Mi
amigo Chejov me habla de Yona, un viejo cochero que conduce un trineo
arrastrado por un caballo blanco entre las calles nevadas de una ciudad
rusa que ni siquiera nombra. Me cuenta que, a los pasajeros que suben
a su vehículo, aparte de tratarlos con la cortesía habitual, trata
se explicarles que acaba de perder un hijo, el único que tenía y
el que estaba destinado a heredar su trabajo. Nadie se presta a
escuchar sus penas, a lo más ponen cara de circunstancias y le
apoyan con un silencio que no le vale de mucho. Al anochecer
Yona se retira a la posada de cocheros y tras un nuevo intento de
búsqueda de alguien que escuche sus lamentos acaba en el establo
junto a su caballo que, cuenta Chejoj, escucha a su amo y exhala un
húmedo y cálido aliento.

Y,
yo me digo, ¿no le habrán llegado a Yona las innumerables palabras
de consuelo que cientos de lectores le hemos dedicado? Somos los
únicos que hemos estado cerca de él y le hemos apoyado y parece
que no le han llegado. En fin, hablaré con Chejov para que arregle
este desajuste de la literatura, que lo yo quiero es hablar con los
personajes.
_____ o _____