Aquel
16 de junio de 1919 el mundo se le cayó encima a Juan Ernesto de la
Cruz. Literalmente, sin avisar. Envuelto en escombros siderales,
apartó de su cabeza dos estrellas, empujó durante un rato la luna
para hacerse un hueco y tuvo que romper dos nubes para poder asomar
la cabeza y respirar. Aquello era un cataclismo y no se explicaba
cómo podía aún tener pensamientos propios. Sobrevivo de milagro,
se dijo. E inmediatamente se puso a rezar frente a la imagen de un
santo que también había caído del cielo y que permanecía quieto y
callado, en horizontal. ¿Esto es el fin del mundo? Nadie le
respondió. No imaginaba que un momento tan decisivo fuera un
espectáculo tan escaso y de tan poco glamour. Se agarró a un rayo
de sol para poderse incorporar y con harto esfuerzo se puso de pie
para ir directamente al juicio final. Repasó su vida, hizo cuenta de
sus pecados y se arrepintió de todos ellos, que no era cosa de ir al
infierno por olvidar ese trámite burocrático. Y los pulmones se le
llenaron del polvo del universo que flotaba en el aire y comenzó a
toser. Eso le salvó, porque una voz desde lo alto le sobresaltó.
¿Vive alguien? ¿Es usted el tramoyista del liceo? Yo soy un
bombero, el cabo Salazar. No se altere, estamos aquí para
rescatarle. Juan Ernesto de la Cruz miró hacia arriba y en un
triángulo lleno de luz vio una cabeza humana que parecía el dios
cristiano. Pero si lleva casco, se desengañó. Da igual, es mi
salvador.
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