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18 feb 2022

El porqué de las cosas

El sargento era un hombre primario que trataba a la tropa con rudeza, salpicando su discurso con exabruptos e insultos soeces. El capitán de la compañía quiso mediar. Sargento Muñecas, valoro la disciplina que mantiene en la compañía, pero debiera suavizar su vocabulario. Mi capitán, si los soldados no me temen no serán manejables, necesitan mano de hierro. Lo puede hacer hablando mejor. Mi capitán, así lo hice cuando era novato y no funcionó. El apellido no me ayuda.

NOTA: Relato finalista en el VII Concurso Literario de minicuentos "Casa de nuñecas". Ver Mundo escritura. diciembre 2021. (http://www.mundoescritura.com/concursos/microrrelatos.php).

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28 ene 2022

Poesía canina

El perro del sargento Vargas escribe poesía. Bueno, en realidad es lo que desea el militar, que es un ilustrado donde los haya. Se ha dado cuenta que ladra con ritmo y medida de las frases y que parece que dice cosas de sustancia. Así que ha hablado con los de Inteligencia y le han puesto al día en una aplicación que decodifica la voz y la convierte en texto escrito. Hasta cumple con la ortografía, comenta alborozado. Pues bien, retomando el hilo. El sargento emprededor se cierra en la intendencia con el perro, pone a punto el ordenador de la oficina, acerca al chucho y le enseña una sarta de chorizos. El can espontáneamente comienza a construir versos perrunos, académicos donde los haya, con rima, ritmo y medida y, supone el sargento, que a la forma le acompañará un buen fondo. Mientras tanto en la pantalla del aparato empiezan a aparecer lineas escritas con palabras seguidas y agrupadas de tres en tres formando conjuntos regulares. El feliz sargento explota de alegría, son versos y por lo menos ya van diez, ¡está escribiendo una décima o espinela! En aquel momento la sarta de embutido se cae, el perro pierde las musas y cesa la composición literaria. El sargento se olvida del can y se acerca a la pantalla. Hay que darle forma a aquel poema, agrupa las palabras de tres en tres y da forma a los versos, que llegan a ser efectivamente diez. Están muy bien medidos, tienen ritmo y rima. Muy bien trabajada la forma. Veamos el contenido. No voy a transcribir la estrofa de diez versos, porque con poner el primer verso, tenemos los demás. Son idénticos. Leedlo, si no: "Guau, guau, guau". Hombre, esto es monorrimo, una décima no es, piensa el sargento Vargas. Pero la estrofa tiene 10 versos, pasión y sentimiento, inspiración y fuerza poética que transmite al lector. Sí, sí, se refuerza el sargento Vargas, aquí hay un mensaje. Y sin plantearse duda alguna, el promotor de la poesía perruna pone título al poema: "Loa a un chorizo colgado". Autor, Sardino, perro del 2º Batallón de Infantería del VI Regimiento Motorizado de San Viator. Lo imprime y lo cuelga en el tablón de la cantina de suboficiales, en el apartado de Cultura. El capitán de guardia, sorprendido por las dotes literarias e iniciativa del sargento Vargas le otorga un permiso extraordinario de una semana. Mientras tanto, Sardino, sigue creando poemas muy sentidos y formales de una monotonía apabullante, cuya belleza vigorosa solo ha sido capaz de descubrirnos el sargento Vargas. Honor y gloria en el parnaso para ambos.


2 oct 2020

Historia resumida de la artillería

Antaño las bombas eran un pedrusco que reventaba paredes y cabezas, decía fulano. Luego con pólvora hasta incendiaban castillos, añadía mengano. O los explotaban, según zutano. ¡Ay! La maldad humana no tiene límites, maldecía perengano.

NOTA: Relato finalista en el VI Concurso Literario de minicuentos "Un caleidoscopio de letras". Ver Mundo escritura. Agosto 2020. (http://www.mundoescritura.com/concursos/microrrelatos.php).

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13 may 2020

Cadena de mando


El sargento Adanero abroncó al cabo Hermosilla porque una de las mulas había perdido la carga en un precipicio. El cabo abroncó al soldado raso Lautaro por haber atado mal los sacos. El soldado atizó un latigazo a la mula que no llegó a entender nada. La mula, por si acaso, lanzó una coz al aire. El teniente Gorriti arrestó al soldado, al cabo y al sargento por no cumplir con su deber. Con la mula no se atrevió. El capitán Bolsonaro preguntó al furriel Sánchez qué era lo que transportaba la mula. Lentejas, sólo lentejas, señor. ¡Bah, no me gustan! ¡A tomar por el culo las lentejas! El teniente Gorriti, libre de sanción, levantó el castigo al sargento Adanero, al cabo Hermosilla y al soldado raso Lautaro. La mula caminó ya sin carga, aunque el sargento Adanero colocó encima su mochila. Había que demostrar a la tropa quién mandaba allí. La mula relinchó una vez, no más, no sea, pensaba, que le cayera algún fustazo más de alguno de aquellos individuos incomprensibles para su mente animal.
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18 sept 2019

Lógica militar


En una ocasión oí que en un cuartel del ejército habían arrestado a un mulo. ¿La razón? En una larga travesía el animal había dado un mal paso que hizo que un carro que transportaba las viandas de los oficiales cayera en un barranco, arrastrando tras de sí a un sargento. Los mandos no tuvieron más remedio que comer rancho de tropa y eso les debió sentar mal. Así que el mulo, de nombre Séneca, estuvo un mes en la cuadra sin poder salir, privado de hierba fresca y paseos, justo el tiempo que tardó el sargento en reponerse. Pero el ánimo sancionador de los mandos no quedó ahí. En el verano murió ahogado un teniente en la piscina del cuartel y la sanción recayó entera en la instalación deportiva. Un año fuera de servicio. Menos mal que nadie murió de insolación, que si no el general de brigada de turno hubiera arrestado, o rebajado de servicio, al astro rey.
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27 mar 2019

Soldado

Me parecen lejanos los días en el que fui soldado, de los que llevaban uniforme y armas. Aunque parezca una cosa inocente, a mí me enseñaron a matar. Poco más. También aprendí que la disciplina y la obediencia eran obligadas, incuestionables, un tabú inviolable. Se decía en mis papeles de soldado que el valor "se le supone". Así que, fui discreto, traté de pasar desapercibido y esperar a que aquello terminara. Han pasado muchos años y pocas veces le doy vueltas. Pero cuando trato de entender aquellos días no le saco ni un provecho. Ni serví sinceramente a mi país, ni me sirvió para nada. Bueno sí, en caso de bombardeo de la aviación sé que me tendré que refugiar en el cráter hecho por una bomba anterior. Porque es difícil, decía un brigada, que dos bombas aterricen en el mismo lugar. ¡Jo! Menos mal que pertenezco a la primera generación de los Badaya en siglos que no ha sufrido una guerra. Que dure.
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8 feb 2019

Será que duda, creo

El general observa el campo de batalla desde una posición privilegiada. Sus oficiales, impolutos en su vestimenta, vigilan el movimiento de la tropa en el fragor de la batalla y se felicitan por la efectividad de la artillería que está haciendo una escabechina en el bando enemigo. Hasta aplauden según el tamaño del descalabro en las filas enemigas. Napoleón escucha y baja la cabeza. Está harto de ganar batallas y de no saber cómo explicar a sus compatriotas las bajas en su ejército. ¿Cuántos franceses podrán morir hoy sin que se me encrespen las aguas de la República? Y enmudece haciendo cálculos.
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3 ene 2018

Cuando todos éramos unos inconscientes

Los niños nos apelotonábamos en el perímetro del campo de entrenamiento, una ladera que dejaba ver perfectamente cómo entrenaba la 24 Compañía del Regimiento de Artillería número uno. Era una vieja cantera muy apropiada para ello. Un teniente muy chillón estaba al frente, dos sargentos y 4 cabos le acompañaban en las prácticas de lanzamiento de granada y los soldados sentados en la ladera esperaban su turno. Era fuego real. Una viejas cajas de madera dejaban ver las granadas perfectamente ordenadas, con sus anillas y lazo azul. Yo era todo ojos. Veía cómo cada soldado ocupaba el puesto de lanzador cuando un sargento lo llamaba, seguía las instrucciones de un cabo vigilante, introducía el dedo corazón en la anilla, extendía los brazos, los balanceaba de abajo arriba y, a la de tres, siempre a la de tres, lanzaba el proyectil por encima de su cabeza, quedándose con la anilla y el lazo entre sus dedos, seguía la trayectoria y, una vez seguro de que iba lejos, se tapaba los oídos con ambas manos y se lanzaba cuerpo a tierra. Lo normal era que se oyera de inmediato una explosión, viéramos una pequeña humareda y que la chavalería aplaudiera con entusiasmo. Pero lo que más nos gustaba a la gente menuda era cuando las cosas sucedían de otro modo. A veces el proyectil, bien lanzado, no acababa de estallar, o el soldado inexperto arrojaba lejos granada, anilla y lazo azul. Entonces un cabo se acercaba con precaución, casi a rastras, como los indios de los western, y localizaba el proyectil inerte, señalando su posición. Había un sargento regordete que apuntaba con un fusil, luego me enteré que era el famoso CETME, que la destripaba de un tiro certero. Entonces ya nos poníamos hasta de pie para aplaudir. Lo más emocionante era cuando el soldado inexperto lo hacía tan rematadamente mal que se azoraba y dejaba la granada a pocos metros de sus pies. Entonces era el caos. Todos se tiraban cuerpo a tierra o huían despavoridos. Menos los niños que éramos todos valientes y no cerrábamos los ojos. Tampoco nos reíamos, que el teniente estaba muy serio. ¡Cuidado con la fragmentación!, gritaba. Allí explotaba la granada y levantaba una polvareda de no más de un metro. Nadie resultaba herido y respirábamos tranquilos. Había un sargento que tenía una libreta en la mano y escribía lo que le dictaba el oficial que, a mí personalmente me daba mucho miedo, siempre estaba gritando o castigando. A éste no ocho días como a los torpes, sino 15 días de arresto, bramaba. Total, que después de casi un centenar de prácticas aquello se acababa muy a nuestro pesar. La tropa se retiraba, los cabos y varios soldados revisaban la vieja cantera donde se entrenaban y nos dejaban campo libre a los niños que entrábamos a saco en busca de anillas y cintas azules para nuestra colección. Pero recuerdo una vez que tuvieron que volver sobre sus pasos, porque el Josinas, un niño dos años mayor que yo, encontró un lazo azul muy limpio, con anilla y granada intacta. Mira, dijo con toda la ilusión del mundo. Entonces oímos un bramido peor que un trueno. ¡Quietos todos, chaval, no te muevas! Era el teniente. Nos mandó retirar a todos los críos, envió al cabo más espabilado que se acercara y éste le quitó suavemente el explosivo a Josinas que para ese momento lloraba a moco tendido. La depositó suavemente en el suelo y con un ¡lárgate chaval! muy poco considerado mandó a Josinas a nuestro lado. El sargento regordete reventó la granada de un disparo y estalló la tormenta. ¡Sargento Cienfuegos, arresto de un mes para los cabos! ¡Y una semana de rebaje para todas la compañía! El teniente estaba lanzado y lo peor es que sabíamos que llegaba nuestro turno. Nos miró con ganas de arrestarnos a todos. ¡Última vez que presencian el entrenamiento! Los niños no dijimos ni mu, no fuera que acabáramos en el calabozo. Ya no volvimos ningún miércoles por la tarde, fiesta en la escuela, a la vieja cantera. Para entonces ya sabíamos que estas cosas pasaban y que la culpa no era nuestra. Claro, los mayores meten la pata y se enfadan sin saber con quién. Fue injusto, la culpa era de ellos. Nos retiramos tristes, porque aquellas clases de formación para la guerra se nos acababan. A nuestra edad, a todos nos gustaba la guerra. Éramos unos inconscientes.
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28 nov 2016

Corazón de soldado

Enrique Carrerillas escuchó atento las explicaciones del sargento y llegó a la conclusión de que aquello podía mejorar su reputación de soldado, así que levantó la mano y se ofreció voluntario. Tomó el arma en su manos, por supuesto con el seguro echado, emprendió la carrera, saltó un obstáculo, dio tres volteretas reglamentarias, se incorporó y apuntó con su arma al enemigo imaginario. Muy bien, tomen todos ejemplo. Soldado, puede retirarse, que pase el siguiente, dijo el suboficial. Pero el recluta permaneció inmóvil con los ojos clavados en un punto fijo. Allí estaba, escondido malamente tras un arbusto, su comandante en jefe en una postura poco digna. Éste se incomodó y haciendo uso de la autoridad que sentía perdida, le gritó: Arrestado el fin de semana. ¿No sabe usted lo que es una gastroenteritis? Sí, mi comandante, le respondió en postura de firmes, llevándose la mano extendida a la frente, mientras el oficial trataba de ajustarse los pantalones. A sus órdenes, insistió con idea de rebajar la tensión. La tropa, que estaba a sus espaldas, no entendía nada, pero un sexto sentido les hacía pensar que era mejor no preguntar. Enrique Carrerillas, más rojo que un tomate, se incorporó al trote a la formación y supuso que había destrozado su incipiente carrera militar. Cuando regresaron al acuartelamiento se lo contó a sus compañeros que no pararon de reír la situación y reírse del soldado, augurándole por lo menos un mal fin de semana con los remordimientos de haber visto las blancurrias nalgas de un oficial. Pero no fue así. Al final el mando no cursó el parte de arresto y todo quedó en el olvido. Bueno, decía Enrique Carrerillas, ya más relajado, va a ser que los mandos tienen corazón. Y culo, no lo olvides, le recordaba un compañero guasón. O ninguna gana de dar explicaciones a otros mandos, añadía un soldado más realista.
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