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Es cierto que detrás de cada ser humano se esconde una historia, pero no es menos cierto que a cada persona le acompañan otras muchas más historias, tantas cuantas dinosaurios encuentra en cada despertar...
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20 dic 2024
La niña que nació en el mar
Cuentan que Pablo Neruda dirigió todo el embarque y selección de pasajeros para subir al Winnipeg. Y cuando vio con sorpresa que una mujer vasca en adelantado estado de gestación subía a bordo, se alarmó. Por favor, no, puede ser peligroso para usted. Piedad Bollada, temiéndose lo peor, se plantó. O subo a bordo o acabamos en el mar, contestó amenazadora mientras asía fuertemente la mano de su hijo de 8 años y miraba el fondo del muelle. Neruda cedió. A los dos días de partir, a la altura de El Ferrol, nació una niña una niña prematura a la que pusieron una retahíla de nombres: Agnes América Winnipeg Alonso Bollada. El primer nombre lo sugirió el capitán, un francés que no podía olvidar a su mujer muerta por un obús en Madrid, el segundo lo propuso el padre, porque el nuevo continente era una llamada a una nueva vida y el tercero salió sin más, porque era un canto a la esperanza. Llegaron a Valparaíso y la policía de aduanas preguntaba cómo era eso de que en los papeles aparecían tres y ahora eran cuatro. Hasta el hermano de 8 años, Justo Alonso Bollada, era capaz de explicarlo.
18 dic 2024
El Barco de la Esperanza
Winnipeg es el nombre de un famoso carguero que llegó a Valparaíso el 2 de setiembre de 1939. Se estima que viajaban 2531 exilados españoles que habían subido a la nave un mes antes en Pauillac, un puerto fluvial en el estuario del Garona, al norte de Burdeos. Eran perdedores, gentes huidas de la guerra y acogidos a duras penas en la Francia que no sabía aún que se gestaba una nueva contienda en el viejo continente. Gracias a los esfuerzos de mucha gente, y de Neruda en particular, se armó el buque, era un carguero, y se dejó preparado para acoger aquel numeroso grupo. El poeta, definía aquel viaje como “mi más bello poema”. Fueron necesarios muchos esfuerzos y solidaridad (cientos de voluntarios del Partido Comunista francés trabajaron sin descanso para habilitar 2000 camas en literas de tres pisos) y hubo que vencer muchas resistencias para poder hacer entender que aquella gente honrada sólo quería rehacer su vida lejos de la tierra que les negaba pisar su suelo. Y hay un episodio que describe aquel entusiasmo colectivo y las vibraciones positivas que hubo. Lo recordaba el mismo Pablo Neruda: "Yo no he sido nada de religiones ni credos, pero quedé admirado y agradecido el día que se me acercaron unos cuáqueros y se ofrecieron a correr con la mitad de los gastos de aquel viaje". Tal cual. Así es como arrancó el viaje de una nave que con una media de 14 nudos recorrió más de 500 km al día. En menos de un mes cruzó el Canal de Panamá y llegó a Arica, donde las autoridades chilenas les dieron la primera bienvenida. Algunos pasajeros, atraídos por la industria pesquera, descendieron en barca a la playa y se quedaron allí. La mayoría esperaron a bajar al llegar a Valparaíso, donde fueron muy bien recibidos, incluidas las autoridades del país. Hoy en día se reconoce que la aportación de estas gentes fue decisiva para ayudar a moldear un Chile más próspero, abierto y creativo. En cierto modo no da la razón a aquel viajero del Winnipeg que ante el alborozo de los demás pasajeros al ver tierra firme soltó una frase lapidaria: Tierra siempre es tierra, pero patria es libertad. Y es que la mayoría, incluso él, llegaron a hacer de Chile su nueva patria. Peor fue la historia de nuestro barco. En su último viaje entre Liverpool y Saint John (Canadá), ya bajo bandera británica, fue hundido por el submarino alemán U-443 el 22 de octubre de 1942. Pero el Winnipeg, fue fiel a su vocación, por lo que se ve tenía en nómina un “ángel de la guarda”, porque los 123 tripulantes y 68 pasajeros que iban a bordo se salvaron todos.
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16 dic 2024
Caleta de Llico
Es un estuario enano donde desemboca un estero (curioso nombre que dan en Chile a un río de menor categoría) que trae las aguas de un lago salobre de nada menos que 72 km2 de superficie y más de 30 m. de profundidad. Se llama Lago Vichuquén. En su tiempo, a finales del S. XIX, hubo un presidente que quiso hacer allí una base de la Marina Chilena para controlar aquella zona del Pacífico. Le convencieron de no hacerlo, ya que bastaría con obstruir el canal de acceso, de no más de 1 km., para atascar todos los navíos. Gracias a eso podemos ver hoy la costa casi en su estado natural, con un oleaje constante que mantiene a raya la arena oscura que se acumula en la orilla, en la que se atoran las embarcaciones de pesca. Antes las movían con bueyes, pero dicen que era poco edificante el trato que daban a los animales y hoy han sido sustituidos por un tractor. Al extremo sur del estuario está el hotel Puerto Viejo, construido sobre las ruinas de otro que hubo antes, destinado a la primera acogida de los emigrantes que llegaban a la zona. En este país, la emigración fue siempre bienvenida. Tiene unas vistas que te dejan como agarrado por un imán a tu asiento. La estrella del paisaje es un antiguo muelle erosionado por el agua, el viento y la arena que resiste como testigo mudo del pasado. Bueno, también al maremoto de 2010 que hizo de las suyas. Cuentan que, también a finales del S. XIX, lo hicieron para transportar en barcos de cabotaje el cereal que se producía en Talca y zona norte de Maule y que era llevado al pueblo costero de Constitución para desde allá acabar en California donde era muy demandado. Este pantalán, está a punto de morir, pues cada año pierde una parte de sí. Lo construyeron sobre 54 pilotes metálicos de 68 m. de envigado y 18 m. en terraplén. Yo lo llegué a conocer con siete arcos, luego con dos menos y hoy solo veo tres y muy maltrechos. Sé que está ya en su última agonía y yo quiero asistir piadosamente a su muerte. Tal como dicen que hacía don Osvaldo Mújica, un potentado de la zona, que cuenta una leyenda local que en ciertas noches oscuras llegaba al antiguo hotel montado en su caballo, entraba al bar, se tomaba unas copas, luego salía, detenía al jamelgo y miraba con ojos, quizás tristes, al muelle de Llico.
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