
Nací
manzano hace más de 400 años y moriré como tal, ya lo sé, aunque
de momento resisto los achaques y, dicen, sufro episodios de ansiedad
ante la avalancha de visitas que padezco. Lo voy a contar mejor. Yo
crecí en la casa de un tal Isaac Newton, un despistado que una
tarde, allá por 1666, se adormiló bajo mi sombra y que no sé qué
teoría importante descubrió a partir de una manzana que se me
escapó de las manos, digo de las ramas. El caso es que él se hizo
famoso y yo, no sé por qué carajo, también. No me quejo, que
durante más de 15 generaciones, los Newton me han cuidado, eso es de
agradecer. Incluso, me mimaron cuando en 1820 un mal rayo me partió
en dos y tuvieron que darme mimos para que mis raíces levantaran
otro nuevo manzano. ¡Je, je,! Esto de regenerarse desde los pies es
una cualidad muy de los manzanos. Pero confieso que hoy estoy
agobiado, que vienen muchos visitantes a rondarme. Antes trepaban a
mis ramas, me dejaban sin manzanas y se llevaban trozos de corteza,
ramitas y hojas de recuerdo. Y a mí esto me agobiaba. Ahora me han
puesto una cerca de protección y ya solo me molestan con el flash y
con los gritos. La verdad que es duro ser manzano y, además, famoso.
Para colmo, como soy mayor, se me olvida todo, ni sé quién era el
tal Isaac, el del manzanazo. Yo cuento lo que oigo. Pero que conste
una cosa en mi honor: Yo no le tiré la manzana, que se cayó sola y
contra mi voluntad, como todo biennacido sabe y conoce. ¿O
acaso estamos los manzanos locos para tirar proyectiles a todo el que
se acerca? Que se sepa, mis manzanas se caen al suelo, directamente,
en perpendicular, hacia el centro de la tierra, atraídas por una
fuerza que viene de lo más profundo, sin que yo pueda hacer nada.
Osea, que lo de Isaac Newton no fue una agresión, ni nada de
gravedad. No sé que fue contando por ahí el tal Isaac.
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