Ocurrió un día que un niño de 11 años fue con sus padres a un restaurante donde acudían con cierta frecuencia. Es decir, se conocían. El chaval fue directamente donde el dueño y le dijo muy serio: Pablo, hoy venimos a comer mis padres y yo. Cuando te pidan la cuenta, me haces una seña y me voy contigo. Hoy pago yo, dijo, señalándose el pecho con el dedo índice. El hostelero se encogió de hombros y quedó expectante. Y llegó el momento. La cuenta, Pablo, se oyó después del café. El chavalín se levantó como sin querer, se fue a una esquina del mostrador, sacó de su mochila la hucha, la rompió de un golpe seco contra el suelo y pagó, dejando incluso propina, como veía hacer a su padre. A mí, desde luego, me alegró el día, fue un día de los que dejan a uno satisfecho de verdad, contaba el hostelero. Y no veáis, añadía, la reacción y emoción de los padres cuando lo supieron. 11 añicos.
NOTA: Contado por un hostelero que no quiso dar el nombre
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