22 jul 2026

En honor de Argos

Me parece, Simón, que no contamos bien ayer la historia de Argos. ¿El perro de Ulises? El mismo. Resulta que el can era fuerte, veloz, gran rastreador, amigo, cómplice y compañero de Odiseo, el rey de Ítaca, etc y etc. Vamos que eran amigos muy queridos, como puede ser un humano y un perro. El caso es que desapareció su amo y el perro quedó solo, abandonado, triste y falto de cariño. ¿Qué hizo? Jurar fidelidad eterna a su señor y esperarle hasta su vuelta. ¿Exactamente lo mismo que Penélope? Lo mismo, Simón. Es curioso que en el S. VIII a.C. ya se escribiera sobre la lealtad de los perros. Los griegos se lo sabían todo y lo explicaban en sus relatos míticos. Es verdad, Simón. Pues resulta que, trascurridos 20 años, muchos para un can, regresó su amo disfrazado de mendigo y con los rasgos alterados con la ayuda de la diosa Atenea. Nadie lo reconoció, salvo su hijo Telémaco que guardó el secreto, y su leal amigo Argos. El pobre estaba tumbado en estiércol, enfermo y débil. Pero acertó a incorporarse, bajar las orejas y mover el rabo. Ulises, por no perder el anonimato, pasó de largo soltando una lágrima que debió ser suficiente para el perro, porque, dando por cumplida su promesa de esperar a su amo, se desplomó muerto allí mismo. Bonito ¿eh? Ay, Machuca. A los perros les hace grandes la falta de ambición, eso que tanto nos sobra a los humanos. Va a ser que sí, Simón.
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