3 ene 2018

Cuando todos éramos unos inconscientes

Los niños nos apelotonábamos en el perímetro del campo de entrenamiento, una ladera que dejaba ver perfectamente cómo entrenaba la 24 Compañía del Regimiento de Artillería número uno. Era una vieja cantera muy apropiada para ello. Un teniente muy chillón estaba al frente, dos sargentos y 4 cabos le acompañaban en las prácticas de lanzamiento de granada y los soldados sentados en la ladera esperaban su turno. Era fuego real. Una viejas cajas de madera dejaban ver las granadas perfectamente ordenadas, con sus anillas y lazo azul. Yo era todo ojos. Veía cómo cada soldado ocupaba el puesto de lanzador cuando un sargento lo llamaba, seguía las instrucciones de un cabo vigilante, introducía el dedo corazón en la anilla, extendía los brazos, los balanceaba de abajo arriba y, a la de tres, siempre a la de tres, lanzaba el proyectil por encima de su cabeza, quedándose con la anilla y el lazo entre sus dedos, seguía la trayectoria y, una vez seguro de que iba lejos, se tapaba los oídos con ambas manos y se lanzaba cuerpo a tierra. Lo normal era que se oyera de inmediato una explosión, viéramos una pequeña humareda y que la chavalería aplaudiera con entusiasmo. Pero lo que más nos gustaba a la gente menuda era cuando las cosas sucedían de otro modo. A veces el proyectil, bien lanzado, no acababa de estallar, o el soldado inexperto arrojaba lejos granada, anilla y lazo azul. Entonces un cabo se acercaba con precaución, casi a rastras, como los indios de los western, y localizaba el proyectil inerte, señalando su posición. Había un sargento regordete que apuntaba con un fusil, luego me enteré que era el famoso CETME, que la destripaba de un tiro certero. Entonces ya nos poníamos hasta de pie para aplaudir. Lo más emocionante era cuando el soldado inexperto lo hacía tan rematadamente mal que se azoraba y dejaba la granada a pocos metros de sus pies. Entonces era el caos. Todos se tiraban cuerpo a tierra o huían despavoridos. Menos los niños que éramos todos valientes y no cerrábamos los ojos. Tampoco nos reíamos, que el teniente estaba muy serio. ¡Cuidado con la fragmentación!, gritaba. Allí explotaba la granada y levantaba una polvareda de no más de un metro. Nadie resultaba herido y respirábamos tranquilos. Había un sargento que tenía una libreta en la mano y escribía lo que le dictaba el oficial que, a mí personalmente me daba mucho miedo, siempre estaba gritando o castigando. A éste no ocho días como a los torpes, sino 15 días de arresto, bramaba. Total, que después de casi un centenar de prácticas aquello se acababa muy a nuestro pesar. La tropa se retiraba, los cabos y varios soldados revisaban la vieja cantera donde se entrenaban y nos dejaban campo libre a los niños que entrábamos a saco en busca de anillas y cintas azules para nuestra colección. Pero recuerdo una vez que tuvieron que volver sobre sus pasos, porque el Josinas, un niño dos años mayor que yo, encontró un lazo azul muy limpio, con anilla y granada intacta. Mira, dijo con toda la ilusión del mundo. Entonces oímos un bramido peor que un trueno. ¡Quietos todos, chaval, no te muevas! Era el teniente. Nos mandó retirar a todos los críos, envió al cabo más espabilado que se acercara y éste le quitó suavemente el explosivo a Josinas que para ese momento lloraba a moco tendido. La depositó suavemente en el suelo y con un ¡lárgate chaval! muy poco considerado mandó a Josinas a nuestro lado. El sargento regordete reventó la granada de un disparo y estalló la tormenta. ¡Sargento Cienfuegos, arresto de un mes para los cabos! ¡Y una semana de rebaje para todas la compañía! El teniente estaba lanzado y lo peor es que sabíamos que llegaba nuestro turno. Nos miró con ganas de arrestarnos a todos. ¡Última vez que presencian el entrenamiento! Los niños no dijimos ni mu, no fuera que acabáramos en el calabozo. Ya no volvimos ningún miércoles por la tarde, fiesta en la escuela, a la vieja cantera. Para entonces ya sabíamos que estas cosas pasaban y que la culpa no era nuestra. Claro, los mayores meten la pata y se enfadan sin saber con quién. Fue injusto, la culpa era de ellos. Nos retiramos tristes, porque aquellas clases de formación para la guerra se nos acababan. A nuestra edad, a todos nos gustaba la guerra. Éramos unos inconscientes.
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