Viajé
a Londres como turista. En al aeropuerto de Heathrow conseguí con
éxito alquilar un coche valiéndome de mi rudimentario inglés. A la
hora de ponerlo en marcha encontré más de un problema. El primero
fue que no conseguí arrancar el motor. Me acerqué al empleado del
Car Rental y le expuse mi problema: The
car doesn't start. Aquel
hombre tenía cara de bonachón. Se acercó al coche, hizo lo mismo
que yo y con media sonrisa me dijo:
It works, it's electric. Vamos que el motor era silencioso. Y era
cierto, el lo movió marcha atrás y me cedió el asiento
educadamente. Se lo agradecí como si yo fuera un náufrago y él mi
salvador. ¿Cuál sería mi siguiente problema? Pronto lo supe, tenía
el freno puesto y yo no encontraba la forma de desactivarlo. Maldije
el día en el que se me ocurrió alquilar el coche aquel. No era el
momento de pedir ayuda de nuevo. Tomé el manual de instrucciones y
miré bien dónde estaba el brake.
A
los 15 minutos conseguí salir del aparcamiento. No quise mirar la
cara de aquel empleado de tan buenos modales. Seguro que se estaba
partiendo de risa a mi cuenta sin mover un músculo de la cara. Puse
cara de tonto, era lo único que podía hacer.
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