Al
llegar a la puerta del cielo, le preguntaron al dictador que vivía
al oeste por qué había causado tanto horror entre sus
conciudadanos, y contestó que lo hizo por derrotar al comunismo y a
la masonería y así defender una sociedad cristiana y civilizada.
Que su dios le premiaría largamente, añadió. No dijo que sus
bolsillos habían reventado más de mil veces de tanto acumular
riquezas, ni de que vivía empachado de confort.
En
la misma época llegó a las puertas del cielo el dictador que vivía
en el este y le interrogaron sobre el porqué de tantas muertes y
tropelías entre sus gentes. Se justificó diciendo que defendía la
liberación del pueblo y el fin de la era capitalista. No mencionó
las regalías que había logrado para sí, ni la fortuna que había
amasado, pero estaba seguro que la clase obrera se lo agradecería
eternamente.
Cuando
se acercó a las puertas del cielo el dictador que vivía al sur del
mundo le repitieron la misma pregunta y se justificó diciendo que
quería librar a la humanidad de infieles e instaurar un mundo regido
por la ley islámica, que su dios se lo premiaría, sin duda. Y no
citó para nada la vida muelle que había disfrutado en este mundo
terrenal.
San
Pedro, el encargado de dar los pasaporte para el cielo, puesto
logrado en las últimas oposiciones ecuménicas a Guardián del
Paraíso, se lo pensó y al cabo de una breve reflexión les denegó
el acceso.
-Pase
que haya dado entrada a muchas de vuestras víctimas por sus vidas
ordenadas, íntegras y sufridas -les argumentó-, pero no me cuadra
que ahora os podáis reunir con ellas sin que os puedan recriminar el
pasado perdiendo los modales celestiales. Eso no es posible en el
cielo. Hala -les indicó señalando amenazadoramente la puerta con el
dedo índice-, iros todos por donde habéis venido y pasaros por el
infierno que es lo único en lo que tenéis verdadera experiencia.
-Pero...
-dijo uno de ellos.
-Es
que... -le interrumpió el otro.
-Escucha,
de verdad que... -dijo el tercero atropelladamente.
-¡A
la mierda! -les gritó, llevándose de inmediato la mano a la boca y
añadiendo-. ¡Uy, perdón!, que en el cielo no se dicen palabrotas,
ni están permitidos los malos modos. Y tapándose un ojo con la mano
izquierda, les echó de allí con una patada a cada uno en sus
respectivas posaderas. Desde lo alto, el que todo lo ve, dejó oír
su voz de trueno.
-Bien,
Pedro, bien. Es justo lo que haces, pero al de derechas le has dado
un poco más suave ¿eh? ¡Que se te ve el pelo...!
_____ o _____