Siempre
he sentido admiración por el rayo que entra por las rendijas de la
ventana y acierta a deslumbrarme. No es que yo sea un ser especial al
que los rayos no puedan herir, pero sí entiendo que no merezco tanto
interés del astro rey en mi humilde persona. Salvo que, tengo una
duda, no sea que los dioses quieran hacerme una revelación personal
y trasladarme algún mensaje trascendente para la humanidad. He
revisado las biografías de santa Gertrudis y santa Brígida,
pioneras en visiones místicas y que pasaron por un trance similar, y
me he desanimado mucho. Es obvio que yo no tengo madera de santo.
Siento decepcionar a mis lectores.
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