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21 may 2021

Maldita psicosis


Un amigo de toda la vida me invitó a pasar una noche en su casa de campo recién estrenada. Era un lugar solitario en el que los vecinos más próximos quedaban lejos. Yo presumía de conocer bien a mi colega y de gozar de su confianza. Justo lo que él no tenía, es decir, no tenía confianza en nadie. Nada más llegar me tuve que proteger en el coche de un perro furioso que me tomó decididamente por enemigo, luego observé cómo el entorno de la finca estaba regado de cámaras para detectar intrusos, disponía también de un sistema de sonido que cada media hora soltaba automáticamente ladridos de, por lo menos, un dogo de lo más fiero. En fin, hice abstracción de tanta obsesión y conseguí que la estancia en la casa de mi amigo fuera placentera. Hablamos, bebimos y nos fuimos a dormir tarde. Al amanecer pasé por la ducha antes de desayunar. Me sorprendió ver un puñal adornando la bañera. Luego pregunté por qué o para qué estaba allí. La respuesta me dejó claro que mi amigo era un paranoico. ¿Has visto Psicosis de
Alfred Hitchcock? Yo, cuando corro la cortina, me dijo, antes que la toalla, agarro el puñal, por si acaso. En fin, qué más decir. Aquel día, de verdad, yo sí que corrí un tupido velo sobre todo lo que había visto. Al fin y al cabo se trataba de un amigo y un amigo, para mí, es sagrado.

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12 sept 2018

Anonimato perdido

Me llegó una carta al buzón que no era de un banco. Me dio un vuelco el corazón. ¿Existe alguna persona que utiliza aún el correo? Y creció el suspense, porque tenía mi dirección, pero no remite. La abrí. Eran amenazas e insultos a un conocido político que, recordé, yo mismo había escrito. Me quedé de piedra. Y muerto de miedo.
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9 abr 2018

Ataque de pudor

El osito de peluche se instaló en mi habitación, sentado en uno de los brazos de mi sillón de lectura, y se pasó una temporada fisgando todo, sin que yo me percatara de nada. Un día vi cómo movía sus ojos y me alarmé. Le coloqué castigado contra la pared y os juro que ya vivo más tranquila. Y por si acaso, le atravesé de lado a lado con un abrecartas.
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8 dic 2017

Mitos caídos

Nunca olvidaré el día en que mi abuelo, José Badaya, me llevó a cuidar sus colmenas de abejas melíferas. No te muevas, no te harán nada, me dijo. Y juro que esta profecía aún hoy se cumple. Mi abuelo era un hombre de temple que, abotonando los puños y cuello de la camisa y con su boina calada, recogía enjambres, movía colmenas o extraía los panales repletos de miel. Mientras tanto, yo le acompañaba embutido en un traje de astronauta raso, con escafandra, guantes y un fuelle ahumador que me hacía sentir más importante que Neil Amstrong, que en aquel tiempo se estaba entrenando para llegar a la Luna. Siempre pensé que mi abuelo tenía un valor extraordinario o una temeridad inmensa. Pero todo es más sencillo. Acabo de enterarme que las abejas huelen el miedo, que captan la adrenalina y sudor que genera la gente temerosa, que se ponen en guardia y activan unas feromonas que las vuelven locas por acabar con el intruso. Así que ya sé dónde residía el truco de mi abuelo. Y yo que pensaba que era más bravo que Buffalo Bill...
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10 may 2017

Instantes para olvidar

Doña Mercedes me ha llamado angustiada. Estaba a la puerta de su casa y no encontraba las llaves. ¿Perdidas? ¿Olvidadas dentro? ¿Tal vez colocadas en la cerradura por el interior? Cabían todas las hipótesis, había que pensar en lo peor, los bomberos, un cerrajero... Pánico. Ella se asomaba al abismo de la depresión. Cada vez estoy más perdida, me decía. Desesperación. Pero de repente se hizo la luz en su cara, relajó las mejillas, volvió el brillo a sus ojos, la sonrisa apareció en sus labios. Aquí están, exclamó palpándose la pernera del pantalón. Es que este pantalón no lo uso casi nunca, se disculpó, aunque me hace buen tipo, comentó coqueta. Todo cambió y la vida volvió a ser como siempre. 
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14 dic 2016

Odontofobia

Acudió al dentista relajado y valiente, era la primera vez que superaba el miedo a enfrentarse a aquel hombre que desde que era pequeñito le hurgaba en la boca y lo descomponía de tanto dolor. Tocó el timbre y con la mejor de sus sonrisas esperó a que abrieran. Apareció una señorita que le invitó a pasar y al tiempo se extrañó de ver un cliente tan risueño. Hablaron. Traigo su comanda de tacos del Charro Loco. ¡Ah, sí, lo ha pedido la doctora Leonor, déjelo en la mesa! Blandió su factura al viento dando a entender que faltaba la segunda parte de la operación y se quedó esperando a la tal doctora. Esta apareció al instante con la mascarilla puesta, una lámpara en la frente, un taladro plateado funcionado en la mano y unas manchas de sangre en la manga derecha de su uniforme verde claro. El repartidor de pizzas sintió un repentino vacío en el estómago, una total ausencia de aire en su cerebro y se desvaneció sin llegar a cobrar la comanda. Se despertó sentado en la escalera con una señorita al lado que le abanicaba. Perdone, le hemos sacado al exterior, porque cada vez que volvía en sí se desmayaba sin más. Creo que la consulta lo desvanece. Se incorporó, agradeció que le pusieran el dinero en la mano, y se despidió levantando el brazo. Perdona, oyó que le decían, nos conocemos de antes, ¿no? Echó a correr. Si se ponía a contar de qué, no se despertaría en una semana.
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20 ene 2014

El enigma de la abuela Nicolasa

En casa de la difunta abuela siempre hemos visto en el salón un cuadro inquietante. Se trata de un retrato de cuerpo entero en el que ella se encuentra posando. Se la ve erguida, con gesto displicente y sereno, sentada, con las piernas cruzadas y llevando un vestido largo con estampados informales y variopintos sobre fondo blanco.
Sabemos que la abuela Nicolasa murió en el estudio, durante el posado. Y sospechamos que por asfixia. La policía lo atribuyó a causas naturales, pero en la familia pensamos lo contrario. Yo siempre digo que el lienzo de fondo que aparece en el retrato oculta a una persona con los brazos alzados preparada para taponar con sus manos las fosas nasales de mi abuela.
Cuando lo comento, mi padre sonríe nervioso y mira hacia otro lado. Y esto me inquieta aún más. El era un adolescente. Mi abuelo el pintor
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NOTA: Texto presentado al concurso a partir de una imagen de diciembre en TRIPLE C

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7 ago 2013

"Aquello"

El tribunal popular quedó constituido como mandan las normas y todos sus componentes fueron aislados para no ser contaminados por la opinión pública en aquel juicio que concitaba toda la curiosidad del momento: 8 mujeres y 8 hombres llegaban a la sala con exactitud matemática y, de una manera perfectamente orquestada por el juez, escuchaban las confesiones del encausado, los alegatos de la defensa y las implacables pruebas de la parte acusadora. El jurado, poco a poco parece que iba tomando posición, vista la poca discusión que había entre ellos cuando debatían sobre el caso en una sala apartada, y que la prensa diaria misteriosamente llegaba a convertir en filtraciones de fuentes oficiales.Todos menos una mujer de edad, de dulces facciones, que no dejaba de llorar cada vez que hablaba el candidato a culpable. Hasta el punto que la defensa trató de averiguar qué lazos podían unir a ambos, por aquello de eliminar posibles empatías a la hora de juzgar a aquel violador en vías de abandonar el calificativo de presunto por el de confeso. 
La dulce mujer de cara serena y modales suaves permaneció muda. No se encontraron evidencias para que fuera recusada como parte del jurado popular, ni por sus antecedentes, ni por su historial médico, por lo que continuó en su papel de juez. Pero las lágrimas asomaron en sus ojos todos los días en los que se celebró la vista. Y aún más en los días posteriores en los que deliberó el jurado popular en una sala apartada y dictó sentencia condenatoria. Nada menos que 30 años de condena. No valió atenuante alguno ante la brutalidad de los hechos presentados.
La mujer de edad, de dulces facciones, cara serena y suaves modales dejó de llorar al poco y recuperó su vida aparentemente serena y normal. Olvidó todo. Un resorte mental, mecanismo del olvido o supervivencia lo llaman otros, hizo que corriera un denso velo sobre su historia reciente. Era el mismo velo que le había permitido vivir sin angustias, ni zozobras, ni paranoias, ni esquizofrenias o psicosis los últimos 50 años sin recordar aquello que le ocurrió con 14 años...

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26 jun 2013

Honor a la vieja usanza

A la vuelta de la esquina le esperaba una persona que puso mucho empeño en ocultar su identidad.
-Venga conmigo -le dijo tomándole firmemente del brazo y llevándole a un punto apartado.
El se vio definitivamente perdido. Le flaquearon las piernas al mismo tiempo que su cabeza hizo un rápido barrido a su historia reciente en busca de razones. No le extrañó, pues acumulaba más de un percance, importantes deudas repartidas por ahí y por allá, regates a la fiscalidad, impagos, alguna condena por alzamiento de bienes... 
-¿Se acuesta usted con Soledad? -le preguntó bruscamente el desconocido.
Le entró la risa de pensar que aquel hombre era el pobre marido burlado haciéndose pasar por un detective contratado para el caso. Y se envalentonó.
-Me acuesto rodeado de soledad, sí, no lo dude -le contestó esbozando una sonrisa burlona que al instante se transformó en una mueca de estupefacción y pronto en un espasmo agónico.
El desconocido limpió tranquilamente el gigantesco destornillador en la camisa del hombre tendido, se alejó guardando el arma en la manga de su gabardina, se bajó las solapas y se quitó las gafas de sol. Ahora sonreía él.
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