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9 oct 2019

Ejercicio de humildad

Viajé a Londres como turista. En al aeropuerto de Heathrow conseguí con éxito alquilar un coche valiéndome de mi rudimentario inglés. A la hora de ponerlo en marcha encontré más de un problema. El primero fue que no conseguí arrancar el motor. Me acerqué al empleado del Car Rental y le expuse mi problema: The car doesn't start. Aquel hombre tenía cara de bonachón. Se acercó al coche, hizo lo mismo que yo y con media sonrisa me dijo: It works, it's electric. Vamos que el motor era silencioso. Y era cierto, el lo movió marcha atrás y me cedió el asiento educadamente. Se lo agradecí como si yo fuera un náufrago y él mi salvador. ¿Cuál sería mi siguiente problema? Pronto lo supe, tenía el freno puesto y yo no encontraba la forma de desactivarlo. Maldije el día en el que se me ocurrió alquilar el coche aquel. No era el momento de pedir ayuda de nuevo. Tomé el manual de instrucciones y miré bien dónde estaba el brake. A los 15 minutos conseguí salir del aparcamiento. No quise mirar la cara de aquel empleado de tan buenos modales. Seguro que se estaba partiendo de risa a mi cuenta sin mover un músculo de la cara. Puse cara de tonto, era lo único que podía hacer. 
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7 jun 2019

Barón, quise decir

Hay gente que aparece en tu vida sin que te los esperes ni quieras y que te acompañan durante un tiempo, aunque no lo desees. Es el caso de Aarón, con el que he tenido una relación conflictiva en los tres últimos meses. Me encontraba de bruces con él numerosas veces al día y llegó un momento en el que lo odié por agobiante. Pero aquella presencia tan axfisiante cesó tras una consulta hecha no con mi coucher, ni con el psicólogo especializado en ayuda personal, no. Fue mi hijo adolescente quien me dió el certero consejo. Bórralo de tus contactos. Y se acabó. Luego me di cuenta de cuán tonto soy. Por esos detalles torpes y táctiles que se dan en la vida actual, amén del autocorrector, Aarón se me había colado como primero de la lista en mi agenda telefónica y por eso era el primero que aparecía siempre presto a entablar una conversación por mi celular.
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8 nov 2017

Triquiñuelas de la telefonía

-Ayer tuve que hacer una consulta telefónica a un 902 sobre una tarjeta de esas de fidelización y acabé cabreado, como siempre.

-A mí no me gusta nada llamar a los números 902... Aplican tarifas como si fueran piratas del Caribe.

-Pues eso fue lo que tramaron hacer conmigo. Primero charlé con una máquina en un diálogo de sordos, a la quinta nos entendimos. Luego se me puso al habla una operadora, me pasó con el jefe y ya me obsequiaron con una música enlatada. En los cinco minutos que aguanté fisgué en Internet cuál era el coste de las llamadas a estos números.

-Un escándalo.

-Corté, harto de la tonadilla, pero más tarde, apremiado por la necesidad, llamé de nuevo. Tuve que identificarme en el teclado del teléfono marcando los dígitos de mi tarjeta, 630... Cuando acabé mi parlamento escuché una voz masculina: “Usted ha marcado el número 730..”. Me llevaron los demonios y solté aquello tan racial de ¡A la mierda! Y colgué.

-Qué bruto.

-¿Crees que marcando en el teclado confundo el 6 con el 7? No están ni juntos en el teclado del móvil... Era una maniobra dilatoria para alargar los minutos de tarifación.

-¿Tan perversos son?

-Peor, van con voz inocente, pero te sangran. No les llamo más en mi vida

-Pero no has resuelto el problema.

-No. Ya habrá otra vía. El abuelo Simón no se rinde.
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14 jul 2017

Biondas

Una vez perdí el control de mi coche en una curva y acabé chocando lateralmente contra la valla de protección de la carretera. Oí un golpe seco y el vehículo quedó de nuevo perfectamente situado en el carril, obediente y sumiso ante los movimientos del volante. Allí parecía que no había pasado nada, salvo que las puertas de mi Peugeot tuvieron el detalle de ceder un poquito de pintura al guardarraíl y dejarlo maquillado en rojo, como si se hubieran dado un beso, digamos que apasionado. Y fue precisamente en aquella ocasión cuando comprendí de verdad la función y eficacia de esas barreras de metal o quitamiedos. Desde entonces, más como automovilista que como motero, me he convertido en admirador incondicional de quien haya sido el inventor de esta banda de acero galvanizado en frío, de doble onda, capaz de deformarse lo justo en los impactos y absorber el golpe. Hasta le pusieron un nombre bonito. He mirado en Internet por si el invento se le atribuye a alguien y me sale una banda italiana de música disco con ese nombre. Ya veo que no hay respeto hacia ciertos creadores.
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21 dic 2016

Debió contar hasta diez


Pantaleón es un hombre a la vieja usanza, de andar seguro por la vida y sin dobleces. Me cuenta que el teléfono móvil le decía que, si quería conexión en la red que debía revisar los ajustes. Me decía Pantaleón que ése era el cuento de siempre, la misma frase impertinente en la pantalla que parecía más un insulto a su inteligencia que una sugerencia amigable. Así que, en un ataque de lucidez, o más bien de ira, hizo un verdadero ajuste, como él decía, un ajuste de cuentas, no con el dedo índice como mandan las ordenanzas, sino con el martillo.
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2 nov 2016

Imprevistos de un pensionista

Al tío Machuca se le mojó el teléfono móvil un día en que se le escurrió de las manos mientras paseaba por la playa envuelto en sus pensamientos. El aparato duró vivo unas 24 horas, luego se apagó sin un suspiro. Llamó al servicio técnico. Mire, lo sequé bien y funcionó, pero al cargar de nuevo la batería se ha colapsado. Y le cayó una diatriba inesperada. ¿Colapsado dice? ¿Usted no sabe que no debe enchufarlo hasta que se seque del todo? Ha provocado un cortocircuito, que lo sepa, no sé cómo se pueden cometer esas torpezas. Aquello no le sentó nada bien al tío Machuca que se enervó. Perdone, le dijo, usted me pide que sepa de todo, ¿no?, como usted, claro, que seguro es capaz de escribir sin faltas de ortografía. Que sepa que yo pongo tildes hasta en whatsApp y usted seguro que escribirá en jerga digital, ¡que lo sepa!. No hablaron más. Y cerraron rápidamente el trato comercial.
Cuando se lo contó al abuelo Simón, a éste le entró la risa floja. Has estado en tu sitio con estos pedantes tecnológicos. Sí, claro, pero sigo sin móvil. ¿Garantía? 120 pavos, como dice mi nieto. ¡Joder!, eso son palabras mayores, le dijo su amigo que acarició con una pizca de sentimentalismo el bolsillo donde guardaba su celular.

5 ago 2016

El séptimo arte y su futuro

En la sala se apagaron las luces y comenzó la proyección de la película. El local contaba con los últimos adelantos tecnológicos, tanto en imagen como sonido. Creo recordar que la empresa presumía en un cartel en taquilla de tener Dolby Digital y Spectral Recording, nada menos. El sonido era envolvente, las imágenes impactantes, y el público permanecía en silencio, absorto y anonadado por la inquietante atmósfera de la sala. Al menos eso parecía, porque de repente se cortó la proyección, se encendieron las luces de la sala y un hombre entró en el patio de butacas vociferando.
Era el operador de la cabina y estaba fuera de sí. ¿La razón? Llevaba un rato observando cómo muchos espectadores mantenían los ojos pegados en su móviles pendientes de sus redes sociales. Esto es un sacrilegio, una profanación, es el colmo de la idiotez o imbecilidad, decía. Y les preguntaba a ver si venían allí a disfrutar de una obra de arte o a pudrirse en un mundo ruin de chismes y alcahueterías. Y dio una orden que todos escucharon con incredulidad, nada menos que ¡estaba prohibido el uso de móviles durante la proyección! Lo zanjó diciendo que se producía interferencias con la imagen y sonido. Y sin más, dio media vuelta y se despidió con un exabrupto. Al momento se apagaron las luces y se reanudó la proyección. Hay que decir que el público consideró aquel episodio como un espectáculo más con el que les obsequiaba la empresa y muchos no dudaron en grabar la escena para poderla colgar inmediatamente en las redes. Eran impermeables.
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6 jun 2016

Minijob

-Creo que he encontrado un nuevo oficio -anunciaba el tío Machuca-, el de "jodepuertas".
-Tú dirás.
-Ayer vi un coche saliendo de un garaje con el portón trasero abierto y, claro, les avisé. Los viajeros se pusieron a discutir sobre quién era el culpable y yo, por ayudar, me ofrecí a cerrárselo.
-¡Je, je! Ya sabes que a los jubilados nos gusta un mundo ordenado y armonioso...
-Ni corto ni perezoso me acerqué a la parte trasera y agarré el portón con la mano y lo bajé un poco, como un palmo.
Hasta que oí un ¡no! desde el interior, me decían que tenía que apretar un botón. Yo no veía nada, así que el conductor pidió al hijo adolescente que se bajara y lo hiciera.
Aproveché para desaparecer, fue una buena idea.
-¿Por qué?
-Antes de doblar la esquina escuché al hijo decir que aquello no bajaba, que estaba estropeado.
-Vamos, que la averiaste.
-Eso creo. Son tan modernos estos coches de hoy que se cierran con botoncitos.
-Bueno, te veo cualificado para "jodepuertas" -decía el abuelo Simón- y hasta como fugitivo, pero ¿eso da dinero?
-Estoy esperando cobrar comisión de los talleres.
-Esta jodida pensión hay que compensarla con desempeños imaginativos.
-Y hasta mafiosos.
Se hizo el silencio entre los dos amigos. El día anterior habían discutido, sin estar curiosamente en desacuerdo, sobre la precariedad laboral y se habían quedado muy tristes. No era el caso de insistir en ello.
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11 may 2016

Como si Kafka usara móvil

El señor Arturo Nomás, tras escuchar los consejos de sus amigos, adquirió por fin un móvil.
-Si no tienes whatsApp, te quedas marginado -le amenazaron-. Y les obedeció, que no quería pasar por anticuado.
-Tiene dos años de garantía -le dijeron en la tienda.
Sin embargo a los 15 días, durante una llamada prolongada, se le calentó la oreja hasta quedar irritada. Y fue a reclamar. Allí cumplieron el protocolo: rellenar una hoja de reclamaciones con sus datos e informe de perjuicios ocasionados.
-El personal técnico de la empresa examinará todo -le comentaron-. Ya sabe, nosotros somos comerciales, puros intermediarios. En unos 10 días, recibirá su nuevo terminal.
-¡No estoy conforme! -protestó-. Quiero que me arreglen también la oreja.
Llamaron al director comercial de la empresa y le plantearon la reivindicación. Estaba confuso y no sabía cómo proceder. No obstante, se atrevió a decir algo.
-Necesitamos un parte médico de la lesión, o una imagen de la oreja dañada.
Arturo Nomás no se cortó un pelo.
-Como si me la escanean.
El director comercial, definitivamente confuso y desnortado, colocó de medio lado la cabeza del cliente en el escáner y apretó el botón. Por uno de esos milagros de la técnica difíciles de explicar, apareció un archivo en blanco y negro en pantalla que decía ser el apéndice auditivo del reclamante. Y se incorporó como documentación en la denuncia.
Al cabo de 10 días, Arturo Nomás recibió un terminal telefónico nuevo y una nota sorprendente de la empresa. Decía lo que sigue:
Hasta ahora la oreja más famosa era la de Vicent van Gogh. Desde hoy tendrá que competir con la de Arturo Nomás, puesto que la oreja de nuestro cliente desde hoy se convierte en la imagen de marca de nuestro nuevo modelo de smartphone. Será un placer para nosotros que acepte nuestra propuesta. Anualmente tendrá a su disposición un terminal último modelo Anomás. Llámenos.
Cuando leyó esta nota el protagonista de esta historia llevó su mano a la oreja para comprobar que estaba sana. Y se la acarició con gusto, pensando en lo bien que le iban a sonar las frases de admiración de sus amigos por ser ya un pionero en esto de las comunicaciones.
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6 ene 2016

Por WhatsApp

-Hoy acemos el amor, ¿no?
-Hacemos con H.
-No, contigo cariño, que no soy un pendejo.
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13 feb 2015

Nuevas tecnologías para doña Mercedes

Doña Mercedes, inquieta y curiosa como siempre, pide a su cuidadora que le enseñe el manejo de WhatsApp. Ella ve que todo el mundo mueve los dedos con pericia encima de un teclado minúsculo y se sorprende cuando oye que se comunican con amigos, colegas y enemigos, si es el caso.
-Primero tiene que comprarse un celular con sistema operativo iOS, Android, Windows Phone, Black Berry..
-Hija, qué raro hablas -protesta -habla en román paladino, por favor.
-Yo sí que no la entiendo, señora -le replica-, ¿qué es eso del román paladino?
-Déjalo -le propone un tanto descorazonada-. ¿Puedo aprender lo del WhatsApp?
-Bueno -le dice-. No vale de nada si sus amigos no compran a su vez un teléfono inteligente.
-¿Cómo?
-Sí, un teléfono que en realidad es una minicomputadora de bolsillo con mayor conectividad que el celular convencional.
-Oye, hija -le corta abrumada por tanta información difícil de digerir-, ¿dónde has estudiado estas cosas?
-En la clase de computación, como todos.
-Y ¿no sabes que es román paladino?
-No.
-Pues la forma en que cada cual habla a su vecino -y le argumenta-. Decía Berceo que era necesario para entenderse.
-¿Berceo?
-¡Ay!, déjalo -se desanima-. No creo que mis amistades tengan esta inquietud. Seguiré llamándoles con mi teléfono de baquelita...
-¿Baquelita?
Y doña Mercedes estalla en cólera con aquel nuevo interrogante.
-Pero de verdad ¿has estudiado tú algo de fundamento?
...
No hubo mucho más que hablar aquella tarde. Doña Mercedes se entretuvo curioseando la calle en el mirador de su casa y leyendo a Pío Baroja. La cuidadora, mientras tanto, no dejó de teclear insistentemente su celular con ambos pulgares.
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15 dic 2013

Modernidad

Me cruzo con el abuelo Simón en la biblioteca del barrio donde nos juntamos gente interesada en leer y seguir descubriendo el mundo. Me observa y me pregunta intrigado.
-¿Para qué usas ese aparato endiablado?
-Es mi iPad. Leo en él.
-¿Y qué lees ahora?
-No leo de momento, solo lo actualizo, que me pide poner al día 6 aplicaciones. Es automático. 
-¿Y no puedes hacer lo mismo agarrando un libro como dios manda con las dos manos que tienes?
-¡Qué va! Esto es más completo. Aquí hay aplicaciones que uso para moverme y conocer el mundo real. Se revitaliza cada cierto tiempo, se pone al día, siempre está en su mejor versión
-Osea, ¿que el artilugio del diablo ese tiene el elixir de la eterna juventud?
-Más o menos.
-No te jode... A ver si acaban sacando al mercado un artilugio que revitalice a los humanos periódicamente...
-No es mala idea.
-Ni hablar, que yo quiero seguir siendo viejo. ¡Nunca he tenido más sentido común!
-Sssshhhh!- acabó chistándonos la bibliotecaria.
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