Érase una vez una pareja de patos que nadaba por una laguna en busca de algas que comer. En un momento dado, el pato se metió en un canal sin salida y su pareja se enfadó. Le dijo poco menos que era un inútil. El pato sabía que era un juicio excesivo e injusto y por un mecanismo instintivo de adaptación, decidió callar y así evitar una discusión más. Nada nuevo para él. Llegaron al nido que acababan de construir en un islote de reducidas dimensiones. La hembra se posó en medio del ramaje y se esforzó en poner un huevo. Lo mostró orgullosa y se quedó incubándolo. El macho se dedicó a acarrear pequeñas ramitas para completar el nidal. Eligió juncos suaves, hojas de aligustre y musgo de un viejo castaño. La pata lo aceptó en silencio, hinchó el pecho y alzó el pico a los cielos. Quedaba claro quién mandaba allí. Pero el pato siguió su plan, no llevó nada de alimento. Esperó a que la hembra abandonara el nido y se colocó sobre el huevo. Ahora sí que quedaba claro que él era útil y hasta listo, contingente y necesario.
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