25 abr 2014

Sócrates

El famoso filósofo ateniense que, por cierto, era de fuertes convicciones religiosas, fue procesado en el año 399 a. C. por despreciar a los dioses de la ciudad y, por ende, corromper a los jóvenes. El veredicto, para un hombre que sólo pecó con la palabra, fue terrible: pena de muerte. Visto que la decisión se tomó por escasa mayoría, el filósofo se atrevió a hacer alguna propuesta.
-Dado el poco valor que tiene un filósofo, podrían conmutar la pena máxima por una multa...
Esta ironía enervó tanto al tribunal que ratificaron la sentencia con más fuerza.
El día de la ejecución, presumió de buen ciudadano ante sus discípulos y asumió que debía cumplir las leyes. Incluso, tuvo una última pregunta para sus seguidores.
-A vosotros os toca vivir, a mí morir. Dios sabe cuál de las dos cosas es mejor.
Era Sócrates, el irrepetible creador de dudas.

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23 abr 2014

Amor al arte

El cantante de jazz exprime su garganta en gorgeos increíbles que hacen entornar los ojos a los oyentes para multiplicar las sensaciones placenteras en los oídos. A más de un espectador se le escapan lágrimas emotivas. Al bajista, que mantiene el ritmo con sones rotundos en la clave de sol, se le escapan miradas de odio al solista, porque lleva dos semanas sin jornal. En venganza adelanta el compás en cada cambio de línea en el pentagrama para que reconozca su descontento. Al finalizar, una lluvia de aplausos premia a todos que no paran de agradecer con venias su condescendencia. En el camerino, sin embargo, el reproche se transforma en trifulca que acaba con el solista afónico y con dos cuerdas del instrumento rotas que, naturalmente, deberán ser sustituidas con el pecunio del músico. El bajista llega a su casa cariacontecido y con serias dudas sobre la estrategia reivindicativa elegida.
-¿Un artista no vive siempre en el filo de lo posible? -le pregunta una voz interior que siempre le acompaña en las noches tristes. No se sabe si la misma voz interior o el sentido de la realidad le contesta que, efectivamente, solo el placer por el placer sirve para compensar el hambre.
Y aquella noche duerme apretándose el estómago y pensando en los acordes que acompañarán a su canción preferida, ésa que interpreta con los ojos cerrados y rotundos movimientos sensuales.
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21 abr 2014

Correspondencia

Era la tercera vez que el cartero hacía lo mismo y pensó que debía encontrar una solución. No sabía quién era Juana Alaña, el nombre que figuraba siempre en la dirección de aquel sobre que equivocadamente introducían en su buzón. Y cuantas veces lo devolvía por el conducto oficial, otras tantas le llegaba de nuevo a ella. 
Después de algunas pesquisas entre el vecindario consiguió que un jubilado le contara que ése era el nombre de una arrendataria que vivió en esa dirección unos 20 años ha y que falleció tras una larga enfermedad. Y con esta información se sintió libre ya de obligaciones. Un alivio.
Pero volvió a recoger la carta de nuevo en su buzón. La depositó en la mesa de la cocina, la examinó a la luz de la lámpara y sintió un irresistible ataque de curiosidad. La abrió.


Sra. Juana Alaña: 
Represento a Mr. John McCocking, recientemente fallecido en Saint Patrick Hospital of California. Me dirijo a usted para hacerle saber que en el testamento figura un mandato de compensar con 1 millón de dólares a usted, Juana Alaña, que le acogió generosamente en la dirección que figura en este sobre en el año 1968, cuando recorrió Europa como hippy. Y como albacea de Mr. McCocking quisiera cumplir su mandato sin trámites engorrosos ni supervisión fiscal, por lo que le agradecería que a vuelta de correo me indicara una dirección segura a la que enviar el dinero camuflado en un paquete de correos ordinario. Como único aval de que usted es la persona indicada le pedimos que envíe alguna foto de Mr. McCocking que, sin duda usted guardará. Él siempre la recuerda como una fotógrafa apasionada. 

Atentamente 

Mr. Lewis McLaughing 

La leyó atentamente dos veces, incluso tres, deteniéndose en especial en el aval. Se levantó pausadamente, fue hacia la entrada y abrió un artístico armarito donde guardaba llaves. En la portezuela, tras un cristal protector, había una foto que siempre le había intrigado. La extrajo con cuidado y la observó. Efectivamente era un un hombre joven, con vestimenta hippy, que posaba con una mochila al hombro.
Aquel podría ser John McCocking, pensó. Y miró en el reverso del retrato. De manera borrosa aún se leía una proposición de casamiento muy directa: Juana, when will you marry me? John. De verdad debía apreciar mucho a Juana Alaña, pensó.
No hubo dilemas. Envió la foto al sitio indicado y al cabo de un tiempo recibió un paquete con la cantidad prometida en billetes usados y con numeración no consecutiva. Por si acaso, señaló astutamente la dirección de la Cruz Roja local y estuvo muy atenta a los envíos postales durante un mes. Ella trabajaba como voluntaria en la administración y aquel mes se mostró muy activa y enfervorizada con su filantrópico trabajo.

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20 abr 2014

El letroso de Macondo (un homenaje)


Brígido nació analfabeto y murió sin saber descifrar siquiera un renglón de cualquier manoseado periódico de la taberna de Asclepíades, tabernero en Macondo desde que echó, allá por principios del siglo XX, los dientes de leche. Aguantó con parsimonia monacal el mote de "letroso" y las chanzas de sus vecinos por su incapacidad con las letras. Pero jamás se dejó seducir por abandonar el mundo de los analfabetos, pues nunca pretendió descodificar dos garabatos en un papel, ni sintió necesidad de hacerlo. 
Sin embargo, tras su muerte misteriosa se desató el asombro de toda la comarca de Macondo. La obligada autopsia, ordenada por el ordinario del lugar, dejó patente tres evidencias incontestables: Primero, había muerto de un empacho o mala digestión de una sopa de letras que le preparó su anciana madre, doña Resurrección Adrede. Segundo, las letras de pasta italiana de fabricación local, permanecían intactas en su estómago, libres del implacable ataque de los jugos gástricos. Y tercero y último, las letras fueron extraídas de su estómago formando una cadena perfectamente ordenada en la que se leía de manera poco dudosa:
 Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, 
el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota 
en que su padre lo llevó a conocer el hielo...

El asombro del personal fue extraordinario. El obispo aseguró que de ser otra la frase, por ejemplo citas bíblicas, Brígido estaría cercano a la santidad; el maestro, don Ulpiano, se sintió humillado por la displicencia con la que Brígido se había relacionado con él y el brillante y culto final dado a su existencia; el alcalde, más pragmático, juraba que aquel remate sobrenatural dado a la vida por Brígido, bien podía convertirse en reclamo científico y turístico para relanzar a Macondo en el mundo entero.
La madre, doña Resurrección Adrede era de otra opinión: Su patente ceguera le había hecho confundir alguno de los condimentos de la sopa homicida, pero proclamaba a los cuatro vientos que era por una intervención divina que su hijo muriera citando mismamente el primer versículo del Génesis, primer libro del Pentateuco, el que da inicio a las Sagradas Escrituras que son fundamento de la vida de las buenas gentes que en el mundo habitan.
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18 abr 2014

Recursos contra la depresión

Recogió todas las penas acumuladas en su alma y las hizo desaparecer por el sumidero de la fregadera de su casa con un potente chorro de agua que las arrastró hacia las cloacas de la ciudad formando un remolino vistoso y enérgico.
Y se sintió aliviada. Aquel día no necesitaría tomar doble ración de ansiolíticos, sólo la mitad.
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16 abr 2014

Imperceptible impunidad

La cebolla perdió su primera capa y protestó con un gemido apenas perceptible. Al poco le separaron el muñón que aún quedaba de sus raíces y de la cresta que coronaba su redondez plácida.
Contuvo la respiración antes de prorrumpir en un grito sin final que retumbó en la cocina. 
La estaban triturando en pequeñas porciones y lanzando hacia una sartén en la que crepitaba el aceite. Antes de inmolarse como mártir de la nueva cocina, soltó un juramento que no llegó a su final porque murió allí mismo. Su espíritu exánime quedó flotando en la atmósfera de la cocina como una maldición para el autor del cebollicidio.
-Me empiezan a llorar los ojos -dijo el criminal. Algo sabía él de su fechoría.
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