El día del Juicio Final acudieron todos los mortales al cielo a pasar el filtro de los justos y poder formar parte in aeternum de la Corte Celestial. Como cada cual argumentaba en su provecho, tuviera o no tuviera argumentos, hubo muchos veredictos, apelaciones y recursos que tuvieron que ser resueltos precipitadamente por el Juez Supremo de Todos los Tiempos, es decir, Dios Padre. Dada la cantidad de trabajo, y de aburrimiento, que esto le trajo, puso a trabajar a sus órdenes al mismísimo Salomón, rey de la Jerusalén de los tiempos bíblicos, pero fue despedido de inmediato porque pretendía dictar las sentencias descuartizando niños y, ya le dijeron, eso no era celestialmente correcto en tan excelso tribunal. Y se recurrió finalmente a Sócrates, famoso por su honestidad en la aplicación de la ley, aún cuando le perjudicara a él gravemente.

Pero el Dios omnisapiente que estaba al tanto de la vida y andanzas del sabio griego, por un despiste celestial y disculpable, no contaba con que el filósofo heleno era más partidario de preguntar hasta la extenuación que de dictar sentencias. Y es así que, después de muchos años, el Juicio Final sigue inacabado, pues el bueno de Sócrates, fiel al método mayéutico, sigue aún lanzando preguntas al primero de los aspirantes al cielo que le correspondió, esperando que él mismo se juzgue y sentencie. Genio y figura hasta después de la sepultura.
Por lo que se sabe, Dios omnipresente ha parado el reloj del paraíso y asiste divertido al diálogo. Así que, ya saben los pecadores que esto leen, el Juicio Final va para largo, estén tranquilos, pero tengan preparadas respuestas por si les toca enfrentarse al juez ateniense.
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Cuando se enteró de que la policía había entrado con gran despliegue y tremendo escándalo en el apartamento de su vecino a las 4'00 horas de la mañana y que se lo había llevado detenido bajo una grave acusación, se santiguó, como hacían los antiguos, y cuando un reportero de una televisión local le pidió su opinión, se llevó la mano a la boca para exclamar lo que pedía el guión,
-No me lo puedo creer. Si era un vecino ejemplar -y lo argumentó-. El juez está en un error.
A la semana cambió el discurso y ya elaboraba frases más certeras.
-Es que llevaba una doble vida, ¿quién lo iba a sospechar?
Así es como acabó aceptando la versión oficial que lo presentaba como delincuente peligroso, presunto autor de terribles fechorías que no reparó en medios para conseguir sus objetivos.
Y le dio por pensar que detrás de cada persona se puede esconder una vida encubierta y secreta que, de saberse, podría dejar estupefactos a todo el vecindario. ¿Cuál era su caso? Lo pensó brevemente y sintió vértigo, reaccionando como si despertara de un mal sueño. Algo debió ver.
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Durante un tiempo el gato Mefisto fue una mascota bien cuidada. Sobrealimentado a conciencia, llevó una vida muelle en la que se solazaba en un jardín, dormitaba en un sofá y disfrutaba de las caricias gratuitas que le dispensaban. Nunca le importó compartir aquellos placeres con nadie, ni siquiera con sus enemigos ancestrales, los canes.
Pero un día le abandonó la fortuna, se perdió, y pasó a ser un gato callejero, donde el pasado bienestar solamente lo disfrutaba en sueños. Le tocó sufrir la insolidaridad de sus congéneres, el desprecio e indiferencia de los humanos, la agresividad de la calle, el hambre, en fin. Y lloró como lloran las víctimas defraudadas por la vida hasta blindar su corazón con la coraza de la impiedad. Así aprendió a matar para sobrevivir, a pelear por el mejor bocado en un vertedero, a imponer sus deseos ante las hembras en celo, a huir, trepar, esconderse cuando estaba en peligro.
Cuando pasado un tiempo su primitivo dueño lo recuperó, ya no era la mascota cándida que jugueteaba displicente con los humanos, ya no dormitaba al sol con los ojos cerrados, ya no... Ahora escondía bajo tierra la comida, cazaba pájaros que devoraba presuroso, dormía en un lugar desconocido, era reacio a las caricias, ronroneaba de manera agresiva...
El dueño, sorprendido por aquella metamorfosis, acudió a un veterinario experto en psicología gatuna que, oído el historial del minino, diagnosticó un brote antisocial que debía ser tratado con ansiolíticos.
-Pues yo tomo regularmente Orfidal -dijo el dueño.
-Pues dele una pastilla todos los días al amanecer -sugirió el terapeuta gatuno-. Es un tratamiento barato.
Desde entonces el gato ha vuelto a ser el mismo. Ha recuperado peso y la costumbre de solazarse en el jardín, dormita en el sofá, se deja acariciar... Eso durante el día, mientras duran los efectos del fármaco. Porque al anochecer, lejos de los ojos del dueño, se transforma en la versión felina del mismísimo doctor Jekyll y el señor Hyde. Es, quién lo iba a decir, un gato de doble personalidad con trazas de padecer algún mal humano.
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Se percató del problema camino del trabajo y sufrió un ataque de ansiedad tal, que tuvo que descender del autobús y sentarse en un banco del parque con la cabeza entre las manos para que no le estallara. El problema residía en que la manilla de los minutos de su reloj se había detenido y la que marcaba las horas corría más rápido de lo convencional. Era todo un presagio.
-Ahora transcurrirán los días, los meses y años a más velocidad -se decía-, No disfrutaré de los minutos, ni de los segundos, de los pequeños momentos.

Allí mismo solucionó su problema de un modo primario. Asaltó a un anciano que arrastraba sus pies por un camino de tierra roja y le robó su viejo reloj de pulsera. Salió corriendo, por el camino arrojó el suyo a un estanque y se colocó en la muñeca el “nuevo”. Llegó al trabajo más tranquilo, justo cuando el gran reloj digital que marcaba los tiempos en la sala de trabajo señalaba el inicio de la jornada laboral. Giró los ojos hacia su muñeca para acompasar ambos y el corazón le dio un vuelco. En aquella esfera había dos agujas detenidas con una inscripción que rezaba: Ave Caesar, morituri te salutant. Allí mismo sufrió una embolia mortal.
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Se despertó con ganas de comerse el mundo y de poner las cosas en su sitio, como debía ser. Contaba para ello con su entusiasmo, energía y convicciones. Así que inició la jornada de la manera habitual. Se subió a la bicicleta y pedaleó con
fuerza, cumpliendo a rajatabla los objetivos propuestos. El sudor perlaba su frente y tocaba ya con los dedos el éxito. Al cruzar la meta, levantó los brazos con el signo de la victoria y se emocionó de satisfacción. Y cuando descendió de la bicicleta estática se sumergió en aplausos imaginarios que él solo escuchaba.
A su alrededor, mientras tanto, todo seguía igual
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La instalación no dejaba de ser una gran jaula espaciosa donde los canes encontraban cobijo y una cierta libertad de movimientos. El dueño acudía diariamente a darles alimento y jugaba con ellos amistosamente. Sin embargo, los visitantes éramos recibidos con sonoros ladridos y una agresividad que no pasaba a mayores gracias a la sólida alambrada que rodeaba la instalación.
-¿Estos perros no estarían mejor sueltos y paseando por el campo? -comentó el paseante que, curioso, observaba la escena.
-¿En una casa con personas? -preguntó el cuidador.
-Sí, como otros muchos.
El dueño de los perros miró fijamente al curioso y dejó caer una frase contundente.
-No hay que dar a un perro vida humana, ni a un humano vida de perro -y añadió-. Cada uno en su sitio está bien.
El intruso calló, los perros siguieron moviendo la cola y comiendo con avidez y aquel filósofo cuidador de canes nos despidió con una sonrisa.
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