
Juan
Seisdedos era inventor. De poca monta, pero inventor al fin y al
cabo. Siempre encontraba una solución para cualquier problema que
veía, dándole salida con muy poco gasto y mucha imaginación. Su
casa estaba llena de mecanismos que ayudaban a realizar las tareas
domésticas. El problema era que el funcionamiento de sus artilugios
y tinglados era complicado. Su mujer, Mónica Rácter, era su mayor
enemiga en estas cuestiones. La de tiempo que me haces perder, se
quejaba, con tu sistema de autolimpieza de cocina. El marido no
entendía esta desaprobación, ya que el mecanismo de autosucción
controlada (un ventilador móvil que empujaba las partículas del
suelo hacia varios puntos de succión en el rodapié) dejaba la
cocina limpia como un sol. Es que tengo que ausentarme 30', cuando yo
eso lo hago en 5' con la escoba, añadía. Juan Seisdedos guardó
silencio e, inasequible al desaliento, se encerró en su gabinete
dispuesto a dar solución a este nuevo reto. A los tres días y
noches sin dormir, abrió la puerta y se presentó en la cocina con
una nueva solución: el babero/delantal panorámico electrostático,
capaz según él de atraer la porquería sin que llegara a caer al
suelo. Su esposa, Mónica Rácter, dio pronto su vaticinio. Si no me
puedo ni acercar a la cocina o a la mesa a menos de medio metro...
Cuentan las crónicas que el siguiente paso de Juan Seisdedos fue ya
por el servicio de urgencias hospitalarias de su ciudad. Porque,
dicen, atendiendo a la inspiración de su esposa, redujo el diámetro
de babero/delantal panorámico electrostático, incorporó un
succionador de partículas varias con un sumidero lateral dirigido a
una bolsa extraplana y que en el primer ensayo perdió las gafas, la
mitad del flequillo y la nariz se quedó presa obstruyendo el
orificio, afortunadamente, porque era serio candidato a perder la
dentadura, los glóbulos oculares y hasta las orejas. En el servicio
hospitalario le saludaron con un “Hola, inventor, qué pasa hoy”.
Eran viejos conocidos.
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