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24 dic 2013

Feliz Navidad

Guarecidos por cartones bajo la marquesina de un banco, los dos mendigos se afanan en desear suerte dispar a su acompañante respectivo.
-Feliz Navidad -dice uno de ellos levantando en su mano un tetrabrick de vino vulgar, mientras invita a su compañero a hacer lo propio.
-Eso, puta navidad -le contesta su compañero con una botella de licor de melocotón que acaba de rescatar medio llena de una papelera.
-La vida es bella -le intenta explicar el primero.
-Sí, es bella -le replica el otro sin ningún ánimo de llevar la contraria a nadie.
-Y mañana volverá a salir el sol en nuestro honor -le anuncia el hombre de hondas convicciones positivas.
-Y que tú lo digas y se cumpla -contesta incrédulo su colega.
-La vida es lo que hay entre el cielo y la tierra -insiste el amigo inseparable del tetrabrick de vino vulgar. Y aclara, con un sorprendente toque de realismo-. Pero ni tú ni yo tenemos tierra y menos cielo
-¡Joder! Los ricos tienen tierra y cielo -protesta el de, como se dice ahora, de visión negativa de las cosas.
-Lo mejor es beber para olvidar -filosofa el que, como se dice ahora, es de pensamiento positivo, el optimista.
-En eso te doy la razón.

Y los dos beben para olvidar. Duermen y al día siguiente luchan de nuevo con la tozuda realidad que les despierta con alma de pobres y cara de marginados.
-Feliz Navidad -dice el primero al amanecer, impávido.
-Que te den -replica el segundo frotándose los ojos con naturalidad y humor de pobre. Y añade-. Puta Navidad, compadre.

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22 nov 2013

Vidas vulgares

Los habitantes de la gran ciudad se mueven siempre con algún objetivo: caminan, acarrean objetos y viandas, mueven criaturas, ocupan sus mentes con densas ideas o inocentes ilusiones... Habrá quien diga que llevan vidas vulgares. 
Si observamos a esta gente, tan atareada en sus cosas, podemos encontrar, por ejemplo, a una madre primeriza acometiendo muchas tareas simultáneas: lleva en su cochecito a un bebé primorosamente vestido al que hace carantoñas, mantiene una conversación por el móvil, acarrea las compras del día, saluda a... En su cara no hay asomo de cansancio, es una luchadora. 
A su lado un hombre encorbatado parece que lleva sobre sus espaldas todos sus pesares, a saber, su pareja distante, los hijos osados y ausentes, el trabajo atosigante y malpagado, el futuro demasiado predecible... Todo ello le tiene ahogado en penas y desazón. Pero es un luchador y pelea sin descanso por dar sosiego a su alma y bienestar a su familia. No sabemos si lo conseguirá. 
También vemos una anciano torpe que necesita el apoyo de un ayudante de piel cobriza, Entre los dos fluye el diálogo con naturalidad; el mayor, músico celebrado que guerrea contra la falta de memoria, pone empeño en enterarse de la receta exacta que debe seguir para disfrutar de un buen cebiche. El compañero aprovecha la ocasión para profundizar en la música barroca, tema que ocupa su tesis doctoral. Ambos pelean por vivir con dignidad, que no es poco.
Y en el mismo entorno se ve un mendigo que lee un libro mientras pide limosna. Está sentado en el suelo y a sus pies hay una sencilla caja de cartón con un rótulo que dice gracias, sin más. Lee la Metamorfosis de Kafka con una concentración admirable. Sabemos que le trae al pairo la filosofía del autor y su visión en blanco y negro de la vida, pero él, sabedor de que esa pose rinde beneficios en el cesto, que es lo que busca, se mantiene hierático como una estatua en su postura mendaz. También pelea por la vida. 
Y ¿para qué seguir con más viandantes? Está claro que no hay vidas vulgares.
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18 sept 2013

Hombres

El buen hombre llevaba años en la orden de los Agustinos Recoletos, dedicado a servir a Dios, siendo un ejemplo de amor y servicio para cuantos se le acercaban. Su fe era profunda, su dedicación plena y su oración continua. Pero un día, para sorpresa de los demás frailes, dijo que abandonaba la orden, que sentía una imperiosa llamada interior que le pedía ingresar en la Orden del Císter, que sólo quería dedicarse a la contemplación y a orar por la salvación del mundo. Con harta pena le despidieron los demás frailes deseándole lo mejor. 
Pasó el tiempo y los antiguos compañeros quisieron hacerle una visita de cortesía al nuevo monje. Acudieron al monasterio cisterciense donde moraba su ex y, ante la inevitable pregunta de cómo iba su nueva vida, el piadoso monje no habló de él, ni de su relación con Dios, ni de la paz espiritual que respiraba. Fue más lacónico y pedreste de lo que esperaban:
-Hombres dejé y hombres encontré.
Amén.
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23 mar 2013

Vida interior


Tomé los prismáticos con intención de ver en la lejanía, mas los coloqué del revés. Y quienes estaban alrededor se llevaron un susto de muerte al ver los entresijos de mi alma miserable.

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