Me
llamo Juan Yanguas y pertenezco a una de las familias de prestigio de
la localidad. Tuvimos un abuelo alcalde corrupto declarado, una
abuela cabaretera en El Molino, allá en El Paralelo, un padre
futbolista que salía en los periódicos más por sus juergas que por
sus goles y una madre exmonja que se incorporó al grupo para
redimirlos a todos. Yo soy hijo único y heredero de la fortuna y del
prestigio de estos especímenes. Pero, como todos en la familia
Yanguas tenemos un orgullo barato y un ombligo muy grande, aquí no
hay quien viva. Todo son reproches silenciosos y malas caras. Total,
que nos aguantamos
en los cuatro momentos más convencionales e hipócritas del año y no
perdemos el tiempo en lanzar salvas al aire en cada encuentro
familiar. Nos odiamos cordialmente y sonreímos como angelitos de un
cuadro de Rubens. Hay un gen Yanguas que nos obliga a disimular. Con
decir que un antepasado nuestro llegó a ser filibustero, creo que ya
está todo dicho.
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