Las
cosas son como son y no se pueden cambiar, dice doña Mercedes. Su
nieto levanta los ojos del plato y se queda expectante. Sí, le
explica un poco indignada, el tenedor siempre a la izquierda y la
cuchara a la derecha, así como el cuchillo... Abuela, no siempre es
así, le replica el joven, que los japoneses comen con palillos y los
dejan sobre el plato. ¡Ejem, jovencito! Ahí también hay modales,
porque deberías saber que los palillos nunca se sueltan, ni siquiera
para beber, cuando se acaba la comida se dejan en la mesa y no deben
cruzarse, y tampoco se debe gesticular con ellos ni apuntar hacia
nadie, porque se considera agresivo. ¡Uy, abuela, me dejas
apabullado! Además, nieto descarado, los palillos son de origen
chino y se usan también en Corea y Japón. Bueno, bueno, abuela, el
próximo día pondré mejor la mesa. ¿Cómo sabes tanto? Fui maitre
en un hotel, ¿no lo sabías? Hay que respetar el orden establecido,
hace la vida bonita, entretenida y previsible, que es lo que me
gusta. Ambos se callaron y siguieron comiendo la sopa, el nieto con
los mejores modales que tenía en el repertorio y la abuela, ufana
por la lección dada. No era cuestión de pervertir el mundo,
pensaba. El joven, entre sorbo y sorbo, tenía otro pensamiento en la
cabeza. ¿Podía ser más peleona con la pensión? Pero no habló,
que la crema de calabaza estaba deliciosa.
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