Compré
1/4 de kg de sana envidia y lo mezclé con 200 gr. de ambición y
varios kg de tesón y sentido común. Resulté ser un emprendedor de
éxito. Más tarde añadí algunas especias como la vanidad y la
soberbia, lo cociné con un poco de riesgo y me convertí en un
fracasado. Recuperé mis primeras virtudes y remonté el vuelo. Pero
lo aliñé todo con algunos de mis defectos y todo fue de nuevo al
traste. Desde entonces vivo en un bucle que me tiene atrapado. Soy
como Sisifo, el hijo del dios Eolo, condenado por Hermes a empujar
hasta una colina una roca que caía cuesta abajo nada más hollar la
cima. Algo de divino ya tengo yo, ¿no?
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