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1 jul 2019

Dios en las alturas

Aquel 16 de junio de 1919 el mundo se le cayó encima a Juan Ernesto de la Cruz. Literalmente, sin avisar. Envuelto en escombros siderales, apartó de su cabeza dos estrellas, empujó durante un rato la luna para hacerse un hueco y tuvo que romper dos nubes para poder asomar la cabeza y respirar. Aquello era un cataclismo y no se explicaba cómo podía aún tener pensamientos propios. Sobrevivo de milagro, se dijo. E inmediatamente se puso a rezar frente a la imagen de un santo que también había caído del cielo y que permanecía quieto y callado, en horizontal. ¿Esto es el fin del mundo? Nadie le respondió. No imaginaba que un momento tan decisivo fuera un espectáculo tan escaso y de tan poco glamour. Se agarró a un rayo de sol para poderse incorporar y con harto esfuerzo se puso de pie para ir directamente al juicio final. Repasó su vida, hizo cuenta de sus pecados y se arrepintió de todos ellos, que no era cosa de ir al infierno por olvidar ese trámite burocrático. Y los pulmones se le llenaron del polvo del universo que flotaba en el aire y comenzó a toser. Eso le salvó, porque una voz desde lo alto le sobresaltó. ¿Vive alguien? ¿Es usted el tramoyista del liceo? Yo soy un bombero, el cabo Salazar. No se altere, estamos aquí para rescatarle. Juan Ernesto de la Cruz miró hacia arriba y en un triángulo lleno de luz vio una cabeza humana que parecía el dios cristiano. Pero si lleva casco, se desengañó. Da igual, es mi salvador. 
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