Aseguran
que tras la muerte todos tenemos que pasar por el juicio final, donde
se nos juzga según la bondad o maldad de nuestras vidas. Muchos
humanos llegan cargados de vanidad, porque dicen haber pasado la vida
haciendo el bien y lo demuestran en un abultado curriculum vitae.
Otros, llenos de dudas sobre su historia, esperan que el Juez Supremo
sea benigno con ellos. Los malvados arriban sin esperanzas, porque
son los primeros en saber sus fechorías. Pero en la puerta del cielo
no están tan claras las cosas. Dicen que hoy día la diferencia
entre bien y mal es muy sutil. Así que de momento, hasta que el
Supremo decida, se aplica la doctrina de "in dubio pro reo",
es decir, puertas abiertas para todos. Aprovechemos la
coyuntura, hermanos, murámonos hoy mismo.
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