Mi amigo Lisandro es un sentimental. También es hortelano por horas y muy preguntón. Así que el vicio tiene la penitencia. Lo digo porque ha cultivado con éxito en una jardinera de su terraza tres tomateras. Siguiendo mis reiterados consejos, las ha regado regularmente, les ha colocado tutores para que crezcan rectas, ha podado los chupones que salen en el tronco y hasta les ha hablado para estimular su crecimiento. Los tomatitos aparecieron, acabaron cogiendo peso y tamaño y algunos, para su satisfacción, ya han pasado por el plato. Toda una experiencia mística, dice. Pero ha surgido un problema, unos insectos diminutos se han adueñado de la hojas que han quedado enrolladas sobre sí mismas y pegajosas. Pulgón, tienen pulgón, le he dicho. Le he recomendado un tratamiento ecológico, como rociar la planta con agua jabonosa o con agua de ortigas maceradas... Pero ha aparecido un amigo común, El Kolgao, en medio de la conversación y ha dado al traste con toda la estrategia. A ver si os cargáis a Gregorio Samsa con tanto tratamiento. Kafka no os lo perdonaría, nos ha advertido. Lisandro, que ya he dicho que es un sentimental, se lo ha pensado y ha dejado en suspenso el plan. Y lo ha argumentado. Los escarabajos comen pulgones, ¿no?
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