Al doblar la esquina tropecé con una lombriz hermafrodita. Le pedí disculpas por mi torpeza y me las aceptó. Yo vivo sola, me dijo y no tengo conflictos con nadie. Así que no entiendo que usted piense que me ha molestado. Pero, perdón por el tuteo, le dije. Tú ¿no discutes ni te enfadas con nadie? Ni conmigo misma mismamente, je, je. ¿Y eso? Pues, porque soy hermafrodita, ya lo sabe usted, sin pareja, ni amigos. Me dejó pensativo. No le choqué la mano, porque era imposible, pero sí le dije que tenía una piel muy suave, un tacto increíble y que me gustaba su compañía. Salió corriendo, perdón, culebreando, y se perdió en un terrón de tierra húmeda que encontró allí mismo. Así yo también viviría sin conflictos, joder, le grité.
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