En
la entrada de la cueva crepitaban las llamas y una vieja ahuyentaba
el humo batiendo una piel. En el interior un anciano escarbaba con
las uñas la médula de un hueso sacado del fuego y se soplaba las
yemas para aliviar la quemanzón. Al fondo de la cueva, un hombre
provisto de un tizón, pintaba en la pared. Un niño tiritaba sobre
un lecho de hierba y una mujer joven y embarazada curtía una piel
eliminado los pelos con una raedera que movía con enérgico vaivén.
Tres adolescentes molían semillas sobre una piedra desplazando una
rodillo por encima, recogían la molienda en un cuenco de calabaza
con agua y lo acercaban al calor de la hoguera. Entonces apareció un
hombre mayor de luenga barba y abundantes canas que llamó a todos
con grandes voces. Se dirigieron al interior de la cavidad y se
detuvieron frente a las pinturas recientes, seis caballos, un oso,
unos cuantos bisontes y muchas cabras. Todos se postraron de hinojos
con un silencio reverente. El oficiante de la ceremonia les juró que
todo lo que había allí estaría pronto en sus manos. Todos se
enardecieron y prorrumpieron en gritos de entusiasmo. El niño
aterido se acercó a la pared, tomó el tizón y dibujó en pocos
trazos un sol con muchos rayos. Todos aplaudieron, pues todos
deseaban la desaparición de los hielos y templar de una vez sus
cuerpos. Al chamán, sin embargo, no le hizo ninguna gracia aquella
intromisión en sus poderes. Pero sonrió. Se le acababa de ocurrir
una idea. Aquel niño desnutrido sería la próxima ofrenda que
harían a los dioses si las cosas no se enderezaban. Volvieron todos
a sus tareas y el chamán se tomó en grandes sorbos la sopa que le
habían preparado en la calabaza. El niño lo observó con envidia y
pensó que también tendría que haber dibujado en la pared una
calabaza hueca.
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