3 feb 2017

Santimamiñe, del magdaleniense

En la entrada de la cueva crepitaban las llamas y una vieja ahuyentaba el humo batiendo una piel. En el interior un anciano escarbaba con las uñas la médula de un hueso sacado del fuego y se soplaba las yemas para aliviar la quemanzón. Al fondo de la cueva, un hombre provisto de un tizón, pintaba en la pared. Un niño tiritaba sobre un lecho de hierba y una mujer joven y embarazada curtía una piel eliminado los pelos con una raedera que movía con enérgico vaivén. Tres adolescentes molían semillas sobre una piedra desplazando una rodillo por encima, recogían la molienda en un cuenco de calabaza con agua y lo acercaban al calor de la hoguera. Entonces apareció un hombre mayor de luenga barba y abundantes canas que llamó a todos con grandes voces. Se dirigieron al interior de la cavidad y se detuvieron frente a las pinturas recientes, seis caballos, un oso, unos cuantos bisontes y muchas cabras. Todos se postraron de hinojos con un silencio reverente. El oficiante de la ceremonia les juró que todo lo que había allí estaría pronto en sus manos. Todos se enardecieron y prorrumpieron en gritos de entusiasmo. El niño aterido se acercó a la pared, tomó el tizón y dibujó en pocos trazos un sol con muchos rayos. Todos aplaudieron, pues todos deseaban la desaparición de los hielos y templar de una vez sus cuerpos. Al chamán, sin embargo, no le hizo ninguna gracia aquella intromisión en sus poderes. Pero sonrió. Se le acababa de ocurrir una idea. Aquel niño desnutrido sería la próxima ofrenda que harían a los dioses si las cosas no se enderezaban. Volvieron todos a sus tareas y el chamán se tomó en grandes sorbos la sopa que le habían preparado en la calabaza. El niño lo observó con envidia y pensó que también tendría que haber dibujado en la pared una calabaza hueca.
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