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27 may 2022

Como Celtas Cortos


Un escritor experimentado y sesudo pasó un mes preparando un microrrelato de los de mandar a concurso. Seleccionó tres personajes y los ubicó en una comuna hippie. Se documentó para ambientarla y pensó en una trama con un final crudo y desalentador. Y comenzó a escribir una mañana del 20 abril de 1990. En la cuarta línea un personaje se rebeló y cobró vida propia haciendo su camino en la vida por su cuenta, otro personaje desertó en la octava línea y dijo que en aquella historia no se le había perdido nada, el tercer personaje, que debía aparecer en el último párrafo con un puñal en la mano, se aburrió de esperar ante tanta indecisión del autor y se fue a leer un periódico que nunca se acababa... Al autor, ya está dicho que experimentado y sesudo, se le saltaban las lágrimas de impotencia. Dobló el folio y se refugió en la bebida. Al final compartió con un argentino borracho sus penas en la barra de un bar. Boludo, acá tenés la historia, le aclaró. Un 20 de abril del 90.

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29 jun 2020

Cavilaciones de Oscar Wilde delante de un folio

A la hora de crear cuentos me defiendo en los temas de encargo, esos que te piden que te inspires en una imagen o los otros que te obligan a empezar por una frase o aquellos que te atan a un tema. Me defiendo, ya lo he dicho. También consigo un relatos aseados, según los cánones, cuando llevo una historia clara en la mollera. Pero, he de reconocerlo, me gustan los relatos locos que empiezas sin saber ni de qué vas a escribir. Por ejemplo éste. ¡Ostras, si no encuentro el nudo! Esto va a acabar en debacle. No pasa nada. Cierro los ojos, corro una cortina sobre mis últimos pensamientos y dejo todo para después. Es bien sencillo. La musa siempre acude, incluso cuando se trata de borrar todo lo escrito, porque, así de repente, se te ocurre otro desarrollo. Pero en fin, no es el caso, que me da que este texto, que iba para catástrofe, se puede arreglar con un título pomposo. Aunque apócrifo, claro. Que me perdonen los editores. 
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6 dic 2019

Sabueso perspicaz

El escritor novel, después de dar muchas vueltas en la cabeza a la idea, consiguió escribir una historia. Hablaba de un novato que quería presentar un texto a un concurso y que, como se le echó el tiempo encima, llegó fuera de plazo. Tal fue su desespareción que decidió tomárselo a la tremenda y planeó suicidarse a las 8:30 de la mañana del día siguiente tirándose desde un puente muy alto a un torrente furioso que pasaba por su ciudad. Por lo menos, escribió en la última frase, sentiré las caricias del aire cuando descienda en el vacío. Su madre, poco ducha en estas cosas de la creación, fisgó en pantalla el escrito y se lo tomó tan en serio que llamó a la policía para que pusieran freno a aquel intento. El sargento Pedrosa, que se hizo cargo del caso, lo arregló fácilmente con una llamada telefónica que realizó delante de la madre. Manuel Marrodán, preguntó, ¿me explicas dónde hay un puente muy alto en nuestra ciudad? Es que estoy recogiendo información para un tríptico turístico. ¿Puente? Si esta ciudad es llana como la palma de la mano... Vale, vale, perdone, perdone. El sargento cortó la llamada, se encogió de hombros y sonrió. ¡Ay! No me diga más, qué susto me he llevado, son cosas de madres aprensivas.
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14 ago 2019

Pues no me rindo

Una vez me presenté a un macroconcurso de microrrelatos. Nunca supe si me leyeron, porque nadie me confirmó la recepción de mis creaciones y si entraba a concurso. Insistí varias veces más. Al cabo de un tiempo publicaron por fin un texto en la Web sin explicación alguna. Por supuesto, me hizo ilusión. ¡Ya soy escritor!, grité a los cuatro vientos. Y me preguntaba si los lectores me leerían a gusto, si les parecería interesante, si... Fue un chasco, Nadie hizo un comentario y solo recibí un voto anónimo que agradecí mucho. Tuve yo que añadir otro más para hacer bulto. Y ahí acabó mi empeño por encontrar espacio en el Olimpo literario. Paradojas. Soy un microescritor insignicante en el macromundo de los minirrelatos, sobreviviré con unos cuantos suspiros de inspiración. ¿O expiración quizás?
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28 jun 2019

San Virila, precursor

El joven estudiante construyó un cuento de un tirón, en apenas 5 minutos. Mucho más tiempo le llevó corregirlo, mejorar el léxico, ajustar la sintaxis y dotarlo de una coherencia poética y sugestiva. Y con la última mirada se enamoró perdidamente de su obra, tanto que quedó cautivado con el magnetismo de la historia. Así sufrió el primer ataque severo de insomnio. Soy como San Virila, se dijo, el monje del monasterio de Leyre que quedó dormido por años, extasiado ante el canto de un ruiseñor. Y así despertó no un escritor prometedor, sino el narcisista que llevaba dentro, algo muy distante del monje que mencionaba.
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3 may 2019

Ayer mi padre soñó en voz alta


Me queda un regusto amargo en la boca, gritó en medio de la noche. Mando todas las semanas un microcuento a la Cadena Ser y no me contesta nadie. Por lo menos podían tener un robot que dijera, por ejemplo, "usted ha llegado al segundo grupo de la votación y no ha pasado el corte por su falta de sentido poético o simplemente por insustancial". Vale, se justificó, ya sé que soy muy pedreste, lo siento. La semana que viene volveré, que estos milindris no se libran de mí tan fácil. Mi madre y yo aún nos preguntamos en qué aventura anda metido papá. Estamos preocupadas.

NOTA: Texto presentado el 25-4-19, en la  XII Edición de Relatos en Cadena, concurso de microrrelatos de la Cadena Ser, cuya condición de inicio es dar comienzo al relato con la última frase o fragmento del cuento ganador de la semana anterior.
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24 dic 2018

Una y mil novelas

Encontré en una ocasión un libro al que le faltaban las últimas 30 páginas. De primeras fue una frustración ver que no sabría cómo podía acabar aquella historia. Pero lo que un principio pareció ser un chasco, acabó siendo una bendición, porque acabé yo mismo convirtiéndome en autor. Tantos finales se me ocurrieron que aún conservo la pasión por las historias y mi amistad con las musas. Ya conocéis, pues, un poco más a Juan Badaya.
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2 may 2018

30 mar 2018

Miedos personales

El viento es indiscreto como el que más. Con eso de que refresca en verano le abrimos todas las puertas, fisga en todos los rincones y luego cuenta todo al oído ajeno. Por eso estoy encerrado en la bodega del tío Juan. No quiero que nadie sepa que soy escritor.
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NOTA: Publicado el 28-03-2018 en Cincuenta Palabras, blog que edita relatos de exactamente 50 palabras.
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25 sept 2017

El placer de imaginar

Fue emocionante la intervención de Matthieu con el violonchelo. Entornó los ojos y movió el arco con pasión arrancándole una melodía, a veces tierna y pausada, a veces dramática y enérgica... Era un diálogo en toda regla que Gimeno acompañaba magistralmente a la percusión, mientras Esteve rasgaba la guitarra acompañando aquella discusión musical. Y yo, hechizado, trataba de imaginar la escena que retrataba el artista. ¿Una ruptura sentimental? ¿Un paisaje extasiador? ¿Un drama humanitario? ¿Con qué motivo saltó la chispa creativa del artista? Recordé el título de la canción, Clar de Lluna y pensé que no andaba descarriado. Aquello cuadraba en aquella noche de jazz. Era pura conexión con el público que asistía rendido, abducido, obnubilado, atrapado, desarmado... ante tanto arte. Eran Jereztexas.
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7 jul 2017

La obstinación de un genio

Juan Seisdedos era inventor. De poca monta, pero inventor al fin y al cabo. Siempre encontraba una solución para cualquier problema que veía, dándole salida con muy poco gasto y mucha imaginación. Su casa estaba llena de mecanismos que ayudaban a realizar las tareas domésticas. El problema era que el funcionamiento de sus artilugios y tinglados era complicado. Su mujer, Mónica Rácter, era su mayor enemiga en estas cuestiones. La de tiempo que me haces perder, se quejaba, con tu sistema de autolimpieza de cocina. El marido no entendía esta desaprobación, ya que el mecanismo de autosucción controlada (un ventilador móvil que empujaba las partículas del suelo hacia varios puntos de succión en el rodapié) dejaba la cocina limpia como un sol. Es que tengo que ausentarme 30', cuando yo eso lo hago en 5' con la escoba, añadía. Juan Seisdedos guardó silencio e, inasequible al desaliento, se encerró en su gabinete dispuesto a dar solución a este nuevo reto. A los tres días y noches sin dormir, abrió la puerta y se presentó en la cocina con una nueva solución: el babero/delantal panorámico electrostático, capaz según él de atraer la porquería sin que llegara a caer al suelo. Su esposa, Mónica Rácter, dio pronto su vaticinio. Si no me puedo ni acercar a la cocina o a la mesa a menos de medio metro... Cuentan las crónicas que el siguiente paso de Juan Seisdedos fue ya por el servicio de urgencias hospitalarias de su ciudad. Porque, dicen, atendiendo a la inspiración de su esposa, redujo el diámetro de babero/delantal panorámico electrostático, incorporó un succionador de partículas varias con un sumidero lateral dirigido a una bolsa extraplana y que en el primer ensayo perdió las gafas, la mitad del flequillo y la nariz se quedó presa obstruyendo el orificio, afortunadamente, porque era serio candidato a perder la dentadura, los glóbulos oculares y hasta las orejas. En el servicio hospitalario le saludaron con un “Hola, inventor, qué pasa hoy”. Eran viejos conocidos. 
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