Se
estrelló en el suelo un vaso y todos dirigimos la mirada al lugar
del que provenía el estruendo. Todos sentimos pena de que
disminuyera la vajilla heredada de la abuela y todos sentimos el
deseo de lanzar un reproche al culpable.
Algunos, convencidos de su
poder de convicción, lo hicieron con frases largas y amenazantes,
clamando por el poco saber estar del causante del desaguisado. Otros
callamos, era perder el tiempo. Y el autor del estropicio sólo
mostró arrepentimiento cuando mi hermano mayor se acercó con la
escoba a recoger los restos. Era el gato. Se escondió.
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