La
vida de Jorge Malaespina fue siempre insulsa y anodina, hasta tal
punto que se puede decir que no suscitó interés en ninguna persona
del entorno. Más de una vez se preguntó por qué había recibido
tal castigo, por qué se le habían negado los placeres mundanos que
sus coetáneos parecían disfrutar, por qué los días de su vida
eran tan parecidos a sus noches, por qué... Creyó encontrar la
respuesta el día que su madre, ya mayor y en el lecho de la muerte,
le confesó.
-Hijo,
tú naciste de nalgas, ni desde el primer momento fuiste normal.
Tamaña
confesión no sumió a nuestro hombre en la desesperación, ni sirvió
para que se rindiera. Sabedor de que el destino se había
injustamente torcido con él desde el primer minuto de su vida,
decidió tomar cumplida venganza y militar con fervor en el
hedonismo, traspasando todas las fronteras autoimpuestas hasta el
momento y llegando literalmente a reventar de tanto placer. La culpa
la tuvo el medio quintal de helados de vainilla, coco y chocolate que
se trajinó en las últimas tres semanas de su vida.
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