Aquel visitante de museos era un disconforme y un contestatario. No estaba de acuerdo con el culto que se rinde al arte, ni con la admiración devota que se tiene a las obras en sí. Y pensaba que merecían un poco de falta de respeto. Dicho y hecho. Burlaba la vigilancia de los cuidadores de sala, de las cámaras de seguridad y siempre colocaba algo irreverente en las obras. Que si un papelito entre los dedos de una estatua, que si un estornudo enfrente a un cuadro, que si mover una pieza de una instalación de arte efímero, que si tocar con sus dedos un lienzo... Alguna vez le llamaron la atención por acercarse demasiado, pero siempre se disculpaba educada e hipócritamente. Finalmente, en un museo saltó la alarma y pusieron en marcha su equipo de seguridad. Y acabó saliendo en todos los periódicos la noticia de que había sido identificado y denunciado un vándalo que profanaba obras de arte, dejando algo impropio en ellas. Como muestra, presentaban la prueba del delito: Todo fue que encontraron muestras biológicas esparcidas en las salas, en concreto, un moco, con perdón, que encontraron pegado en el culo del discóbolo de Mirón y cuyo ADN permitió identificar al desconsiderado individuo.
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