volvió un tanto montaraz, como si fuera un potro que
olisqueaba a las hembras en celo. Su avispada madre se percató del
nuevo interés que rondaba en la cabeza de su hijo adolescente y
encaró el problema con valentía. Caballero medieval, le saludó,
¿es usted capaz de respetar a las damas y llevar adelante sus deseos
sin ensalivar como un tonto? El futuro conde de Castroviejo, sabiendo
que aquella conversación era más propia de intelectuales que de los
mozos de cuadra, se puso en guardia. Yo, es que, no... Cállate, se
te van los ojos detrás de las criadas. Refrénate y haz como hacía
tu padre. ¿Qué hizo papá? ¡Pedir permiso! ¡Que ni se te ocurra
forzar a nadie! ¡Te convierto en eunuco! No hicieron falta más
argumentos. A pesar de todo, y llevado por la curiosidad, no se
arredró el infante. Y vos, que sois viuda, ¿cómo hacéis? Me
aguanto, o... O ¿qué? Pido permiso, ¡cáspita! El mayordomo sonrió
con suficiencia. El futuro conde de Castroviejo entendió. Buena
lección.
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