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8 jul 2020

Hace 2260 años, por lo menos


Mi profesor de matemáticas está como una cabra. Nos hace las clases muy amenas y nos tiene cautivados, pero, vale, la mitad de lo que dice no se lo podemos creer. El otro día nos contó que en Siracusa, que está en Sicilia, hace más de 200 años a.C., un tal Arquímedes dio con el nº π. El solito lo descubrió colocando segmentos cada vez más pequeños en el perímetro de una circunferencia que tenía dibujada en la arena de una playa y llegó a la conclusión de que para medir la longitud siempre acertabas si multiplicabas el diámetro del circulo por el número π. Ante nuestra cara de aburridos, el profesor elevó la voz para que no nos durmiéramos, y aseguró que el número π es muy importante para hacer muchos cálculos. Y nos empezó a poner ejemplos. Bueno, más o menos le creímos casi todo, pero hubo una historia que no coló, porque parece que π sirve para todo. Se lo he contado a mi padre y ha puesto cara de tonto, como que se ha pasado un par de días callado y pensativo. Que ¿qué le he contado? Pues que decía el profesor chiflado ese que en 1996, en la universidad británica de Cambridge, un investigador que se llamaba Hans-Henrik Stølum, lo he mirado en los apuntes on line que nos pasa el profesor, calculó que la longitud doble de un río (sumadas ambas márgenes) equivalía con bastante exactitud a la distancia en línea recta entre su nacimiento y su desembocadura multiplicado por π. El más incrédulo de la clase fui yo y puse pegas, pero mis colegas tampoco se quedaron callados. El profesor se reía y se escabullía diciendo que “pasado un tiempo, ya me contaréis...”. Pues yo seré uno de los que tendré algo que contarle. Porque mi padre hoy ha abierto la boca y me ha dicho que ese profesor es un genio. Mira, hijo, me ha dicho, sabes que soy topógrafo y sabes que me he pasado la vida midiendo terrenos, carreteras, trazados de tendidos eléctricos y oleoductos, rutas fluviales... Pues te digo que de haber sabido manejar el número π me habría ahorrado muchos tiempos muertos en mis reflexiones y en mi trabajo. Y me lo ha dicho poniéndome la mano en el hombro, como si yo fuera amigo de Arquímedes.
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25 may 2020

La aventura incierta de tener un hijo


Cuando yo nací, mis padres siguieron el libro de instrucciones que había dejado escrito el iluminado de mi abuelo, tratando de cumplir todos los pasos marcados para conseguir un hijo a su gusto. Los objetivos eran dispares. Según mi madre, había que conseguir un santo que salvara el mundo y, por contra, mi padre buscaba un futbolista triunfador. El resultado ha sido un desengaño total. Ni doy patadas al pelotón, ni soy un modelo de nada. Apenas soy un cuentista.

NOTA: Relato seleccionado como finalista en ell VI Concurso Literario de minicuentos "Un libro, una vida". Abril 2020. Ver Mundo escritura (http://www.mundoescritura.com/concursos/microrrelatos.php)
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6 mar 2020

Fríjoles o alubias no fueron la solución

Ilustración de Pablo Auladell para Amor y pedagogía (ed. Vicens Vives)
Había un hombre que se llamaba Avito Carrascal que quería tener un hijo muy inteligente y muy preparado. Diseñó a conciencia camino, eligiendo una madre que ya de por sí diera garantías de poder alcanzar el objetivo. También pensó que las alubias habían de ser el alimento ideal, puesto que según sus pesquisas estimulaban la inteligencia de modo extraordinario. Algo se le torcieron las cosas, pues la mujer que había elegido no fue la madre de su hijo, sino la criada. Fue el primer desliz. Así fue como apareció en este mundo Luis Apolodoro Carrascal. Este ejemplar de homínido resultó ser muy impermeable a las consignas del padre y más partidario de la impronta de la madre, con lo que el sueño paterno se fue al carajo. Don Avito lo encajó como pudo y se rindió a la evidencia. El bueno de Luis Apolodoro se fustró tanto que acabó trágicamente con su vida. Y así acaba la historia paradójica de un padre iluminado y un hijo con ideas propias. ¡Ay, la vida!

Nota: Historia inspirada en el texto "Amor y pedagogía" de Miguel de Unamuno.
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